
Miguel Barroso Hernández. Escritor y artista plástico cubano, residente en Veracruz. Licenciado en Comunicación Social, periodista y profesor universitario.
Cursó el Taller de Técnicas Narrativas auspiciado por el Centro Internacional de Promoción Literaria “Onelio Jorge Cardoso” y el Taller Internacional de Realización y Producción de Cine y Televisión para Niños y Adolescentes, en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba.
Graduado del Centro Experimental de las Artes Visuales Belkis Ayón, en La Habana; actualmente es profesor del Taller de Arte y Escritura Creativa Miró, en Veracruz.
El sueño de Anita
Luego de media docena de cocotazos y reprimendas, Anita estaba lista para jugar canasta. El problema era con quién. Trabajando horas extras en su tiendita de antigüedades, obtuvo lo necesario para formar una escuela y enseñarles a sus amigas todo lo que ella misma había aprendido.
En la ciudad donde vivía, varias señoras eran consideradas leyendas vivas de este juego que, por los dioses de la baraja, es considerado un verdadero ritual social, una coreografía organizada en la memoria: con certera intuición y alianzas silenciosas. Pero también estaban los hijos e hijas que, de los íconos ya fallecidos, habían heredado los secretos mejor guardados y sabían que en la canasta no gana quien mejores cartas tiene, sino quien sabe esperar a que su contrincante se equivoque.
¿Será que podré enfrentarlos algún día? —se preguntaba Anita y la idea de organizar un torneo de canasta se le presentó una madrugada en que soñó con cartas que se barajaban solas. Alrededor de una mesa interminable, estaban sentados los aprendices y los fuera de serie: los vivos y otros tan muertos que llevaban décadas dando consejos desde el otro mundo. Al despertar, Anita supo —con la misma certeza con que se sabe que va a llover cuando duelen las rodillas— que su destino era celebrar un gran torneo de canasta en Veracruz.
Primero, debía convencer al grupo de viudas longevas que jugaban desde antes de que la ciudad tuviera electricidad.
—No están a nuestro nivel —dijo una.
—No perderé el tiempo con puro novato —aseguró Rosalba del Carmen que recordaba cada pozo defendido desde 1934.
Pero doña Ana la indomable, mamá de nuestra protagonista y Amelita la de la eterna sonrisa: aceptaron el reto. A los más jóvenes, fue fácil convencerlos con la promesa de un gran premio.
Anita era consciente de cómo exponía a sus alumnas frente a los reyes del jugo, pero el riesgo y la adrenalina valían la pena. Sus amigas —Estelita, Belén, Gaby, Olivia, Pilar, Silvia y Lucía—, al principio, veían la canasta como un pasatiempo de señoras jubiladas del espíritu. Pero Anita fue persistente como las hormigas que regresan al nido incluso después de un incendio. Les mostró el arte de la paciencia y, aunque hubo discusiones y renuncias dramáticas, consiguió formar a un muy buen batallón canastero. No olvidaba la tarde en que Pilar lanzó las barajas por la ventana, jurando no volver jamás; pero volvió al día siguiente, porque la canasta —como los amores verdaderos— siempre llama de regreso.
El día del torneo, el salón estaba lleno de risas nerviosas y un frío tan espeso que parecía parte de las reglas. Participaron todas las amigas (alumnas) de Anita, las señoras legendarias, los hermanos Cuspinera (herederos de doña Vicky la peligrosa) y el matrimonio Malpica-Patrón: temidos por la sincronía y sagacidad como pareja. Hasta estuvo un cubano que, por suertudo, parecía traer pacto con dioses africanos.
Seis rondas. Pura tensión. Estrategias… Entusiasmo en las parejas ganadoras, porque ninguna jugada es completamente individual…
Anita llegó a la final y, sin darse cuenta, ganó junto a uno de los Cuspinera, pero no aceptó el trofeo.
—Todos —dijo refiriéndose a los competidores presentes— me han enseñado algo, incluso los que perdieron. Ahora sé que la canasta no se gana: con la canasta ganamos. Con la canasta nos heredaron la manera más elegante y entretenida de sentarnos, frente a frente, con los amigos. Durante horas, nos miramos sin hablar, confiamos en mínimas señales y confirmamos que el amigo verdadero es el que recuerda por uno.
Así termina la historia del sueño de Anita y en Veracruz, los que hoy jugamos, sabemos que la canasta no inventa afectos: los forja y los deja a la intemperie, como cartas boca arriba, para que perduren en el tiempo.