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Slim, 4 mil millones para Puebla

Victor de Regil

 

La reciente fotografía que capturó al magnate Carlos Slim junto al presidente municipal de Puebla, Pepe Chedraui, no es una simple estampa de cortesía empresarial; es el retrato de un ecosistema político que ha perfeccionado el arte del pragmatismo. El anuncio de una inversión masiva de 4,000 millones de pesos por parte de Grupo Carso para revitalizar la zona de Paseo San Francisco, en el corazón del Centro Histórico, marca un punto de inflexión. No solo redefine el rumbo urbanístico de la Angelópolis, sino que consolida la madurez de la relación entre el hombre más rico de México y los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación.

A principios de la década de los 2000, un pragmático Andrés Manuel López Obrador, entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal, convocó a Slim para rescatar el deteriorado Centro Histórico de la capital del país. Aquella alianza dio vida al Consejo Consultivo del Centro Histórico y demostró que la retórica de izquierda y el capital más voraz del continente podían marchar al mismo ritmo bajo una premisa simple: orden social a cambio de plusvalía segura. Hoy, dos décadas después, el modelo se trasplanta a Puebla bajo condiciones políticas inmejorables para ambas partes.

La llegada de Pepe Chedraui a la alcaldía de Puebla representó, desde su campaña, un puente natural entre el sector empresarial tradicional y la hegemonía de la 4T. El perfil de Chedraui, un político de extracción empresarial facilitó lo que a otros liderazgos más ideologizados del movimiento les habría tomado años de fricciones. En este escenario, Grupo Carso encontró el ecosistema perfecto: un gobierno local con legitimidad popular, hambriento de proyectos insignia, y con la disposición de flexibilizar las trabas burocráticas que históricamente asfixian al Centro Histórico de Puebla, catalogado como Patrimonio de la Humanidad.

El proyecto en Paseo San Francisco es ambicioso por donde se le mire. La intervención de 45,000 metros cuadrados distribuidos en cinco predios clave busca inyectar vida a una zona que, tras el declive de su pasado industrial y textil, quedó suspendida en el tiempo como un elefante blanco urbanístico. La promesa de construir 700 departamentos en edificios de baja densidad, respetando la arquitectura histórica, junto con corredores comerciales, oficinas y centros educativos, se presenta ante la opinión pública como la panacea contra el despoblamiento del centro. Los números alegres de la narrativa oficial ya prometen la creación de 1,500 empleos directos y 2,500 indirectos.

Sin embargo, detrás del entusiasmo macroeconómico y las proyecciones de empleo, subyace el eterno dilema de la regeneración urbana impulsada por el gran capital: la gentrificación y el desplazamiento. El Centro Histórico de Puebla no es un lienzo en blanco. Es un tejido social vivo, complejo, habitado por comercios tradicionales, vecindades y una economía popular que difícilmente podrá competir con el valor del suelo que Grupo Carso pretende edificar. Cuando se habla de vivienda vertical en venta y renta en una zona revitalizada por miles de millones de pesos, la pregunta incómoda surge de inmediato: ¿Para quién se está rescatando el centro? ¿Para los poblanos que lo caminan y sostienen diariamente, o para un sector socioeconómico flotante capaz de pagar los precios de la modernidad privada?

La paradoja para la 4T poblana es evidente. El movimiento que abandera la máxima de «por el bien de todos, primero los pobres» entrega la llave del desarrollo urbano al símbolo máximo del capitalismo mexicano. No obstante, desde la perspectiva del realismo político, la jugada es maestra. Para el gobierno de Chedraui y la administración estatal, la inversión de Slim dota a la gestión de una pátina de eficiencia y dinamismo económico sin costar un solo peso del erario público, liberando recursos para los programas sociales que aceitan la maquinaria electoral del partido. Para Slim, la 4T representa lo que todo gran inversionista busca: estabilidad política, paz social institucionalizada y la garantía de que el Estado protegerá su inversión frente a posibles resistencias civiles.

El periodo de ejecución de dos años será una prueba de fuego para la capacidad de concertación del ayuntamiento poblano. Negociar con INAH, mitigar el impacto ambiental en las zonas colindantes al río San Francisco y contener el malestar de los locatarios tradicionales requerirá una cirugía política de alta precisión. Slim aporta los billetes, pero el costo político de los errores lo pagará la marca de la transformación local.

Paseo San Francisco se convertirá en el laboratorio urbanístico de la Puebla del futuro. Si el proyecto tiene éxito en equilibrar el desarrollo comercial con la preservación del tejido social, la 4T habrá demostrado que su modelo de economía mixta funciona más allá de las fronteras de la Ciudad de México. Si fracasa, y la zona se convierte en un enclave exclusivo e inaccesible que expulsa a su población originaria, quedará claro que la transformación, al menos en Puebla, se escribe con la tipografía tipificada del Grupo Carso. Por ahora, el magnate y el alcalde sonríen para la foto; los dados económicos ya están en el aire.