Gabriel Fuster. Para Úrsula Ramos

Gabriel Fuster (1959- 2022). Nacido bajo el signo de Virgo. Viajero, coleccionista y enfant terrible. Edificio verbal, torre de canto y recitares premonitorios. Pararrayos de la doctrina, obelisco de la inteligencia,   zigurat   del habla en lenguas extranjeras, ruega por nosotros. Becario del PECDAV en su emisión décima y jurado del mismo en su emisión veinte, debido a la apreciable bodega cultural que posee por mente. Que alguien sepa, Gabriel Fuster y los atlantes nunca se conocieron, pero se hubieran entendido admirablemente. Su sueño dorado es viajar en el tiempo. Hoy se le contacta en dongigabyto@gmail.com

 

Para Úrsula Ramos

 

“Ursus” la llamaba Juan Vicente Melo. El novelista y extremo melómano solía ser sardónico y condescendiente con los escritores fuera de su liga. No pocas veces la virtud de la caligrafía de un libro firmado lo llevó a juzgar por igual a las personalidades del quehacer literario en la patria chica de estas playas. Contemporáneos del Ateneo Veracruzano, tales como Antonio Salazar Páez, a quien se refería con el mote “el siglo de Oro”. El irresponsable y gratísimo senador Rafael Arriola Molina. El más jarocho de los decimeros jarochos Don Francisco Ávila, alias “Paco Píldora”. Y todos aquellos escribiendo para los happy few, la media docena de admiradores que forman su público en las lecturas, fueron declarados intelectualmente inferiores para el agrado peculiar de quien se supo mejor amigo de mayúsculos hombres y mujeres de las letras mexicanas, tales como Juan García Ponce, Pepito de la Colina, Elenita Poniatowska, José Emilio Pacheco, los hermanos Pérez Gay et al. Sin embargo, Juan Vicente reconocía una secreta admiración por Úrsula Ramos entre sus chanzas y le profesó un evidente amor. La maestra Úrsula Ramos sabía lo que Sor Juana supo siempre, el arte sucede. Mientras los culturosos rojillos hablan de llevar la cultura a los trabajadores, a los barrios que le duelen a la ciudad, a las cárceles, a los burdeles, a la plaza plural y al óctuple camino de las escuelas, su estructura dinámica no parece cuidada. Poco a poco sentimos que no es así de inspiracional. La maestra empieza desde antes de la revolución, enseñando ortografía y redacción por los distintos estratos de la sociedad, sin aspavientos. La maestra fue una memoria colectiva. En el día que la poeta Glenda Castillo me informó el fallecimiento de la maestra Ursulita, mi inmediato sentimiento fue de coraje. Ello, por la forma terrible que murió en el desamparo. Por principio de cuentas, robada por sus familiares, quienes se apoderaron de su precioso mobiliario. El piano, los valiosos cuadros y las vidrieras con sus incalculables tesoros personales. Posteriormente, desalojada de su casa con el uso de la fuerza pública por esa misma gente, en función a los dineros de una hipoteca perteneciendo a la más antigua de las tretas bancarias. Al final, recluida en un asilo, donde sobrellevó sus últimos días pensando que ya nadie la quería ver. Lo tardío de ese descubrimiento es tan fortuito como el descubrimiento de la humillación, como el descubrimiento de la lluvia. Por ejemplo, no llueve una sola vez en todo el Quijote. Muerta a los 98 años, se mantuvo lucida y aristocrática. Una aristócrata pobre, salvo la convicción de simpática lechuza que despierta a los caricaturistas. Explico esto, por brutal que sea, porque no tengo condolencias ni plegarias que ofrecer. Sino la más tosca de las perplejidades. Mis exequias nivel Facebook.

In Memoriam

 

(Elegía de un discípulo de Neil Leslie Diamond)

 

Úrsula Ramos, finada. Maestra, paloma mensajera. ¿Añoras al poeta del VII a. C. en tus impresiones al vuelo? No pagas alquiler en las novelas y las Óperas que entraron en tu vida, eres libre para ir a donde quieras. Pues, búscalo. Alcanza esa distante frontera en el corazón y buena suerte. Pues si descubres el otro lado del arco iris, sea de tal país o de tal sueño, cuéntanos a los demás como lo lograste. Con todo respeto, usted sería la primera en la historia del mundo. Transportando correo, mensajes secretos y zureos pareciendo arias breves e indagando lo maravilloso. Ese asombro de cosas extrañas que se imponen a lo inaudible de la imaginación. Una princesa en brazos de un amante de piedra, un cazador de alces reducido a otra presa tratando de sobrevivir la mutilación en su propia trampa, un robot sentado sobre un trono, la mata de plátano encorvada sobre mecedoras y pabellones como los brazos de abuela, antiguas nieves y antiguas lluvias. Estas enumeraciones dentro de mi cabeza rebotan contra el muro correspondiendo a la hoja blanca de papel. Es inútil. No me interesa mejorar la mala ortografía. Y si te vas de aquí, no quiero volver a leerte. Por cuanto usted representa ahora una paloma en el horizonte, una cruz alada en la ilusión del espacio abierto. Requiescat in pace. Quizás mañana la poesía todavía exista en defensa de las metáforas. Tal vez, entonces sea la hija de Júpiter necesariamente oculta en la semilla que se moja del Leteo, rodeada de niños y mujeres susurrando por debajo del subsuelo. Alas, el invierno de nuestros sigilos mortales. Adiós, adiós.

 

(Leído el 4 de diciembre de 2025, durante el homenaje titulado “La pluma y la melodía” e invitado de último minuto. Nótese el corrector)