Sindia María Montoya Marín. Poética ambiental

Sindia María Montoya Marín. Nació en Colombia en 1975. Estudió Administración de Empresas y Licenciatura en Matemáticas y Física, y además realizó una especialización en Pedagogía. Sus poemas han sido publicados en boletines universitarios y en periódicos estudiantiles. Ha participado en algunos recitales tanto universitarios como populares, en veredas, barrios marginales, teatros intermunicipales, andenes, bares, bibliotecas y colegios. Actualmente, es docente de matemáticas en Guática, Risaralda. Pertenece a un colectivo ambiental llamado Cañabrava y forma parte del club literario de la biblioteca pública de Comfamiliar. Ha sido dirigente sindical y ha participado con grupos de teatro de colegio en diferentes certámenes municipales. Se atreve a escribir para sostenerse en el mundo, para saberse viva y morirse de nuevo.

 

Poética ambiental

 

Mi hermano es el río,

sigiloso me acompaña donde voy.

No pide nada, solo el sol.

En los días tristes,

me invita a sumergirme en su lecho;

me cubre toda,

lava mi oscuridad,

sacude las vertiginosas fauces de mi abismo.

Corriente abajo,

lanza mi frecuente cansancio de la vida,

renueva la fuerza con lodo,

con piedras trituradas,

con los cuerpos que los cóndores no devoraron,

con la lástima de su misterioso susurro,

con el grito de su poderosa corriente.

El río me eleva alta,

me saca el cromo, el cadmio,

los minerales pesados

que envenenan mi cauce;

mi hermano no se rinde,

solo se va evaporando,

se desangra sin la madrevieja,

se lo traga la sal del mar

y lo encarcelan en el cemento del progreso.

Mi hermano resiste batallas inaudibles,

yo estoy con él, alzando el puño

en esquelética venganza,

vamos abatidos a la desembocadura

de paisajes palpitantes.

 

Gaza queda en letras

 

 

¿Es Gaza ahora una palabra?

¿Se quedó en el polvo toda la sangre?

¿Los gritos, las lágrimas, los niños?

Se derrumban las sonrisas

y se borran de los vidrios los corazones hechos

con las duras razones del miedo.

Hienas, águilas y fieras milenarias

buscan sus terrores rompiéndolo todo,

dejando en el suelo las promesas.

Se reúnen envalentonados

en prestigiosos y seguros edificios;

son el agua fluyendo por suntuosas columnas

y el pueblo, sediento,

aturdido,

inexplicablemente vivo,

levantando símbolos,

perplejo,

esperando volver a escuchar los pájaros.

Pero sin tierra,

no hay árboles,

no hay pájaros,

solo unas letras que definen la catástrofe.