David Orozco de Gortari. El robo de media noche

David Orozco de Gortari. Nacido en la Ciudad de México, hizo sus estudios de licenciatura en la Universidad La Salle y obtuvo el título de Ingeniero Mecánico Electricista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre otras actividades extracurriculares, tomó un curso de metales en la Escuela de Artesanías del INBA.

Profesionalmente se desarrolló en la rama industrial. Participó, entre otros, en el programa OEA-92, para el fomento económico de comunidades indígenas en la Meseta Purépecha, en Michoacán. Participó en el Programa de Formación de Operadores de Maquinaria Agrícola para la preparación de tierras de cultivo y también en el Programa para el Rescate del Patrimonio Cultural y Artístico de los Ferrocarriles Nacionales (antes de su venta).

Actualmente explora el mundo de la literatura como vehículo para expresar inquietudes o reflexionar sobre la vida. Bajo la tutela del maestro Miguel Barroso Hernández, en el Taller de Escritura Creativa Miró; adquiere las herramientas necesarias para narrar sus propias historias.

 

El robo de media noche

 

Era pasada la medianoche y Jorge seguía recluido en su recámara, a obscuras, haciéndose que dormía para no despertar sospechas. ¡La culpa no lo dejaba dormir!

Había planeado el golpe desde hacía ya algunos meses. Se trataba de un jugoso botín: dinero en efectivo y adornos de oro y plata, fáciles de vender.

El lugar no contaba con vigilancia formal. Imposible fallar, pero sabía que estaba poniendo en riesgo su honorabilidad y la de su familia.

La indecisión no le permitió mover ni un dedo, hasta que llegó la hora. Con el mayor sigilo, saltó de la cama, se puso una sudadera negra con capucha y unos tenis viejos. Bajó las escaleras en silencio, luego abrió la puerta de servicio a la que previamente había quitado el seguro y, por alguna razón que no estaba prevista, salió corriendo.

Antes de llegar a la esquina, se paró, respiró profundo, se enjugó el sudor de la frente y volteó a su objetivo. Vio el vidrio roto por donde abriría la ventana, pero se quedó paralizado al oír una voz que le decía:

—¡Detente, Jorgito! Ya no son necesarias las medicinas para tu mamá. ¡Acaba de fallecer!