Seguimos con Los fundadores y un recado de don Domingo Beltrán:

EN LAS NUBES

De “Mis bendiciones” 3

Carlos Ravelo Galindo, afirma:

 

“Chulada de verbenas, amenas y llenas de vida, amén de los aperitivos que seguro no faltaron. Gracias por compartir vivencias tan íntimas de gran enseñanza y degustación literaria. Que la salud os arrope por siempre sin que llegue a aplastarlo, un abrazo”.

 

“Benditos sean aquellos que saben despertar recuerdos de un pasado feliz

Antes en las comidas del Club Primera Plana existía la compatibilidad intelectual. Aprendíamos de grandes maestros. Mencioné algunos. Pero faltan más, muchos más. Quién no recuerda a los fundadores de este gran grupo de amigos, entonces 35, hoy cien.

Daniel Cadena Zepeda, poeta, escritor, reportero, de gran prosapia. Alfonso Agudín, serio, culto, enamorado, pero discreto. De Luis Vega y Monroy ya habló José Carlos Robles, dilecto amigo. Amén de sus múltiples libros sobre epigramas colosales, existe, la tengo yo, su famoso editorial, en tiempo de don Adolfo Ruiz Cortines, sin verbos. Más adelante, para no entorpecer mis recuerdos de eruditos, lo pondré en este trabajo.

Renato Leduc, genio sin par. Hombre culto. De gran prosa. Novelas, libros, ensayos. En fin, luego lo presentaremos. Víctor Manuel Velarde, ese viejo zorro, director general de Excélsior 24 horas, quien honorablemente a petición del grupo que vigiló la elección, cedió los bártulos a quien terminó con Excélsior: hablo de Julio Scherer García, hoy convertido en Guía, enseñanza y Dios.

Siempre la gente habla de lo malo. Poco de lo bueno. Somos masoquistas por antonomasia. Nos encanta cuando alguien, en sus críticas, crónicas, habladas o escritas, despotrica, con justicia o sin ella, de alguien. Por lo regular son los políticos quienes más se llevan las palmas.

Se les acusa de una y mil tropelías, o trapecías. Pero, lejos de colocarlos en la picota, nadie, pero nadie, les hace algo. Ojalá que alguna persona pudiera darme cinco nombres de gente encumbrada en la política que ha sido sancionado. Y no me refiero a los enemigos tradicionales de los mismos políticos, sino de las venganzas entre ellos. Sólo así se le flagela, con la cárcel. Pero, estoy cierto, nadie les quita un peso del que las crónicas los acusaron de hurtar. Es evidente que la corrupción –decía un ex presidente la solución- somos todos. Y cuánta razón tenía no en la solución.

Al respecto Armando Fuentes Aguirre, eminente periodista y escritor coahuilense refiere un cuento en donde un norteamericano, un ruso y un mexicano recibieron la gracia muy especial de poder hacerle una pregunta a Dios. Él les respondería con su sabiduría omnisciente. Preguntó el primero: “Señor ¿cuándo se acabará el capitalismo en Estados Unidos? Respondió el Creador: “Se acabará dentro de un siglo”. Al oír eso el norteamericano se echó a llorar desconsoladamente.

Preguntó el segundo: “Señor ¿cuándo se acabará el socialismo en Rusia? Contestó el Hacedor: “Se acabará dentro de cincuenta años”. Al escuchar esto el ruso de puso a llorar lleno de aflicción.

Preguntó el mexicano: Señor, ¿cuándo se acabará la corrupción en México? Y entonces fue Dios el que se echó a llorar.

En nuestro país la justifican porque sencilla y llanamente forma parte consustancial de eso que llaman, equivocadamente, nuestra idiosincrasia. Lo más falso. Esto, no lo primero, la corrupción.

Sería injusto no mencionar también a otros reporteros de mucho valor y verdad como lo fueron y algunos aún son, que engalanaban la redacción de Excélsior y las dos Últimas Noticias. Muchos fueron enseñados por y en la escuela periodística de Carlos Denegri. Me refiero a Alejandro Ortiz Reza, Ramón Morones, Héctor Ignacio Ochoa, del que ya hablé; Manuel Mejido Tejón, Federico Ortiz, Miguel Ángel Álvarez. De Rogelio Cárdenas cuya anécdota lo pinta de cuerpo presente, la narro: El jefe de información, entonces Manuel Ratner, le encomendó cubrir el informe presidencial. Escribió la nota con gran profusión de detalles y datos. Concreta, sin calificativos. Alguien lo enteró que Denegri también había entregado otra de mismo asunto y tema.

Rogelio se presentó en la Jefatura de Redacción y preguntó por su información. Lo enteraron que “iría coleada –al final- de la del consentido del Skipper. Rogelio, no se inmutó. Pidió sus cuartillas, alrededor de trece, y sin más, en presencia de don Manuel Becerra Acosta, la hizo trizas y arrojó al cesto de la basura. Dio media vuelta y se retiró ante la estupefacción de todos los presentes. No discutió, simplemente, como debe ser, acató la orden del director y de nada valió que quisieran convencerlo para que entregada la copia, que también había recogido, pero poroto. Se publicó la de Denegri.

Rogelio, ya lo dije, trabajó en PEMEX y luego, a su jubilación, fundó el “Financiero”, que a su muerte, retomó el cargo su hijo, y a la muerte de éste, su progenitora.

Enrique Loubet, Jr. Salió con Scherer en julio del 76; pero regresó a Excélsior a refundar Revista de Revistas, que aquél había sentenciado a desaparecer, como “Jueves de Excélsior”. La dirigió hasta su muerte, a los 75 años. Hoy todavía se le recuerda con afecto: bebedor y enamorado –con cinco matrimonios-, pero sin duda espléndido periodista, dibujante, reportero y redactor. Todos los adjetivos en uno. Ese fue Enrique.

Podría dar mil ejemplos. Pero dos son suficientes. Concretos. Veamos:

Cuando el PRI tenía el Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial se consolidó una frase, a raíz del gobierno de Miguel Alemán Valdez, que para obtener un contrato se debía liquidar el diez por ciento de la cantidad destinada a la obra. De modo que al beneficiario del trabajo le entregaban el noventa por ciento. Y descontando el costo-operación de la misma, el resto, íntegro, se destinaba a la infraestructura.

Lo mismo acontecía con las medicinas, los alimentos, y todo, hasta escobas o trapeadores, que adquirían los tres poderes. Todos lo sabíamos. Lo tolerábamos, en el supuesto que apenas era un pellizco al presupuesto. Pero siempre se terminaban las obras y se entregaban las mercancías.

Los salarios eran moderados. El Presidente apenas ganaba 60 mil peros. Jueces, magistrados 20 mil. Ministros, 40 mil. Diputados y senadores, no más de 30 mil. Alimentos, escuelas, transportes eran accesibles a los salarios del pueblo.

El peso estaba casi a la par con el dólar, hasta que llegó Echeverría, le siguió López Portillo, continuó Miguel de la Madrid, en donde los intereses que se pagaban a los inversionistas subieron a 165 por ciento.

Está en los libros cuando Carlos Salinas de Gortari, en 1993, determinó bajar  la inflación en forma drástica: le quitó tres ceros a nuestro peso. Como ejemplo, el que tenía un billete de mil, quedó en sólo un peso. Fue un paso doloroso, pero definitivamente necesario. Abolió la inflación que heredó de De la Madrid.

Dejó en manos de Ernesto Zedillo el país, quien, Zedillo,  al mes de asumir el encargo, originó la fuga de capitales y por ende una deuda que, Estados Unidos, con un préstamo de 50 mil millones, que se pagó, lo sacó del problema. Nadie olvida que Zedillo, aparentemente priísta, entregó el Poder al partido de la oposición, PAN, que tan pronto asumió Vicente Fox la Primera Magistratura, comenzó su carrera de errores. El primero, garrafal, decir en diciembre, fin de año y del ejercicio del presupuesto, que las arcas estaban vacías. Y preguntó cómo haría  frente a los gastos de gobierno, si no había dinero en Hacienda. Le recordaron, o se lo enseñaron, que en México, como en cualquier país del mundo, el pueblo paga impuestos y de estos vive el gobierno. Y que estos, cada año, se recaudan al empezar el año.

El PAN, las pruebas son claras, precisas, concretas, indubitables, comenzó disponer del presupuesto arbitrariamente. Dedicó el cincuenta por ciento al gasto público, vaya sueldos; aumentó la burocracia y permitió, con ese ejemplo, que el Legislativo y el Judicial hicieran lo mismo. Y que cada año, a raíz de ello, tuvieran incrementos.

En 2008, en Reforma se publicó que el gobierno Federal utiliza del presupuesto, 85 por ciento de los dos billones de pesos, en sueldos y canonjías. Y el quince restante a obra pública. ¿Cuál?

El Jefe del Ejecutivo gana 125 mil pesos al mes. Los presidentes de las Cámaras, alrededor de 200 mil. Y el presidente de la Suprema Corte, algo menos de 600 mil mensuales. Amén de los tres Poderes tienen coches, teléfonos, viajes, ayudantes, etcétera con cargo al impuesto del pueblo.

Como dato adicional, no como crítica, sino como dato cultural, los ministros jubilados por Ernesto Zedillo Ponce de León, ganan, sólo por ir a cobrar, 175,000 pesos mensuales.

A todo esto, y no abundo en más, se refiere el mexicano cuando habla de corrupción.

Preciso que el 22 de agosto de 2008, el Palacio Nacional, en presencia del Presidente de la República, los Gobernadores de los Estados; el Presidente de la Corte, los subprocuradores Federales y el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, un hombre, a cuyo hijo asesinaron luego de secuestrarlo, y cobrar el millonario rescate, Alejandro Martí, allí presente, elevó, con valor puntual, su voz para reclamar a todos, incluido el Jefe del Ejecutivo, su falta de autoridad y abandono del pueblo: “Señores, si piensan que la vara (con la vara que midas serás medido) es muy alta, si piensan que es imposible hacerlo –se refería a terminar con la delincuencia-. Si no pueden, renuncien, pero no sigan ocupando las oficinas de Gobierno, no sigan recibiendo un sueldo por no hacer nada, que eso también es corrupción”.

Referirme también a las declaraciones del Procurador General de la República, un día después, en Chihuahua, es triste, pero revela mucho. Dijo Eduardo Medina Mora que “los crímenes perpetrados por la delincuencia en los últimos días –llevaba siete años in crescendo- entre ellos el secuestro y asesinato del joven Fernando Martí, han servido de acicate para que las distintas autoridades logren una mayor coordinación en el combate a la criminalidad…” Y antes, por qué no se hizo. Nadie puede negar que mientras gobernadores, procurador, presidente de la Corte, etcétera, se reunían con Felipe Calderón, en el país, a la misma hora, los criminales bañaban muchos Estados en sangre, como a diario acontece aún. Esto y lo que siga, como decía en mi cuento, hizo, hace y hará llorar no solamente a Dios, sino a todos sus hijos.

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