
José Román Valenzuela Vázquez. Desde su infancia, la música ha sido su refugio. Su padre le enseñó a tocar la guitarra a los 7 años, y desde entonces, las cuerdas han sido su confidente más fiel. Durante la escuela, se sumergió en actividades artísticas, y en el Tecnológico de Veracruz, aprendió aún más sobre armonía y composición.
La necesidad de expresarse le llevó a crear canciones y, más recientemente, a escribir reflexiones, poesía y prosa. No pretende enseñar, pero como dijo Sócrates: “No puedo enseñar nada a nadie. Sólo puedo hacerles pensar”. Así que aquí está, componiendo su propia sinfonía de vida y esperando inspirar a otros a encontrar su melodía interior.
Monólogo del poemario
Manantial de poesía
Dicen que los libros hablan. Pero no con la voz. Hablan con la memoria. Con la emoción. Con aquello que despiertan en quien los lee. Sin embargo, esta noche quisiera proponerles una pregunta: ¿Qué nos diría un libro si pudiera hablar por sí mismo? ¿Qué historia contaría? ¿Qué recuerdos guardaría entre sus páginas? Permitamos entonces que, por un instante, este poemario abandone el silencio. Y sea él mismo quien nos cuente su historia.

Hay viajes que se recorren con los pies. Otros con la memoria. Y existen algunos que sólo pueden emprenderse con el corazón. Esta noche los invito a cerrar por un instante los ojos del mundo. A escuchar con los oídos de la imaginación. Y acompáñenme al curso sereno de un río que nace en el alma de un poeta, mi Poeta Gonzalo Valenzuela.
Porque esta noche no vengo a mostrarme como un libro. Vengo a presentarme con una voz. Una voz hecha de agua y memoria. De Luz y gratitud. De encuentros y despedidas. De preguntas que buscan su horizonte. Esa voz soy yo. Soy un Manantial de Poesía, y esta noche, deseo compartir las aguas que me dieron origen.
Nací en un Otoño de palabras. Entre Retazos de Mar. Entre preguntas que buscaban un Reencuentro.
Aprendí a escuchar Con los oídos del corazón. A guardar Inocentes suspiros. A dejarme llevar por una Suave brisa. A contemplar el mundo bajo un inmenso Corazón de cielo. Y así comenzó Mi viaje. Desde entonces he navegado junto a quienes alguna vez he amado.
Junto al Guerrero del amor. Junto a quienes se atrevieron a decirle a la vida Sedúceme. He visto aparecer Hilos de plata sobre las aguas tranquilas del tiempo. he aprendido que ninguna corriente es más fuerte que La supremacía del amor. Por eso he conservado encendida una Lámpara de los milagros. Por eso resguardo el Dulce amor. Por eso sigo cantando aun cuando los Cantos de sirena intentan alejarnos de nosotros mismos. Porque sé que todos caminamos Entre el amor y el miedo.
Y que todos buscamos una Compañera.
Una presencia que permanezca cuando llega El otoño. Una voz capaz de susurrarnos: Vuelve a cantar. Una mirada capaz de inspirar todavía un: Qué linda te ves. Como aquella Pueblerina que guarda en Tezonapa el perfume de sus raíces. Y cuando la vida exige Renovación, despierta Un Pegaso en lo más profundo del alma. Entonces comprendemos: El Amor me bendice. Y comenzamos a descubrir los verdaderos Momentos del alma.
Aquellos que nos conducen al arte de Conociéndome. Aquellos que revelan El valor de las ideas. Aquellos que nos permiten encontrar una Cantera inagotable de amor. Porque La última frontera nunca ha estado en el horizonte. Siempre ha vivido dentro de nosotros. Y comprendí que todo fluye en perfecta sincronía. Como las mareas, como las estaciones, como los amaneceres que regresan sin preguntar nuestro nombre. Cada pérdida. Cada alegría. Cada herida.
Aunque a veces olvidemos que pertenecemos a algo mucho más grande que nosotros mismos. Por eso, aun Cuando se extinga mi voz, seguirá encendido El candil de los sueños. Ninguna Alienación podrá apagar la Sabiduría divina. Ni borrar una Inexplicable sonrisa. Por eso doy Gracias al amor. Por los Ángeles de la paz. Por la Canción del náufrago. Por todos Los regalos de la vida. Por la fe. Por la Tinta y papel. Por el Tiempo. Por cada Fuente de amor que hizo florecer mis aguas.
Pero ningún río encuentra su sentido lejos del hogar. Y yo también aprendí a regresar. Allí encontré a la Diosa de mi vida. Allí nació una Carta para Irene. Allí floreció la esperanza de A un futuro bebé. Y la inmensa alegría de un Padre feliz. Allí descubrí que los hijos son la forma más hermosa que tiene el mañana de visitarnos. Allí crecieron sueños para Adrián y Tonatiuh. Como dos soles naciendo sobre el mismo horizonte.
Como dos barcas nuevas aprendiendo a navegar en sus propias aguas. Y cada palabra escrita para ellos fue una lámpara encendida para el porvenir. Allí comprendí el verdadero significado de A mis hijos. De Mi familia. De Hermanos y amigos. Porque hay fuegos que no se alimentan de leña. Se alimentan de afecto. De presencia. De gratitud. De amor compartido.
Y sin embargo… todo río llega alguna vez a la orilla de las despedidas. Allí conocí el Duelo silente. Y descubrí que quienes amamos nunca terminan de partir. Se vuelven brisa. Se vuelven recuerdos. Se vuelven luz. Permanecen como un Guerrero inmortal, caminando junto a nosotros cuando creemos avanzar solos. En cada Utopía. En cada recuerdo.
En cada uno de esos Andares que continúan acompañándonos cuando creemos caminar solos. Porque el amor tiene una extraña manera de vencer al tiempo. Permanece. Y también permanece la voz de los Amigos. Y la huella de los Maestros. Aquellos sembradores silenciosos que dejan caminos donde antes sólo existían senderos. Entonces comprendí mi propósito. No nací para dormir entre cubiertas, ni para descansar entre los estantes del tiempo. Nací para viajar de mano en mano, como el agua, como la luz, como las historias que encuentran refugio en el corazón.
Y cuando la vida vuelva a pedirnos respuestas… cuando la nostalgia toque la puerta… cuando el amor necesite una nueva voz… regresemos a estas aguas. A este refugio. A este Manantial de Poesía. Porque quien se atreva a beber de él descubrirá mucho más que versos. Encontrará recuerdos. Encontrará esperanza. Encontrará compañía. Y quizá… en alguna de sus páginas, termine encontrándose a sí mismo.
Gracias por permitirme navegar esta noche por las aguas de este manantial. Hay travesías que se olvidan al llegar a puerto; otras permanecen para siempre en el corazón. Esta ha sido una de ellas.