Olivia Sesma Rascón. La casa

Olivia Sesma Rascón. Psicóloga, se ha dedicado a la docencia, a la promoción cultural y a la lectura. Es integrante de Escritores del Golfo y del Círculo de Escritores Sabersinfin. Ha publicado Los días desterrados (Edit. “O”), Casa de Cultura de Atoyac, 2006. En las demás obras ha coparticipado: Atoyac literario (Edit. «O»), Casa de Cultura de Atoyac (Antología 2010); La alegría del hogar (Antología 2016), Edit. BUAP; Soles de medianoche (Antología 2014), Lloraré un río (Antología 2015), Abrazando a Berbel (Antología 2018), los tres de la Edit. Unión Internacional de Poetas Artistas y Escritores en la Cuenca del Papaloapan (UIPAECP); Non omnis moriar (Antología 2019), Sabersinfin; Simbiosis (Antología 2023), Sabersinfin; Antología del IV Encuentro Internacional Sabersinfin y en la revista Filigramma de Sabersinfin.

 

La casa

 

Esta casa que viaja desde la semilla,

la llevo sobre mis hombros como un caracol.

Esta casa se transforma según mi compañía de viaje

según mi equipaje, mis ilusiones y tormentas.

 

En los abismos es una hacienda donde sueño.

El lugar de escondites y de juegos…

aquella donde habitan duendes, brujas y fantasmas.

El comedor elegante y las viejas hornillas de la cocina.

 

Mis pasos por el pasillo tocando puertas y almas

las paredes guardan voces, cada vez más intensas.

Todavía sueño la sala donde aprendí a bailar y a sentir

las fiestas suntuosas, la música resuena en las altas tejas.

 

Mi niñez regocijada al estrenar una casa nueva.

Mi habitación pequeña guardó mi adolescencia.

Esa casa mira paisajes por las ventanas;

el viejo mango que me dio sombra y arrulló mis tristezas.

 

Fue la casa de mis abuelos Pina y Pedro en sus inviernos.

La reunión familiar para despedir los años viejos.

Los buñuelos, el ponche, la tienda, las mecedoras

el tocadiscos y los bailes locos que inventábamos.

 

Luego la casa de mis otros abuelos, fue sitio de estudios

pláticas largas con mis tíos maternos sobre libros y discos,

la cocina convertida en cuarto de desvelos y tareas

mi corazón excéntrico crecía en el “cuarto de las muchachas”.

 

Llamé mi casa al nido donde concebí a mis hijos.

Extraño la cuna donde brillaban los ojitos cuando los amamantaba.

La casa de arcos de tabiques hechos por los abuelos,

en esa estufa aún permean sabores y aromas tras el ventanal.

 

Después la casa fue errante y sin rumbo, una catarsis

adaptando mi corazón a sus dimensiones, al aprendizaje

a los tropiezos, al trabajo, al sin amor, al sin espacio,

tolerando acumulaciones de vacíos, de hastío en la escalera.

 

Después vino la casa del espíritu invencible, del saber y la conciencia.

Al principio con mis hijos; luego los dejé ir por ese mar del mundo

cargando sus propias casas donde hicieron hijos

la casa de la mujer águila, empezó su vuelo de ermitaña.

Un día caí en otra casa, rendida y apática

con tumultuosos dolores como un ave desplumada y vencida

hasta que despertó el ave fénix, con tierra y agua

sanando heridas, porque quiero volar libre y sin apegos.