Enrique Fernando Muñoz Vega. Gestos desapercibidos

Enrique Fernando Muñoz Vega «Fernando Vegamuz» Académico, poeta y escritor con más de veinte publicaciones tanto en Chile como en el extranjero. Reside en la comuna de Concón, V Región de Valparaíso. Posee siete títulos universitarios en el área de la educación y la convivencia escolar. Es participante activo, relator y colaborador en la Universidad de Valparaíso. Además, es miembro del PEN Club Chile e Internacional, así como de la Sociedad de Escritores de Chile.

 

Gestos desapercibidos

 

En el valor del silencio,

miro lo invisible de la ternura,

este es un gesto desapercibido,

tan ausente como la dulzura.

Un gesto en los ojos de un niño

abre la ventana cerrada de sus sueños.

Un gesto respira desde la calma,

desde el sitio más sublime del alma.

Que nadie advierta tus gestos de solidaridad.

En lo profundo de tu ser anónimo,

en la periferia del anonimato,

en la fibra sensible de toda caridad.

Cada gesto de amor es una señal inaudita

que detiene la caída de un astro perdido,

cicatriza heridas de una madre bendita,

enciende en plena oscuridad un santo cirio.

Los gestos se esparcen por doquier.

Nos regalan besos tiernos a la distancia,

son dádivas nacidas del cielo para volver

a recoger, sin pensar, tu noble inocencia.

Un gesto de amor sublime paraliza el odio.

Enjuga llantos amargos, ilusiones imposibles.

No busques entender el tejido del corazón.

¡Haz un gesto de bondad, sin exigir nada a cambio!

Amor Eros

 

Estás a mi lado,

cercana al respiro cardíaco,

sedienta de besos

en la cima de nuestro orgasmo,

en la cúspide de rosas perfumadas,

respirando contigo

bajo una fuente de agua íntima.

Y pinto, cara a cara,

un crepúsculo descendido en tu vientre.

Y restauro esa calzada

de deseo consumado

que no tiene distancia ni frontera posible.

Y abrazo tu cintura desprendida

del mapa celestial de Centauro,

porque tu silencio

enciende la pasión de los amantes.

Porque ayer comprendí

tu cansancio tropezando con una luna llena

que rozó tus mejillas en un tejado de vidrio.

Fue tu ternura extrema

que reposaba sobre nuestra cama

y tocó nuestro yo cartesiano sobrecogido:

ese bálsamo perfumado de tus pies desnudos.