
Mosiah Vargas «El León». Nacido en el “lugar de las águilas”, Morelos. De padre guanajuatense y madre morelense, el segundo de tres varones, vivió toda su infancia y parte de su adolescencia en la colonia Zapata. Tres años en un internado mormón, en el otrora DF, donde jugó futbol americano para dar golpes, y para aguantar los que le dieran, seguido de dos años de misionero en Oaxaca, definieron su vida para bien. Aspirante a médico, dice que quería curar a la gente, ahora desea ayudar a sanar sus almas. Fiel defensor del amor, aún lo sigue dando, aún lo sigue buscando, dice que lo encontrará. Todas las tardes se gana la vida vendiendo “cubiletes” de queso, en el centro de Cuautla, sonriéndole a la vida.
Luna de septiembre
El que mira fuera sueña,
el que mira adentro, despierta
― Carl Jung
—Soy un idiota —dice «León» con ojos tristes. Mientras llega la noche, camina en solitario con pasos lentos hacia su casa, cruje los dientes, se avergüenza. Su corazón se encoge sólo de recordar, que hoy desperdició su oportunidad para encontrar el amor en la mujer de la corona larga y negra.
Ese sentimiento se complica más, por la lluvia fría que cae sobre él. No le gusta sentirla cuando está en la calle, porque imagina un cielo entristecido.
La Luna (escondida detrás de las nubes) lo observa curiosa, sigue cada paso, examina el rastro de amargura de sus pies, mira sus lágrimas que se mezclan con la lluvia cayendo sobre su rostro.
—Creo que hoy no fue un buen día —murmura «León» antes de entrar a su casa.
Está empapado de tristeza, su aliento huele a fracaso. Su ánimo lo ha abandonado, ni siquiera le apetece comer, su estómago revuelto está por su torpeza para el amor.
—¡Oh, hermosa Luna!, ¡haz que la lluvia pare y con ella mis penas!
La Luna lo escucha, exprime sus largos cabellos plateados, haciendo que caigan las últimas gotas de lluvia. Abre las nubes, asoma su rostro para iluminar la noche:
—Querido, deja atrás tu amargura, te está rompiendo. He escuchado atenta tus lamentos, me conmueves. Sé que buscas el amor, pero debes de saber, que la tarea de encontrar el amor no es un trabajo cualquiera. Debes abrir tu corazón y no dudar. El amor es para los que se atreven a vencer sus miedos.
León se sobresalta tratando de comprender las palabras de ella.
—Es que …, aún tengo miedo, por lo que alguna vez pensé que fue amor.
—El miedo te detiene, no lo permitas. Sé valiente.
—¿Puedes ayudarme en eso?
—Confía más en ti mismo, ya tienes más experiencia, y sí, te ayudaré un poco solamente por esta noche.
La Luna desciende de sus aposentos montando una frondosa nube, con sus cabellos flotando, y el brillo de las estrellas en sus ojos. Deja al descubierto sus largas piernas con suaves curvas, sus perfectos pies no tocan el suelo. Mira cariñosamente las pupilas de «León». Las luciérnagas parpadeantes adornan la pista, mientras los grillos terminan de afinar sus instrumentos.
—Tómame de la cintura querido, déjate llevar, deja tus penas en mi seno —le dice mientras lo envuelve con su tersa melena.
Él la atrapa de la cintura, vacilando. Suspira para llenarse del delicado perfume de la Luna extasiada.
Suena la música, bailan armoniosamente, con pasos suaves, como si se conocieran desde siempre.
Sus miradas se entrelazan, las penas caen de la frente de «León» como pequeñas gotas de sudor, que humectan a la Luna. Se olvida de todos sus pesares, de todo su dolor.
Ella sonríe, lo acaricia, le susurra: —Todo estará bien, aprenderás, querido, a transformar tu dolor. Y aprenderás a amar sin miedo y sin duda.
Lo acerca a la redondez de su regazo, toma su rostro entre sus manos y lo besa hasta embriagarlo.
—Luna, Luna, ¡me siento mejor!
—El sol ya viene por mí.
Luna se aleja sutilmente hasta desvanecerse con la luz, y «León» recuerda: “El que mira fuera, sueña, el que mira adentro, despierta “.
18 de septiembre de 2026
