Mosiah Vargas «El León». El niño y la madre

Mosiah Vargas «El León». Nacido en el “lugar de las águilas”, Morelos. De padre guanajuatense y madre morelense, el segundo de tres varones, vivió toda su infancia y parte de su adolescencia en la colonia Zapata. Tres años en un internado mormón, en el otrora DF, donde jugó futbol americano para dar golpes, y para aguantar los que le dieran, seguido de dos años de misionero en Oaxaca, definieron su vida para bien. Aspirante a médico, dice que quería curar a la gente, ahora desea ayudar a sanar sus almas. Fiel defensor del amor, aún lo sigue dando, aún lo sigue buscando, dice que lo encontrará. Todas las tardes se gana la vida vendiendo “cubiletes” de queso, en el centro de Cuautla, sonriéndole a la vida.

 

 

A mi madre Irma Miranda Gallegos

 

A Betsaida Vargas y Sharon Vargas, mis hijas amadas

 

 

EL NIÑO Y LA MADRE

 

Los niños son las anclas de la vida de una madre

—Sófocles

 

Se abre la puerta de la regadera, una nube de vapor sale aprisa, y tras de él un niño sonriendo, lo acompaña un aroma a lavanda que perfuma todo el cuarto de baño. La madre recibe al niño, toma la toalla, comienza a secar con movimientos tiernos el cuerpo de su amado hijo. Primero sus cabellos castaños, que brillan como un sol incipiente, luego sus brazos, los que un día serán fuertes para enfrentar la vida. Después sus pequeños pies y piernas, que le llevarán a caminar los senderos hacia grandes aventuras. Pasa la toalla por su espalda, la que algún día cargará con la hermosa responsabilidad de cuidar una familia.

Toma la ropa perfectamente planchada que desprende un olor a vainilla y amor, lo viste con su pantalón favorito, el que tiene dos tortugas estampadas en los bolsillos delanteros. Le pone una playera blanca, luego sus calcetines de ositos que calzarán unos tenis blancos. Le peina su castaña cabellera, el típico peinado “de ladito”, un poco de crema en la cara y brazos para quedar listo.

La madre sonríe, el niño le devuelve la sonrisa al tiempo que sus inquietos pies comienzan a moverse —hijito ya estás listo, por favor espera mientras yo me baño, no vayas a ensuciarte ni vayas a jugar con el agua de la pileta— le dijo la madre con voz tierna-firme. El niño asiente con la cabeza y dando brincos sale del cuarto de baño, corre hacia el patio para recoger su carrito de juguete.

Se acerca al árbol que está en el patio cerca de la puerta de la cocina, lo mira detenidamente, solo para tratar inútilmente de distraer su mirada que se fija en la pileta de agua, ubicada en medio del patio. Con su mano derecha eleva el carrito y se dirige, con cara traviesa, hacia el lugar prohibido. —Bip bip, bip bip— balbuceaba el niño zigzagueando con sus pies como un auto que está a punto de chocar. Se detuvo imitando el sonido de un freno, se queda quieto, su asombro se enciende al ver el agua cristalina, observa los rayos del sol rebotando juguetonamente sobre su superficie. Mete una mano para sentir la fresca agua, pero el recuerdo de la voz de advertencia de su madre que hace eco en su cabeza lo hace retroceder. Da media vuelta para encontrarse de frente con las gallinas que recorrían el patio cacareando, vuelve a dar media vuelta solo para meter otra vez la mano al agua, que ya ejerce un efecto amnésico contra la advertencia de la madre.

El niño se divierte jugando con el agua, le da palmadas que hacen brincar grandes gotas que empapan su ropa limpia, sumerge una y otra vez su carrito convertido en submarino. Pero justo cuando la emoción lúdica toca el cielo, el carrito cae a la pileta, sumergiéndose lentamente ante los inocentes ojos del niño: —papi, ji ji ji, mejor haz una canción de lo que pasa después— dice Betsy riendo a su papá, acostada a un lado de su hermanita Sharon, con sus pijamas puestas.

—Está bien hijita— responde con amorosa voz, y canta:

 

Un niño travieso, la la la

con el agua de la pileta reía

cuando su carrito favorito

hasta el fondo se hundía

 

Se asoma curioso, la la la

a ver su carrito al fondo

presuroso intenta sacarlo

y cae a lo hondo

 

La madre corre asustada, la la la

mete la mano al agua

y de un jalón saca

al niño con cara asustada

 

Con el agua no debiste jugar

la madre le regaña

mojado todo estás

ahora te tengo que cambiar

 

Llora el niño, el niño llora

llora que su madre

lo ha salvado

llora el niño, el niño llora

llora que su madre

lo ha regañado

 

—Ji ji ji, ese niño ¿eras tú papi? — preguntó Sharon. León suelta una risa, las niñas ríen y se cubren sus caras.

—Bueno niñas ya duérmanse, si no su mamá vendrá y también las regañará— las besa en la frente, apaga la luz, sale de la habitación y en la mente de León flota la triste imagen del carrito hundido en el agua.