
Victor de Regil
MORENA vive horas de profunda contradicción. Mientras la narrativa oficial presume un partido cohesionado en torno a la presidenta, las bases crujen bajo el peso de un pragmatismo electoral que empieza a parecerse demasiado a los vicios del viejo régimen. Lo que hoy se experimenta no es un proceso de selección democrática; es el caos de la opacidad institucionalizada.
El gran mito de la llamada Cuarta Transformación, las encuestas internas de la Comisión Nacional de Elecciones (CNE), ha terminado por desgastarse. Convertidas en un oráculo invisible del que todos sospechan, pero nadie ve las esencias metodológicas, los sondeos han dejado de pacificar al partido.
La realidad salta a la vista: en la designación de coordinaciones locales, 6 de cada 10 candidaturas corresponden a perfiles inequívocamente leales a los gobernadores en turno. Nombres como Pablo Gutiérrez en Campeche o Julieta Ramírez en Baja California evidencian que el dedazo institucional sigue operando con total normalidad, cobijado bajo la marca del «carro completo».
Sin embargo, el agandalle tiene un límite y los aliados históricos ya enseñaron los dientes. El PT, encabezado por liderazgos como Reginaldo Sandoval, ha amenazado formalmente con romper la coalición. La lógica soberbia de Morena, que desdeña a sus socios porque se asume invencible, podría fragmentar la alianza parlamentaria que sostiene al gobierno federal. Aunque el senador Ignacio Mier intente enfriar el caldo diciendo que esto es mera «pasión política», la fractura es real.
Si se quiere ver el tamaño del desastre que provoca esta centralización del poder, hay que voltear la mirada a Puebla. El estado se ha convertido en el ejemplo perfecto de cómo las pugnas cupulares pueden congelar el futuro político de una región entera.
Las definiciones de las coordinaciones federales poblanas se encuentran totalmente atoradas debido a un choque directo entre la dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel Reyes, y la presidenta de la CNE, Citlalli Hernández Mora. La incapacidad de la dirigencia para procesar los acuerdos locales tiene los nombres de quienes serán sus coordinadores, ya la postre sus candidatos, en la congeladora.
La disputa interna por la alcaldía de Puebla y las principales posiciones legislativas no es menor. El representante electoral del partido, Alfonso Bermúdez, intenta minimizar el conflicto calificándolo como la «pelea natural por la joya de la corona». No obstante, los roces entre las estructuras del gobernador Alejandro Armenta y otros bloques de poder vaticinan una colisión de pronóstico reservado.
Mientras los grupos se despedazan por asegurar su nombre en la boleta, el Congreso local paga los platos rotos. La estela del golpeteo interno ha dejado una alarmante cifra de 1,809 iniciativas en trámite, sepultando la productividad legislativa a pocos meses de que termine el periodo. Aunado a esto, escándalos de frivolidad como el de las diputadas locales sancionadas por comentarios discriminatorios contra adultos mayores evidencian la precariedad de los perfiles elegidos.
Morena se está convirtiendo en el sistema. Al no tener un rival fuerte enfrente, toda la violencia, la competencia real y la lucha por los espacios de poder han migrado hacia su propio vientre. Puebla será el gran laboratorio: o el partido aprende a administrar sus tribus bajo reglas claras y transparentes, o la soberbia de sentirse invencibles terminará por devorarlos desde adentro. El problema no es que Morena pierda las elecciones; el verdadero riesgo es que su precaria salud democrática termine por pudrir su propio proyecto de gobierno.
