
Guillermo Valdivieso Zucolotto. Ingeniero Civil. Trabajó 33 años en la Central Nucleoeléctrica Laguna Verde. Ha tomado cursos/talleres de pintura, canto y guitarra. Actualmente, libera su capacidad creativa en el taller de Técnicas Narrativas Miró, dirigido por Miguel Barroso Hernández.
Ese hombre es mío
—Al final, me liberaré de ella. No puede quedarse con mi marido —admitió Sasha, riendo frente al espejo.
Era una mujer joven y hermosa. Ya separada de su primer esposo, encontró a Walter: jubilado de una institución federal, con mucho dinero. Y aunque le doblaba la edad:
—No me importa —decía—. Mientras siga siendo el cajero automático que siempre soñé: ¡bienvenido!
Walter, que cuenta ya tres divorcios, sigue siendo un mujeriego empedernido. Su última esposa fue Sonia, quien aún se cree con derechos y trata de espantarle “las moscas”: así le dice ella a las aventuras de su ex.
Walter es muy conocido en Guadalajara, Jalisco. Tiene una lujosa mansión en las afueras de la ciudad y Sasha no olvidó la tarde en que, allí, coincidiera con Sonia.
¿Con quién se iba a quedar? El careo casi llega a los golpes y Walter, avergonzado por el qué dirán, no sabía qué hacer; mucho menos, qué decir. La tensión crecía y los vecinos se estaban enterando:
—Deja en paz a mi marido…
—¡Tú cállate, desgraciada! —gritaba la otra—. Él sigue siendo mi esposo…
La cara del pobre hombre parecía un arcoíris, cambiando de colores. Y estuvo peor cuando Sonia comenzó a amenazar a su rival:
—Ni siquiera sabes con quién te estás metiendo. Conozco a personas que pueden acabar contigo en un abrir y cerrar de ojos.
Sasha escribió un mensaje de WhatsApp y en minutos obtuvo toda la información de Sonia.
—Tu familia posee propiedades en el sureste —aseguró Sasha—. Retira tus amenazas o mañana todas esas propiedades serán ruinas.
Ese día, Sonia terminó yéndose, quizás asustada…
—¡Gané! —había gritado Sasha y plantándole un beso a Walter lo dejó listo para vivir una noche extremadamente íntima.
Ahora, tras sonreírle a su imagen frente al espejo, sale a la cita con Sonia. Se verán en un café y, haciendo uso de todas sus dotes histriónicas, la convencerá de lo arrepentida que está por sus amenazas y le entregará un regalo.
“La caja donde coloqué el regalito, fue una gran idea” —piensa y sabe que la ironía implícita es brutal.
Dos días después, al leer el titular del periódico local, sabrá que Walter ya es solo suyo:
“La conocida psicóloga Sonia Aramburo de la Garza, muere mordida por una serpiente al abrir caja de juguetes eróticos”.