
Mosiah Vargas «El León». Nacido en el “lugar de las águilas”, Morelos. De padre guanajuatense y madre morelense, el segundo de tres varones, vivió toda su infancia y parte de su adolescencia en la colonia Zapata. Tres años en un internado mormón, en el otrora DF, donde jugó futbol americano para dar golpes, y para aguantar los que le dieran, seguido de dos años de misionero en Oaxaca, definieron su vida para bien. Aspirante a médico, dice que quería curar a la gente, ahora desea ayudar a sanar sus almas. Fiel defensor del amor, aún lo sigue dando, aún lo sigue buscando, dice que lo encontrará. Todas las tardes se gana la vida vendiendo “cubiletes” de queso, en el centro de Cuautla, sonriéndole a la vida.
Ilusión
“El amor verdadero nace de los tiempos difíciles” Es lo que repite «León» en voz alta, su ritual de cada mañana.
Todavía sueña con encontrar el amor, trabaja diligentemente para eso, aunque es muy tímido, toda su vida lo ha sido, los que le conocen lo saben, y tal vez esa sea su mayor fortaleza, porque sus sentimientos son nobles. O quizá sea su mayor problema, que su timidez lo congele y le impida actuar.
Además, dice enardecido que no quiere ser como la «flor rosa», y el pétalo que guarda cerca de su corazón, se lo recuerda en voz baja, no sea que la vida se esfume en un parpadeo y sus oportunidades también.
El sol sale y ahí está una vez más, esa oportunidad que llega caminando, con pasos elegantes, y León la siente mucho antes de que ella aparezca entre la multitud de caminantes, y su corazón se acelera, y sus ojos se abren más para no perder ningún detalle, y ella lo mira, agacha la mirada riendo, y sus pasos se pierden entre la gente, y León no lo sabe, porque bajó la mirada, no la supo sostener, y lo único que hizo fue evitar que su corazón brincara de su pecho, para que ella no se diera cuenta.
Con la cara sonrojada todavía, saca lápiz y papel, siente que debe registrar el momento y escribe:
“Hoy te volví a ver
Tu nombre no lo sé
Pero te veo acompañada
De una larga corona negra
Con el lacio flotando
De un aroma tuyo, escapando
La dulzura de un «hola» disimulo,
mi corazón se acelera
No te conozco, pero te extraño
Tres instantes te veo:
El primero, veo tu luz
El segundo, disimulo
El tercero, te extraño
Te tengo tan cerca y tan lejos
Quizá el reflejo de los cristales
O el fruto de tu vientre
Te distraigan del momento
Y quedo a la sombra
Sumando de a tres
Para recordarte
Una y otra vez.
Mosiah Vargas, «El León»