SABERSINFIN. La maravilla creativa de la poesía humana

Abel Pérez Rojas

 

Esta semana experimenté una situación muy interesante. Después de varios días con numerosas ocupaciones derivadas de la organización y el desarrollo del VIII Encuentro Internacional de Poesía Sabersinfin, tuve algunos momentos de calma que me llevaron a echar un vistazo a Poemas de amor y muerte, el más reciente libro de Mandi Valdez (Armandina Valdez Flores).

 

Mandi, quien por cierto es una de las ciento dos escritoras y escritores que dan vida a la VII Antología internacional de poesía Sabersinfin, me hizo un regalo extraordinario, pues bastó con abrir el libro para encontrarme frente a un poema sencillo, simple, hasta cierto punto rústico, pero profundamente humano.

 

Muy humano porque no había la menor duda de que fue escrito por una persona; en este caso, por Mandi.

 

Fue tal lo que provocó en mí la lectura de poemas indudablemente de hechura humana —incluso con algunas faltas ortográficas—, que tuve la sensación de estar leyendo versos nacidos de la pluma de algunos de mis poetas favoritos, como Benjamín Prado, Karmelo Iribarren o María Dolores Pliego Domínguez.

 

Qué curioso, la imperfección ortográfica o estructural del poemario de Mandi Valdez no es un defecto, sino prueba máxima de autenticidad y es un acto de resistencia cultural frente a la estandarización algorítmica.

 

La magia de lo que leí radica en que tenía ante mí una especie de prueba de la chispa divina que portan los artistas, y por ello, es posible mantener la fe en la fuerza contenida en los versos cuando estos son escritos por seres humanos.

 

Puede parecer reiterativo o exagerado lo que afirmo, pero deja de serlo cuando se tiene claro que padecemos infoxicación digital, es decir, un estado de saturación física, mental y emocional derivado de la exposición excesiva a contenidos generados por inteligencia artificial. Esta sobreabundancia de información suele desembocar en agotamiento cognitivo, fenómeno que cada vez con mayor frecuencia es identificado como agotamiento mental por IA.

 

Por todos lados encontramos productos generados por inteligencia artificial: espectaculares, cortometrajes, shorts, reels, noticias, fotografías e incluso música. Sin embargo, a muchos de ellos parece faltarles algo esencial: la chispa de lo humano.

 

Sé de los beneficios de la inteligencia artificial. Yo mismo la utilizo y reconozco que me ha permitido hacer más cosas en menos tiempo y con menores costos; esa es, al fin y al cabo, la razón de ser de toda herramienta. No obstante, la parte creativa, la médula misma de cualquier obra de arte, en este caso de un poema, continúa siendo para mí un territorio irrenunciable.

 

Desde la perspectiva del saber infinitista, la inteligencia artificial representa una extraordinaria ampliación de nuestras capacidades para acceder, organizar y procesar información; sin embargo, el saber trasciende la información misma.

 

Comprender, interpretar, dudar, imaginar, conmoverse y encontrar sentido siguen siendo experiencias profundamente humanas. El desafío de nuestro tiempo no consiste en sustituir al ser humano por sus herramientas, sino en utilizarlas para expandir los horizontes de la praxis y la conciencia sin renunciar a aquello que nos hace genuinamente humanos.

 

El derecho a acertar, equivocarse y experimentar cuantas veces sea necesario constituye, en gran medida, aquello que nos hace humanos. A ello se suma esa carga intangible, difícil de describir, que permite a una persona mirarse en un espejo y reconocer una parte de sí misma en aquello que tiene frente a sus ojos.

 

La experiencia que viví al leer Poemas de amor y muerte me condujo de inmediato al teclado y me impulsó a entregarme a la escritura de dos poemas que a continuación comparto con ustedes.

 

Maná

 

Juro escribir los versos más simples
para recuperar la fuerza de mis palabras,
hallar entre el mar de opciones seductoras
el alivio que nace del corazón.

 

Retornaré a la voz que me guio en los días más oscuros,
a la mano amiga que no me soltó
en los movimientos telúricos
que sacudieron la confiable cimbra:
último salvavidas

en el hundimiento de las creencias.

 

En medio de la certeza de ser otra vez yo,
daré pasos lentos, cortos, de regreso
al oasis que no debí abandonar,
a la tierra firme
que hoy besa mis plantas desnudas
y me conecta con la madre tierra,
con el padre sol.

 

Callaré.
Gritaré de ser necesario.