
Victor de Regil
Lo que ocurrió en el videopodcast “Descasadas” no es un simple tropezón ni un chiste de mal gusto descontextualizado; es la radiografía exacta de una clase política desapegada de la realidad.
Las diputadas poblanas Nayeli «Nay» Salvatori y Graciela «Grace» Palomares, cobijadas bajo las siglas de un partido que ha hecho de los adultos mayores su principal bandera social y clientelar, mostraron su verdadero rostro tras bambalinas. Decir entre risas que las personas de la tercera edad “huelen a baúl del recuerdo” y que “ya se están pudriendo” no es humor; es una muestra cruda de discriminación, edadismo y una profunda miseria humana.
Resulta de un cinismo monumental que dos legisladoras que juraron servir al pueblo utilicen un espacio público para mofarse de las arrugas, los tics y la decadencia física natural del ser humano. Mientras en la tribuna levantan la mano para aprobar presupuestos de bienestar, en los micrófonos de entretenimiento destilan un desprecio absoluto por la dignidad de quienes construyeron este país.
La vejez, vista desde el privilegio de sus curules y su juventud plástica, les parece un chiste. Una revisión a su productividad en el Congreso de Puebla desnuda la farsa: de más de 100 iniciativas presentadas en conjunto, sólo una ponía realmente al adulto mayor en el centro. El resto es demagogia pura.
Como era de esperarse, la oposición política olió la sangre y saltó a la yugular con toda la razón de su parte. Desde el PAN, la diputada federal Genoveva Huerta no tardó en señalar que las burlas de Salvatori y Palomares no son un caso aislado, sino el fiel reflejo de lo que verdaderamente representan los ancianos para el partido oficialista: votos canjeables y nada más.
Recordó con acierto cómo otras figuras del mismo movimiento han ninguneado a los adultos mayores con frases lapidarias como que «ya van de salida». Por su parte, el dirigente estatal del PAN, Mario Riestra, calificó las disculpas de las morenistas como un acto de total soberbia e hipocresía, desprovisto de humildad, exigiendo formalmente una sanción ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).
Los bloques del PRI y el PAN en el legislativo local acusaron a las diputadas de dar un pésimo ejemplo a la juventud y de «aprovecharse de su posición de poder».
Este vergonzoso episodio desvela también una peligrosa mutación en el perfil del servidor público contemporáneo: el reemplazo de las ideas por los «likes». Salvatori y Palomares pertenecen a esa camada de políticos que confunden la representación popular con el estrellato digital. Para ellas, gobernar es secundario; lo primordial es mantenerse vigentes en el algoritmo, facturar reproducciones y alimentar una narrativa de frivolidad disfrazada de «autenticidad fresca».
La reacción de la dirigencia nacional de Morena y de la propia presidenta Claudia Sheinbaum era obligada y predecible. El control de daños inició de inmediato con la apertura de un proceso de expulsión en la Comisión de Honestidad y Justicia Ariadna Montiel. Sin embargo la indignación del partido no nace únicamente de la empatía hacia los adultos mayores, sino del pánico al costo electoral. Ambas diputadas ya preparaban sus terrenos para el 2027—Salvatori para San Pedro Cholula y Palomares para su reelección—, y hoy sus carreras penden de un hilo porque se convirtieron en un lastre político incómodo en un estado donde los programas sociales a la tercera edad sostienen la estructura oficialista.
La posterior «disculpa» de Nay Salvatori, alegando que se refería a los mayores de 40 años y que todo fue «malinterpretado», es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. De igual forma, el intento de Grace Palomares por culpar a la oposición de «politizar» el asunto raya en el delirio; nadie las obligó a prender un micrófono y escupir discriminación. No hay contexto posible que justifique la deshumanización de una persona por su edad. La soberbia les ganó a las diputadas, quienes olvidaron que el micrófono siempre está encendido y que el poder es efímero. Si el partido decide mantenerlas en sus filas tras bambalinas o perdonarles el atropello con un simple regaño de asamblea, confirmará que sus principios de «no mentir, no robar y no traicionar» son tan huecos como las risas que retumbaron en ese estudio de grabación. La vejez nos alcanzará a todos, incluso a quienes hoy, desde la cima de su arrogancia, creen que son eternas.