José Javier Salas Montesinos. Juro haberte conocido Tenochtitlán (I)

José Javier Salas Montesinos. Con 18 años, asiste al Colegio de Bachilleres plantel 07 «Iztapalapa» y su sueño es estudiar la Licenciatura en Arqueología. Se ha propuesto difundir los orígenes de la mexicanidad e investigar al México Prehispánico. Apasionado de la historia y la cultura de nuestro país, participa en concursos y eventos relacionados a estos temas. Le han inspirado: Manuel Gamio, Alfonso Caso y Matos Moctezuma; a quienes ve como ejemplo y por ellos, precisamente, pretende adentrarse al mundo de la investigación arqueológica.

Juro haberte conocido Tenochtitlán (I)

Soy Yaoxolotl (Corazón de ajolote) y hoy tengo, otra vez, 16 años; porque llegué al mundo el 1ro. de enero de 1504, en Iztapalapa. Por mis venas corre sangre de varias tribus indígenas. Mi madre, Meztlixóchitl Calmecahua, es originaria de Tlatelolco y papá, Cihuateteotl Ozomantli, nativo de Cholula. También tengo un hermano mayor de nombre Cuauhtlica.

¿Cómo vine a dar al siglo XXI? Es un poco complicado de explicar, pero, eso sí, toda una aventura…

Nací en aquella antigua ciudad “donde ahora abundan las mariposas”. No recuerdo mis primeros dos años de vida, pero al cumplir 3 asistí a un primer calmécac, cerca de nuestro hogar. Luego con 6, para continuar la educación, me llevaron a la calmécac-primaria donde aprendí a sembrar maíz y a construir una chinampa. También me enseñaron a cuidar la naturaleza y cómo adorar a nuestros Dioses; pero lo más importante fue que aprendí a ganar un duelo a muerte, con chimalli (escudo) y macuahuitl (espada de obsidiana), frente a un enemigo Tlaxcalteca. A los doce años entré al telpochcalli-secundaria donde obtuve un alto rendimiento académico y, por sobre los conocimientos en el área de la ciencia y la cultura, mi asignatura favorita era el Mitotiliztli ritual mexica donde nos enseñaban a danzarle a nuestro padre Tonatiuh.

En aquel entonces, cada fin de semana, llegaban a mi calli (casa): tíos, tías, abuelos y primos. Convivir con ellos, realmente, me encantaba. Comíamos pozolli, tamales y tacos de chapulines con salsa de molcajete que solía preparar mi madre. Al terminar la comida, los más jóvenes, nos distraíamos con el juego de pelota. Y no es por presumir, pero debo confesarles que era mi mero mole. También lo jugaba con mis amigos y formamos nuestro propio equipo para competir en la ciudad de Tenochtitlán, durante el torneo de pueblos indígenas que se hacía cada año. En esa ocasión, vencimos a los señoríos de Xochimilco, Tlatelolco e Iztacalco; llegando a la final contra el rival más competente: los de Azcapotzalco. Sorpresivamente ganamos 3 – 2 y el premio era subir a las escalinatas del Templo Mayor de Tenochtitlán. El segundo lugar debía aceptar el sacrificio para Tláloc y Huitzilopochtli. ¡Estaba emocionado con el triunfo!

─No todos pueden subir al Templo Mayor ─dijo mamá, orgullosa.

Llegado el día, me puse de acuerdo con mis amigos Yatzin, Ocelocoátl y Meztlalli. Quedamos de vernos en un punto de la ciudad de Tenochtitlán (en la casa de las Águilas). Desde Iztapalapa a Tenochtitlán, el viaje era por medio de lagos y pasaba cerca del Hizachtepetl ─Cerro de la Estrella─ donde hacían la ceremonia del Fuego Nuevo, cada año. Mi recorrido era aproximadamente de dos horas, pero ¡uf! llegar a Tenochtitlán valía la pena.  Era espectacular irrumpir en el territorio donde se alzaban, llenos de magia, los templos de nuestros Dioses. Maravillado, desde la calzada de Iztapalapa-Tenochtitlán, observaba las danzas de ritual y el sonido del atecocolli (caracol de viento), porque siendo hijos del sol siempre agradecíamos con baile y ofrendas. También resultaba asombroso ver el templo de Quetzalcóatl y el de Tezcatlipoca, el Palacio de nuestro Tlatoani Moctezuma… pero lo que más me hacía feliz, era el hecho de que por primera vez pondría un pie en el Templo Mayor.

La sorpresa fue doble cuando, al llegar con mis amigos, nos encontramos frente a Moctezuma. Traía un gran quetzalcopilli de 365 hermosas plumas de quetzal e iba acompañado con dos guerreros de la Élite Águila y la Élite Jaguar. Me impresionó ver al Tlatoani, solo que no lo podía mirar a los ojos; ya saben: respeto. Pero él giró su cabeza y me atravesó las pupilas como si ya lo supiera todo. Luego siguió su camino. Mi yolotl (corazón) sintió una hermosa conmoción y corrí con mis amigos:

─¿Vieron cómo el Tlatoani se metió a mi mente?

─¡Cálmate Yaoxolotl! ¡Sí, vimos! De hecho, toda la gente te observa…

Y sí, los Guerreros Coyote que resguardaban el Huey Teocalli (Templo Mayor) nos miraban, hasta que les dije:

─Muy buenas tardes, nobles caballeros. Nosotros venimos por nuestro premio, que es subir las escalinatas del Templo Mayor.

La emoción se avivó para apagarse tan pronto como se había encendido. Una grulla apareció en el lago de Tenochtitlán y la histeria se generalizó. “¡Las grullas no abundan en Tenochtitlán!”, gritaba la gente. Nuestros abuelos solían contarnos que cuando una grulla aparece, es un presagio de mal agüero. Yo no le di tanta importancia, pero los guerreros nos bajaron y así finalizó nuestro premio.

La energía que sentí ese día fue excelsa. Mi vida cambió con aquella experiencia y aún no sabía por qué. CONTINUARÁ…