Macedonio Vidal Pérez. Nanciyaga

Macedonio Vidal Pérez. Nació en Santa Cruz Olintzi, Municipio de Tezonapa, pueblo enclavado en la Sierra Madre Oriental cerca de Córdoba, en el estado de Veracruz, en 1955. Ingeniero civil de profesión, ha tomado cursos de latín, griego, cuento, novela y poesía en la Casa del Escritor en la ciudad de Puebla, donde radica desde la edad de 13 años. Su gusto por la poesía surge de su participación en declamaciones en la infancia y lo retoma a la edad de 50 años, cuando asiste a la Casa del Escritor. Ha publicado Alborada Poética y Non omnis moriar (No moriré del todo) en el Círculo de Escritores Sabersinfin. También ha publicado en la revista Filigramma del mismo círculo de escritores y en las Antologías Poéticas de Sabersinfin. Ha asistido a los encuentros de escritores organizados por la BUAP, leyendo poesía y como conferencista.

 

Nanciyaga

 

Sentí sobre mi ser tu instintiva mirada,

cruzar entre la exuberancia de la fronda,

saturado corazón multicolor con predominio verde,

impregnado aromático, profundo, incomparable.

Agua por todas partes casada con la selva,

soberana de vida estás ahí,

vigilante perenne con séquito constante de chaneques,

custodias el aliento milenario que pervive.

Humedad ardiente, temazcal en el trópico,

para quien lo comprenda… ese es tu reino.

Conoces el sentir del angiospérmico epífito horizonte,

atrapas la belleza de lotos y begonias, endémica belleza,

sabes de los amores de garzas y serpientes y changos,

sabes de los número uno en sortilegios.

Nada sobra en tu reino,

todo forma y conforma las piezas de un sutil sistema.

Llego ahí y me vigilas,

como a un extraño me vigilas,

como a un turista despistado me tienes en la mira.

En apariencia soy un contaminante urbano más,

en apariencia no pertenezco ahí,

y sin embargo me has reconocido, sí, soy tuyo,

soy el hijo que alguna vez perdió el camino.

Tan solo llevo un disfraz sobre mi piel,

algo superficial, efímero y de moda.

Mis pies son prisioneros de brillante cuero,

mi corazón es presa del consumo,

pero en el fondo, despojado de todo,

mi absoluto desnudo me delata.

Soy del color moreno de la tierra,

un olmeca perdido en el feroz civilizado mundo,

donde las alegrías y las tristezas

se miden en miles de millones de dolores.

Alguien que siente tu llamado,

surgido desde lo profundo de tu espíritu salvaje,

surgido en la penumbra de las sombras entre lianas.

En tu reino, enmarcado entre apompos y nenúfares,

y el mosaico de tegogolos submarinos,

donde reposa el lago interminable Catemaco,

que encabeza las maravillas del paraíso que te envuelve.

Cascada de Eyipantla, escucho tu murmullo.

Montepío, tus vírgenes arenas serenan mis extremos.

Sontecomapan, me pierdo en tus manglares,

para reencontrarte, Perla de los Tuxtlas,

y en ese reencuentro, reencontrarme a mí mismo,

rendido a ti, como tu súbdito perenne.