
Mosiah Vargas. Nacido en el “lugar de las águilas”, Morelos. De padre guanajuatense y madre morelense, el segundo de tres varones, vivió toda su infancia y parte de su adolescencia en la colonia Zapata. Tres años en un internado mormón, en el otrora DF, donde jugó futbol americano para dar golpes, y para aguantar los que le dieran, seguido de dos años de misionero en Oaxaca, definieron su vida para bien. Aspirante a médico, dice que quería curar a la gente, ahora desea ayudar a sanar sus almas. Fiel defensor del amor, aún lo sigue dando, aún lo sigue buscando, dice que lo encontrará.
Todas las tardes se gana la vida vendiendo “cubiletes“ de queso, en el centro de Cuautla, sonriéndole a la vida.
A mis padres Hugo Vargas e Irma Miranda, a mis hermanos Elliot Vargas y Spencer Vargas, por su amor y paciencia hacia mi persona.
A Betsaida Vargas y Sharon Vargas, fruto de un amor de verano, les tocó un papá roto, pero lleno de amor, las amo por siempre.
A mis musas, por darme su luz sin saberlo, su presencia siempre me inspira.
A ella, la que amaré por siempre, no tardes en llegar.
“Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal “
Friedrich Nietzsche
Nido
León amaneció de un excelente humor, salta de la cama y se alista para un nuevo amanecer. Se mira al espejo mientras sonríe, una cepillada rápida a su cabello y está listo para su caminata mañanera. Camina rápidamente por las calles de la colonia Zapata, dobla pasadas dos cuadras y ya está en el parque, sigue avanzando, detiene su andar y observa una escena que llama su atención.
Desde lo alto de un árbol, un ave mira con tristeza su nido caído al suelo. Lo mira como quién sabe que ha perdido todo lo que ama en su vida, León lo nota y su corazón golpea dentro de su pecho, lo estremece.
El ave mira a León, extiende sus alas para descender y se posa sobre su hombro izquierdo para decirle:
—Humano, me siento triste, pues mi nido está destruido. El invierno tocó a mi puerta, mi amada huyó de este nido que construimos con amor, y de sus vuelos y su destino nada sé.
Y nuestras avecillas quedaron conmigo, yo mismo las cuidé, les di todo mi amor, las alimenté, y les enseñé a volar. —
Y continuó: —Ellas han emprendido un gran vuelo, y me he quedado solo, de su amada madre sus vuelos no sé. Me sobrevino la peor de las tormentas, su furia sacudió con violenta fuerza mi árbol, mi nido cayó, y toda mi esperanza con él.
El ave lloró con profunda tristeza. León escuchó todo lo que él ave le dijo, lloró con ella, le tomó en sus manos tratando de limpiar sus pequeñas lágrimas. Le dio un cuidadoso abrazo y le miró a los ojos mientras le reconfortaba:
—Querida ave, lamento tu pérdida profundamente, porque yo mismo he perdido todo lo que amaba. Sé que te sientes alicaído y desanimado, pero después de la tormenta más intensa, sé que un nuevo sol nos alumbrará con más fuerza y con más luz. —
El ave movía su pequeña cabeza como afirmando mientras León decía: —Yo mismo también cuidé de mis amadas cachorras, mi emplumado amigo, les di todo el amor que tengo para ellas; las cuidé, las alimenté, les enseñé a ser fuertes, les enseñé a amar la vida, a amar de corazón. Les enseñé a pisar fuerte y a rugir por siempre, les enseñé a nunca tener rencor. Si las pudieras ver ¡que hermosas son! —
Y León brillaba con fuerza y seguía:
—Mi corazón se siente satisfecho, aunque ellas ya no están conmigo, mi fuerza está con ellas. Llegará el día que ellas construyan su propio nido; y vendrá cargado de amor, de nuevas vidas, de mucha alegría. Estaré ahí para presenciarlo, y tendrán a sus pequeños cachorros con ellas, y tendrán amor de padre y madre, y mi corazón se alegrará por ver su descendencia, y les amaré con amor de abuelo. Pero antes de que llegue ese tiempo, mi querida ave, yo mismo estoy construyendo un nuevo nido, uno para mí, para cuando el amor llegue, tenga un lugar donde reposar. —
El ave, al escuchar estas palabras de boca de León, alegró su corazón, revoloteando sus alas y dando pequeños brincos de felicidad le dijo:
—Humano, ¡gracias por tus palabras! Construiré un nuevo nido y en él pondré todo mi amor. La luz del sol siempre le alumbrará, emprenderé nuevos vuelos, seré más sabio, amaré la vida, y ¡amaré todo lo que de ella venga! —
El ave rodeó a León con sus pequeñas alas, luego elevó su cabeza hacia el cielo y emprendió un majestuoso vuelo hacia el horizonte.
León le despidió agitando su mano derecha, vitoreaba su vuelo y le gritó:
—¡Nunca dejes de volar alto! —
León sigue su camino y en su cabeza queda la duda:
¿Qué habrá pasado con su amada?
Mosiah Vargas El León