
David Orozco de Gortari. Nacido en la Ciudad de México, hizo sus estudios de licenciatura en la Universidad La Salle y obtuvo el título de Ingeniero Mecánico Electricista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre otras actividades extracurriculares, tomó un curso de metales en la Escuela de Artesanías del INBA.
Profesionalmente se desarrolló en la rama industrial. Participó, entre otros, en el programa OEA-92, para el fomento económico de comunidades indígenas en la Meseta Purépecha, en Michoacán. Participó en el Programa de Formación de Operadores de Maquinaria Agrícola para la preparación de tierras de cultivo y también en el Programa para el Rescate del Patrimonio Cultural y Artístico de los Ferrocarriles Nacionales (antes de su venta).
Actualmente explora el mundo de la literatura como vehículo para expresar inquietudes o reflexionar sobre la vida. Bajo la tutela del maestro Miguel Barroso Hernández, en el Taller de Escritura Creativa Miró; adquiere las herramientas necesarias para narrar sus propias historias.
El último adiós
Llovía, Felipón, como si el cielo también tuviera algo que reclamarte.
Paloma, la reportera del canal local, se cubría la cabeza con un periódico doblado. Su gabardina ya estaba empapada y el frío se le colaba por las costuras. Cuando le dieron la señal, alzó el micrófono con esa voz de noticiario que aprendió en algún curso que tú, seguramente, pagaste con dinero municipal.
—En esta tarde lluviosa —dijo— rendimos un último adiós al presidente municipal.
Nadie lloraba demasiado. Tu familia, tus amigos, tus compañeros de partido, todos estaban sentados en las bancas del parque con esa cara de quien no sabe bien qué cara poner.
El presidente de tu partido, habló cuarenta minutos y a los diez ya no te mencionaba. Luego llegaron tus seis guaruras. Fornidos, serios, profesionales hasta el final. Se colocaron tres de cada lado del féretro, lo levantaron con solemnidad, y echaron a andar hacia el cementerio.
El primero cayó sin avisar. Luego el segundo. Luego los seis, uno tras otro, en el hoyo de la calle Hidalgo. El mismo que prometiste reparar en tu primer año. Y en el segundo. Y en el tercero.
El féretro se abrió y quedaste boca abajo en el charco, Felipón: con el barro en la cara y el traje nuevo arruinado.
—¡Fue un atentado! —aseguró Paloma.
Los forenses no autorizaron moverte hasta el día siguiente y la lluvia siguió cayendo sobre ti con la misma paciencia con que tú nunca arreglaste nada.