José Román Valenzuela Vázquez. Él y yo

José Román Valenzuela Vázquez. Desde su infancia, la música ha sido su refugio. Su padre le enseñó a tocar la guitarra a los 7 años, y desde entonces, las cuerdas han sido su confidente más fiel. Durante la escuela, se sumergió en actividades artísticas, y en el Tecnológico de Veracruz, aprendió aún más sobre armonía y composición.

La necesidad de expresarse le llevó a crear canciones y, más recientemente, a escribir reflexiones, poesía y prosa. No pretende enseñar, pero como dijo Sócrates: “No puedo enseñar nada a nadie. Sólo puedo hacerles pensar”. Así que aquí está, componiendo su propia sinfonía de vida y esperando inspirar a otros a encontrar su melodía interior.

 

Él y yo

 

¿Qué fue de aquel niño que se apoyaba sobre la vieja reja para buscar el cielo? Aquel que, cuando el atardecer apagaba los colores, levantaba los ojos y preguntaba con la sencillez que sólo tienen los niños: —¿Dónde estás, Dios?

No pedía riquezas. No soñaba con conquistar el mundo. Sólo quería encontrarte. Y, antes de dormir, como quien habla con un amigo invisible, decía en silencio: “Enséñame a amar como Tú amas. Enséñame a perdonar como Tú perdonas.”

Hoy miro hacia atrás y veo la vida correr como un río que jamás aprendió a detenerse. Los años hicieron su trabajo. El cabello cambió de color. El rostro aprendió el lenguaje del tiempo. Las manos guardaron cicatrices que antes no conocían. El cuerpo cambió.

Pero el niño… El niño nunca se fue. Permanece escondido en algún rincón de este hombre que aprendió a disimular el miedo, que sonríe cuando duele y guarda silencio cuando el alma quisiera llorar. A veces casi olvido aquellos primeros pensamientos conscientes, aquellas preguntas que nacían limpias, sin miedo a parecer ingenuas.

Y entonces vuelvo a preguntarte: “¿Dónde estás, Dios?” Y el silencio, que antes me parecía vacío, ahora tiene tu presencia. Porque nunca te habías ido. Eras Tú quien caminaba despacio mientras yo corría. Eras Tú quien esperaba cuando yo me alejaba. Eras Tú quien permanecía despierto cuando yo dormía el alma.

Ahora siento tu mirada. No pesa. No acusa. No exige. Sólo ama. Y comprendo algo que antes no podía entender: Para Ti el tiempo no envejece a los hijos. Todavía miras en mí a aquel niño que levantaba la vista esperando encontrarte entre las nubes. Has conocido todas mis derrotas antes de que ocurrieran. Has visto mis caídas, mis dudas, mis orgullos, mis silencios. Y, aun así, nunca dejaste de creer en aquello que todavía puedo llegar a ser.

Mientras otros aprendieron a definirme por mis errores, Tú siempre miraste la obra terminada. Cuando yo veía ruinas, Tú veías cimientos. Cuando yo veía finales, Tú ya contemplabas nuevos comienzos. Jamás dudaste. Porque nadie me conoce como Tú. Ni siquiera yo. Hay días en que pienso haberme perdido. Y, sin embargo, siempre termino encontrándome en el mismo lugar: frente a Ti.

Entonces descubro que quizá nunca he dejado de ser aquel niño que buscaba respuestas mirando el cielo. La diferencia es que ahora comprendo que nunca estuve solo. Nunca te he visto. No conozco el color de tus ojos. Ignoro el sonido de tu voz. Y, sin embargo… cuando el amor vence al orgullo, cuando el perdón rompe el rencor, cuando la esperanza resiste, aunque todo parezca perdido, sé que has pasado por ahí.

No necesito verte para reconocer tu presencia. Porque hay encuentros que suceden primero en el alma. Hoy ya no pregunto dónde estás. La verdadera pregunta es otra. ¿Cómo pude creer que alguna vez te habías ido? Tú sabes quién soy. Y, después de tantos años, por fin comienzo a saber quién eres.

 

19 de julio de 2026

 

Román Valenzuela