
La escena cultural y periodística de Puebla ha perdido a uno de sus pilares más apasionados. El repentino fallecimiento de Herminio Blanco, conocido entrañablemente por todos como Mino D’Blanc, deja un dolor profundo y un vacío imposible de llenar. Nos queda, sin embargo, el consuelo de un legado imborrable que merece ser celebrado con el corazón en la mano.
Mino no era un periodista de espectáculos común; era un verdadero custodio de la memoria artística y un alma generosa que entendía el arte como el latido mismo de la sociedad. Su constancia quedó firmemente demostrada al colaborar activamente para el Semanario 7 Días de Puebla por más de 20 años, un espacio que se convirtió en su segundo hogar y donde, semana tras semana, entregó su talento y pasión sin reservas.
En un gremio que a menudo se distrae con lo efímero, él destacaba por su rigor, su respeto absoluto hacia los creadores y una memoria prodigiosa que sus colegas describían, con justa admiración, como una «biblioteca andante». Su pluma no solo informaba, sino que abrazaba y dignificaba el oficio de la crónica cultural.
Pero su amor por el arte no se limitaba a la observación o a la crítica desde la barrera; Mino habitó los escenarios con la misma naturalidad, entrega y entrega con la que escribía sobre ellos.
Lo vimos transformarse con entrega en la pantalla grande en cintas como Todos hemos pecado o la histórica Héroes, demostrando una faceta actoral sólida, comprometida y profundamente humana. Y cómo olvidar su romance eterno con el acordeón, ese instrumento que dominaba desde la infancia y que lo llevó a compartir el escenario con figuras de la talla de Alex Lora y El Tri en el mismísimo Auditorio Nacional. Él no solo cubría el rock; él también lo vivía en la piel, transmitiendo una energía que contagiaba a cualquiera que se cruzara en su camino.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo o de leerlo sabemos que su verdadera grandeza no radicaba únicamente en sus conocimientos, sino en su calidez humana. Mino poseía esa rara virtud de escuchar con atención genuina, de impulsar a los nuevos talentos y de tender puentes donde otros ponían barreras.
Cada una de sus entrevistas no era un interrogatorio, sino una conversación íntima entre dos apasionados del escenario. Para él, el artista local merecía la misma primera plana y el mismo respeto que la estrella internacional más consagrada.
Su partida a los 53 años nos priva de un creador en plena madurez intelectual y afectiva, un golpe que estremece las fibras más sensibles de la comunidad poblana. Nos deja, no obstante, el ejemplo de un auténtico «Poblano Ejemplar», alguien que nos demostró que el periodismo de espectáculos puede ser un vehículo de alta cultura y que la pasión multidisciplinaria es el mejor motor para enriquecer el alma colectiva.
Hoy las marquesinas de Puebla guardan un minuto de silencio y las luces del teatro se tornan tenues, pero el eco de su acordeón, la nobleza de su sonrisa y la agudeza de sus textos se quedan arraigados con nosotros para siempre. Buen viaje, querido Mino; tu última función se queda grabada en nuestra memoria.