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Sheinbaum, dos años de gobierno ¿cómo le fue a Puebla?

 

 

 

 

 

 

Víctor de Regil

Al cumplirse formalmente el segundo año del mandato de Claudia Sheinbaum, la narrativa oficial se ha volcado con especial entusiasmo sobre el estado de Puebla. Se nos habla de una era dorada de conectividad, innovación automotriz y justicia social. Sin embargo, al descorrer la cortina de la propaganda gubernamental, la realidad poblana emerge con la terca complejidad de lo inacabado, lo insuficiente y, en algunos casos, lo francamente ilusorio.

Empecemos por la joya de la corona discursiva: el proyecto «Olinia», el automóvil 100% eléctrico y mexicano cuya cuna estará en San José Chiapa. La idea es, sin duda, seductora para el orgullo nacionalista. No obstante, plantear un polo de desarrollo tecnológico de esta envergadura en una región que ha visto tensiones sistémicas por la gestión del agua y la infraestructura logística de la planta Audi es, por decir lo menos, un acto de fe ciega. ¿Es Olinia una política industrial seria o un mero eslogan de campaña reciclado para simular vanguardia tecnológica?

Desarrollar tecnología automotriz propia requiere una inversión en ciencia, educación y cadenas de suministro que el presupuesto federal actual, asfixiado por las transferencias directas y las deudas del sexenio pasado, simplemente no parece poder sostener. En San José Chiapa corre el riesgo de quedarse el cascarón de una promesa, mientras los ingenieros poblanos siguen migrando por falta de oportunidades reales.

En el rubro de la infraestructura vial, el panorama es igualmente crítico. El anuncio de la modernización de los tramos Puebla-Amozoc y Puebla-Acatzingo se presenta como un logro, cuando en realidad es una respuesta tardía e insuficiente a un colapso vial crónico. Quien haya transitado por la autopista a Veracruz sabe que la zona de Amozoc es un infierno logístico y un imán para la delincuencia. Ampliar carriles es una medida de mitigación, no una estrategia de conectividad del siglo XXI. Además, los trabajos de mantenimiento anunciados para las vialidades afectadas por las lluvias no son un mérito de gobierno; son la obligación más básica de una administración que ha descuidado la red carretera secundaria de la Mixteca y la Sierra Norte, zonas que siguen conectadas por terracerías y caminos estatales que se desmoronan a cada temporada ante la complacencia oficial.

El tema de la salud pública en Puebla se presume la inauguración de las Torres de Cardiología y Oncología del Hospital de la Niñez Poblana y el eterno avance del Hospital de San Alejandro del IMSS. La realidad es que las familias poblanas llevan casi una década pagando el costo del sismo de 2017 con un déficit de camas hospitalarias indignante. La promesa de sumar 812 consultorios equipados a través del modelo IMSS-Bienestar suena idílica en el papel, pero la centralización del sistema de salud ha demostrado, en la práctica, un desabasto crónico de medicamentos especializados y una precarización del personal médico que ningún mitin político puede ocultar.

La vivienda es otro terreno donde los números alegres del oficialismo chocan con la planeación urbana real. La meta de consolidar decenas de miles de viviendas en Puebla bajo el esquema federal suena a justicia social, pero abre interrogantes alarmantes sobre la disponibilidad de servicios básicos. Este crecimiento habitacional sin un ordenamiento territorial riguroso amenaza con replicar los errores del pasado: ciudades dormitorio, alejadas de los centros de trabajo y carentes de servicios, que terminan convirtiéndose en focos de marginación y delincuencia.

El segundo año de Claudia Sheinbaum en Puebla nos deja una lección clara: la continuidad no es sinónimo de eficiencia. Bajo el cobijo de los programas sociales que garantizan la lealtad electoral, la administración federal se está permitiendo el lujo de gobernar mediante el anuncio de megaproyectos y metas de escritorio, mientras las venas abiertas de Puebla siguen esperando una cirugía mayor. La presidenta tiene el poder y la legitimidad; lo que sigue en duda, de cara al resto de su administración, es si tiene la voluntad de pasar de la narrativa del bienestar a la terca realidad de los resultados.