Puebla “de los baches”

Víctor de Regil 

Las calles de Puebla capital se han convertido en un verdadero campo de batalla para los automovilistas. Las cifras oficiales —que rebasan las 374 mil reparaciones acumuladas y los casi 90 millones de pesos invertidos recientemente— demuestran un esfuerzo operativo innegable por parte del Ayuntamiento, pero también desnudaban un problema estructural crónico: el bacheo cosmético ya no es suficiente.

A este complejo panorama se suma el factor «Agua de Puebla para Todos», un ingrediente que crispa aún más la paciencia de la ciudadanía. Durante 2026, la relación institucional ha alcanzado niveles críticos de fricción; la Secretaría de Infraestructura estatal denunció penalmente y exigió sanciones contra la concesionaria tras documentar cómo su personal rompe y perfora pavimentos recién en su búsqueda de fugas, dejando parches defectuosos a su paso. Peor aún, la inacción de la empresa ante los colapsos de su propia red hidráulica obligó al gobierno municipal a gastar recursos públicos para reparar 11 socavones originados por fugas subterráneas dentro de la zona de concesión.

El verdadero reto en Puebla no es solo reaccionar rápido con cuadrillas de emergencia ante el reporte ciudadano. El reto radica en poner orden. La ciudad exige una sustitución profunda de la carpeta asfáltica por materiales duraderos, pero sobre todo, una coordinación obligatoria y real mediante calendarios técnicos que frenen la impune destrucción de la obra pública.

Mientras una autoridad tape hoyos y la concesionaria del agua siga perforando el pavimento sin control ni planeación, los ciudadanos seguirán pagando el costo de una infraestructura vial en eterna descomposición.

El actual gobierno municipal insiste en abordar el problema con una lógica puramente reactiva. Se limitan a esperar el reporte ciudadano a través del número 072 o las redes sociales para enviar cuadrillas de emergencia que aplican parches de dudosa calidad. Esta política de «bomberazo» ignora que las vialidades del sur, el centro histórico y el norponiente de la ciudad no necesitan un maquillaje temporal que se deslava por completo con la primera tormenta de la temporada. Lo que la capital exige con urgencia es una transformación profunda de la planeación urbana, sustituyendo la vieja y desgastada carpeta asfáltica por materiales duraderos y de alta resistencia como el concreto hidráulico. Insistir en la misma fórmula fallida de tapar hoyos en lugar de repavimentar de raíz es una irresponsabilidad financiera que condena a la ciudad al rezago permanente.

La relación institucional durante este 2026 ha dejado en evidencia la total falta de autoridad y firmeza del Ayuntamiento frente a la concesionaria del servicio de agua potable. La debilidad del gobierno municipal ante la empresa privada ha escalado a niveles alarmantes. Este hecho no es menor: representa un desvío de los recursos de los contribuyentes poblanos para subsidiar las omisiones de una empresa privada que cobra tarifas puntuales pero entrega una infraestructura deficiente. El Ayuntamiento ha fallado rotundamente en su papel de supervisor y garante del orden, permitiendo que la ciudad sea fragmentada y destruida sin que existan sanciones severas ni un calendario de coordinación técnica obligatoria.

La crisis de los baches en Puebla ya no puede ser tratada como un asunto menor de mantenimiento vial o un simple inconveniente estacional; es una problemática que frena el desarrollo económico de la región, desincentiva la inversión y afecta directamente la seguridad de la población. Transitar por la capital poblana se ha vuelto un ejercicio de alta peligrosidad donde esquivar un hoyo puede derivar en un choque o en el atropellamiento de un peatón. Mientras la autoridad municipal continúe gobernando desde la comodidad del escritorio, apostando por soluciones superficiales y doblando las manos ante los abusos operativos de Agua de Puebla, los ciudadanos seguirán pagando el precio más alto de una infraestructura en eterna descomposición y una autoridad que parece haber renunciado a su obligación de gobernar.