Cuauhtémoc Merino. El viaje más largo  o   Del tona:  las golondrinas 

 

Cuauhtémoc Merino. Su mamá Chelo le dijo que nació en Cuautla, Morelos, y que es de signo Caprichornio. Dice él que es licenciado en Literatura Hispánica y Lingüística de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP, o del parque de Santo Domingo, Deefe, ya ni se acuerda, pero lo que no dice es que fue becado para estudiar literatura en Moscú, en la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, 1986, de donde lo corrieron antes de que le cayera en la tatema un trozo del Muro de Berlín.

Por exceso de chelines fue profesor rural de secundaria, en preparatorias privadas, de razón, y de varias universidades como la UNAM, la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y el Instituto Politécnico Nacional, IPN, y de otras universidades particulares de gran prestigio, patito.

 

El viaje más largo

Del tona:  las golondrinas

(Segunda parte y última)

 

Lo importante es la posición política; en ese sentido yo me considero un artista militante, porque formo parte realmente de un partido amplio y no de un partido específico”, te autodefinías, Héctor militante desde los pinceles, y los libros, claro, y las revistas “porno”, claro, y el rock, claro, y el blues, claro, y el repaso a todos los clásicos, claro, claro, ¿o no, amigos cómplices que frecuentábamos la casa de Guti y del inge Oswaldo, o no, o no, cabrones?

 

“Y el que esté libre de culpa que arroje el primer toque”, te mofabas, Guti…

Y no mames, Guti, tal como lo postoreaste, ¿se vale el neologismo?, en efecto, se puso bien cabrón con un Hitler de copete a lo pájaromeloalborotonaranja en este 2026, un cuarto de siglo después más un añito, pa evitar la cacofonía, de que te juites, camarada Héctor Augusto…

Bientoz cavronez, harto…, bueno, harto es igual a un chingo…

 

Ahora bien, Augusto, tu filosofía en el arte podía engendrar su antítesis, que te llamaba “fotográfico”, pero tenía lo que Lukács llama “perspectiva”, es decir, tú tenías coherencia con el Mundo real y más allá; al pintar “veladuras” de pincelito, podías traspasar las veladuras ideológicas que, cual anteojos, nos distorsionan o afinan la visión.

Y este arte, intelectualizado, no sólo cual espejo, reproduce “la vida”, sino la explica: la pintura basada en la realidad tiene el valor de un silogismo sobre los fenómenos de la vida y cuando el arte cumple con sus propias reglas estéticas, en primer lugar, reproduce la vida, la re-interpreta y la enjuicia, entonces, el arte no es banal y venal, sino es la libertad: ¡Ay! Dondequiera que dirijo la mirada, /Látigos por todas partes, por todas partes cadenas, /La ignominia de leyes nefandas, /Lágrimas importantes de esclavitud; /Por todas partes el poder arbitrario. /En la tenebrosa noche de los prejuicios…/, como diría Pushkin.

 

Mira, Guti, un poeta romántico ruso, moco de africano…

Y que se lo chinga el zar con la complicidad de su esposita…, de Pushkin, je…

 

Lo interesante es que muchos de tus detractores utilizaban, aunque desgastado, su chaleco rojo o guinda o fúnebre, por ejemplo, se decían de “izquierda” progresista y ve cómo acabaron al fin de milenio, con ciudades, mecas, léase, Tepoztlán o Oaxaca, donde hoy por hoy, hay poca crítica o ideología, a pesar del pintor mismo, donde se pintan y venden cuadros con chapulincitos, changos, sapos,  tlayudas, mujeres volando en pueblitos tricolores, mujeres y sus zapatos bajo las bancas de una iglesia, eso sí, con color, con mucho color y pigmentos y arenas para que la “milanesa” o “entortado” decore la casa de una teórica degustadora del naif oaxaqueño y lo venda a buen precio a la “burguesía”.

 

No, Héctor Ramírez, tu pintura te llevó al choque ideológico con la República de los pinceles y dos veces te rechazarían del Salón de la Plástica Mexicana; ay, Guti, si en vez de pintar rostros, gestos, montañas, mares, mujeres vestidas y desnudas, niños, orgías, como tus ojos lo percibían y mejor hubieses pintado iguanitas y conejitos con falos o calaveritas noviembreras, o dibujos de niños adultos o trenecitos o banderitas tricolores, novias al aire, no como Gabo, sino como Marc Chagall, pues hubieras vendido en millones de dólares, es decir, como tú decías, “que tu arte no confronte la hegemonía capitalista”, insípida, indolora, aséptica, camp, kitsch, pues, pues…

 

Guti, ¿recuerdas que desde que nos conocimos, y por casi 20 años, cada Navidad, venías a comer a mi casa, porque esa noche te ibas con tus hermanos y hermanas; ese momento anual se volvió un ritual gozoso…: espagueti con tocino, bacalao, romeritos con tortas de camarón y camarones, pierna al horno, a mi mami mami Chelo nunca le ha gustado el pavo, ponche, agua de horchata o jamaica, ¿o no Jero Castillo?, y tus aguas negras, kanieshna, dirían los rusos…

 

Y si hubo una generación de la ruptura, tú, Augusto, también fuiste “rupturista” con la “ruptura”: “Como aquí en México había sido muy fuerte la influencia de Diego Rivera creyeron que yo me había ido hacia atrás, me vieron como un reaccionario. Por eso me rechazaron dos veces del Salón de la Plástica Mexicana”.

Y sí, a pesar de haber jugado con las reglas del stablishment y haber ganado el concurso de Nuevos valores, te escamotearon el lugar que habías obtenido y ni modo, a seguir pintando y leyendo, leyendo y pintando Ches, muchos niños, a Lennon bajándose de un tranvía en el Defe, mientras Yoko lo contempla, las bengalas y Tlatelolco, a Zapata y Morelos, sentados en la sombra de un árbol en el centro de Cuautla, y los labios, los ojos, los senos, el pubis, los dedos de una mujer y exclamar, como Napoleón a Josefina, de tu eterno sin-retorno, de la mujer que nunca sería como la de Píndaro, del fantasma de la sonrisa vertical: “Un beso en tu corazón y después otro un poco más abajo, mucho más abajo…”

 

¿Cuántas madrugadas llegamos a tu casa y la de Oswaldo, al Club de los fumadores de hashis,  a tu estudio que se convertía en cantina, refugio, madriguera, cuartel y tálamo donde rendíamos culto a Dionisio y a Afrodita?, que,  por cierto, su etimología no es la “Diosa del amor”, sino la de “las bellas nalgas”, en fin, no acabo de entender qué tiene que ver el amor con unas nalgas, y más si son bellas, en fin:  hasta que el amanecer arañaba la cúpula cuautlense y salíamos de tu cueva con una nueva lección de pintura, filosofía,  literatura y amor escurriendo de las manos y del bajo vientre, de vida, pues…  , ¿o no, mis testis amigos, o no?

 

Y uno venía de la zona libre y uno era como pensaba y pensaba como era: “Hijo mío, no te consientas más locuras que las que te produzcan un gran placer” y ésta es, sin duda, “la frase más maternal y juiciosa que jamás se haya dicho a un hijo”, y por ese día regresábamos a nuestros sarcófagos recordando a Nietzsche, entrenándonos para la muerte… y la vida…, Guti, Oswaldo, Josefo…

Ai les voy weyes…

 

“Sigo siendo el mismo”, me dijiste ese domingo, casi sin poderte ya mover, mirándome fijamente a los ojos y poco después de que tu hermano José Agustín y su musa, Margarita, saldrían a misa a Tetelcingo: “Cuaauu, te lo encargamos”, me dijo ella con su peculiar cantadito.

 

Guti, poco después, te cuento, “Márgara”, como le decía Josefo, obligó a tu hermano a que me firmara la solicitud para ser becario de Conaculta y, así, poder escribir mi primera novela, Que los muertos viejos dejen su lugar a los muertos jóvenes, y que Pepe me iría a presentar a Oaxaca, a Juchitán y a Huatulco:  qué pasón, ¿o no, Josefo?

 

Margarita me dio mi beca y mi primera novela, Héctor, a pesar de la oposición de tu hermano, pero, Pepe, tu musa se impuso y me diste la firma gracias a Margarita que te lo pidió cuando estábamos en la orilla de la alberca en Brisas, ¿te acuerdas?: Estoy en deuda con usted, señora, mi señora Margarita Bermúdez…

 

“De aquí pacá soy yo, igual”, me señalaste de tu cuello a la parte alta de tu cabeza: “Sólo este dolor que no me deja mover”, me dijiste ese domingo.

 

Y la golondrina seguía en el barandal. Y hablamos de Jung, Freud, el Che, Mafuz, Flores Magón, Bobbio y Bovero, de la política del país, del reacomodo de las élites intelectuales que “se la pelaron”, dijiste, con el exbueno prísta, y ahora “se atildan” frente a la cámara con el nuevo virtual presidente ¿o presidente virtual, Fox?, hablamos del amor a las mujeres.

Y la golondrina dio unos brinquitos hasta posarse frente a ti, sobre el barandal.

 

Tomé el tiempo con el reloj. Llevaba treinta minutos frente a nosotros. Estaba a menos de metro y medio de nosotros.

“¿Qué sientes Augusto?”, te pregunté.

“Sólo dolor, mucho dolor del cuello pa’bajo y mucho problema para moverme.

Estoy muy sereno”, me dijiste mirándonos a los ojos y vi que disfrutabas ese mediodía ebrio de sol, de colores, de verde y de agua.

 

Y la golondrina seguía ahí.

“El arte toma aquí por objeto de sus representaciones, no ideas necesarias, cuyo dominio está esencialmente limitado, sino la realidad accidental en la multiplicidad infinita de sus modificaciones y relaciones: la naturaleza y la innumerable variedad de fenómenos que se ofrecen en su superficie, la vida de los hombres y sus accidentes cotidianos, las necesidades y los goces físicos, los hábitos, situaciones y acciones, bien en la familia, bien en la sociedad civil; en suma, todo el aspecto móvil del mundo exterior. De esta manera, el arte no sólo se inclina al género descriptivo y el retrato… sino que se entrega a ello por entero; ya se trata de la escultura, de la pintura o la poesía, siempre [el arte] se orienta a la imitación de la naturaleza”, leo en la intimidad de tus diarios a principios de los años sesenta.

 

Y sí, eras un observador de tiempo completo, pero sabías escuchar.

Por ejemplo, en una ocasión te busqué en el Mercado Nuevo, ni tanto, en la Colonia Zapata, donde vivo, de Cuautla, y te encontré en amena charla sobre cristianismo con el taquero, sin estridencias, pero con mil libros de apoyo, y no olvido cuando en los inicios de los ochenta, en el centro de Cuautla, te sentabas en las escaleras de tu depa al lado De la Cruz Roja a observar hacia la calle.

 

Saludabas a todos tus vecinos por donde vivieras, Tepoztlán, Tlayacapan, Cuautla.

Pero una de tus vecinas, y amiga nuestra, un día nos dijo: “Quién es ese señor; nos da miedo. Mira fijamente”.

Nos reímos y le dijimos “es el Guti, es pintor” y tú a muchas mujeres inmortalizaste con un dibujo, y nosotros, en la memoria y en el tálamo…

 

La bronca es que, Augusto, no mames, te enamorabas de todas las chavas que te presentábamos o que llevábamos a tu depa, y si era casada, mejor, aunque tu delirio eran los rostros bellos de mujeres, que, sin saberlo, te llevaron desde muy joven,  a la profesionalización de tu arte, bueno, yo también te aprendí eso: “En las fiestas, sobre todo, a las muchachas guapas, las dibujaba por el gusto de pintar una cara bonita y estarla viendo… me apartaba de todo, … a la chava le sacaba un dibujo perfecto… y eso (me) hacía muy popular. Las muchachas llevaban los dibujos a sus casas y no faltaba el que dijera que quería un retrato de su papá, etcétera”, contaba José Agustín con una negroski en la mano.

 

Pero ahí vino “el pedo”, nos comentaste.

El retrato estaba en “franco desprestigio”, iba contra la corriente y decidiste pintar lo que veían, y sentían, tus ojos, optaste por el “realismo”, que después devendría, según algunos de tus críticos, en un “hiperrealismo”: “La tendencia a retratar fue desde el principio un realismo más estricto, a contracorriente del momento que se vivía en la escuela… Años [después] de la generación de la ruptura, mayores que yo, y algunos se fueron hacia lo abstracto o hacia el expresionismo figurativo.

No me quedé en el realismo de la escuela mexicana y me fui haciendo más realista…”

 

Al inicio de los sesenta del siglo pasado ganaste el primer lugar en escenografía en el Concurso de Teatro Experimental, por lo que te dieron una beca en la Escuela de Teatro de Bellas Artes en la Ciudad de México.

 

“Cuauhtémoc, ¿qué te traigo, una copa de vino, de ron, de vodka o de mezcal?, me preguntaste.

Y la golondrina seguía ahí…

 

En 1964 expusiste en la Exposición Colectiva Nuevos Valores en el salón de la Plástica Mexicana y dos años después, Paco Ignacio Taibo, padre, no su hijo, el funcionario que actualmente, y que, según ha dicho en entrevistas, diario degusta de una refinada comida española, te organizó tu primera exposición individual en el Instituto Cultural Hispano Mexicano.

 

Ese mismo año ganaste el primer premio de pintura en la exposición Nuevos Valores en la Galería Chapultepec con la obra Propiedad Privada, “siendo esta figurativa, estilizada y un poco desdibujada (obra)”.

 

Nunca te vi desanimado a pesar del ninguneo de las élites y, por ende, del mercado, eras nitzscheano: tu pan y tu arte.

 

Augusto, eras irónico, burlón, hacías piruetas lingüísticas y retruécanos; inspirabas confianza y sostenías largas charlas eruditas sin aburrir.

Hablabas sencillo como tu viejo maestro Engels y, claro, como Ricardo Flores Magón.

 

Y una conversación contigo podía ir de la política, “ojalá ya se cayera el PRI”, pasando por el psicoanálisis, la teoría del arte, la religión o cualquier otro tema para eruditos: “Soy feminista, anticlerical y antiestatal. El clero es el Estado dentro del espíritu. Antes fui cristiano, y ateo, entre los 19 y 20 años de edad, ahora ya no; aunque nunca fui un ateo militante pensaba, como Marx, que el ateísmo, al negar a Dios lo afirma, y mi posición estaba más cercana al Zen, que no habla de Dios ni a favor ni en contra. Cristo fue un revolucionario; no un dios, sino hijo del hombre. Soy creyente, cristiano dentro del cristianismo primitivo. Este debe ser libre, antiestatal y anarquista. El cristianismo, como el marxismo, fue pervertido, manipulado en forma dogmática y burocrática”, opinabas mientras pintabas, fumabas y bebías refrescos negros.

 

Y yo veía revistas porno que te acababa traer Josefo de Gringolandia…

 

Pero no sólo cultivaste el seso, también el físico y desde niño fuiste buen deportista.

En el sexto de primaria obtuviste el premio al mejor deportista de tu escuela, la secundaria pasó con viajes constantes de la capital del país a Acapulco, con tu familia, y allí, en la orilla del mar, seguiste de “madreador de tiempo completo”: “Vivíamos en el barrio de la Poza… nos quedábamos largas temporadas aquí. La relación con mis primos hermanos, los Gutiérrez Gómez era muy buena; como a mi primo mayor, el famoso boxeador Costeñito Gutiérrez… a todos nos gustaba la pelea y nos íbamos a buscar gallitos en la colonia para pelear.

Jugábamos a las culebrinas, subíamos el cerro de La Mira, íbamos a misa de cinco de la mañana con nuestra abuelita…”

 

No mames, Guti, a cuánta gente no madreaste, sin medir las consecuencias, cuando la efervescencia, por ejemplo, por Cuauhtémoc Cárdenas, en los ochenta del siglo pasado, estaba a tope.

 

No mames, ¿recuerdas que hasta un día, la policía te levantó en el café de los portales de Cuautla porque habías madreado a un wey que habló mal del ingeniero Cuauhtémoc y entre cuatro policías te agarraron de las patas y de las manos y te encerraron hasta que Josefo y Carlos Barreto te fueron a sacar del bote?, pinchi Guti…, esos weyes a los que puteaste, hasta le reventaste un vaso de vidrio al organizador, era el que te estaba festejando, te pasas, wey, eras igual que el Josefo, “pendenciero, prepotente”, decía tu compadre Barreto,  a lo pendejo, pues,  ¿ o no, testis, o no?

 

Hasta Barreto y Pepe, los “compadritos”, acabaron peleados por un cuadro donde Morelos y Zapata estaban sentados en una banca en el zócalo de Cuautla.

Barreto decía que tú, Guti, se lo habías regalado y el Josefo decía que “ni madres” y “que se lo devolvieras”, cosa que hiciste, dicen, dicen, nada me consta de esta anécdota.

Bueno, yo, la neta pantaleta sin lavar, no sé cómo acabó ese pedo…

 

De niños, tú, Alejandro, tu hermano el piloto aviador, y José Agustín estudiaron la primaria y la secundaria en el Colegio Simón Bobito, o Bolívar, en la capital del país,  ahí, el trío Ramírez Gómez se ganó, a pulso, el apodo de Los caballos.

 

Tú ya eras de temperamento volcánico, sanguíneo, tu papá te decía en lugar de Augusto, Corajusco.

¿Te acuerdas que en 1986 te ibas a agarrar a chingazos en la madrugada con el hijo del médico presidencial, David Tanimoto, en el departamento adelante de la Cruz Roja?

El Niño mongol estaba ultrapedo y, como siempre, provocador, cuando el presidente Ronald Reagan bombardeó a Ghadafí en Libia

La banda bajó a empujones a Tanimoto de tu departamento.

Y no te abriste, pinche Guti, a pesar de que Tanimoto te doblaba la estatura, era mucho muy joven y karateka, y culei…

 

Agustín nos relata de ti: “(Guti) Era un gandalla de tiempo completo, pero también muy buen deportista, cuando estábamos chiquitos, vivíamos en un quinto piso en la colonia Condesa.

En el edificio de enfrente vivía un niño que tenía juguetes padrísimos.

Augusto se subía por el pretil y daba un salto de un edificio a otro, aterrizaba en el cuarto del niño de los juguetes, se los chingaba y volvía a dar el salto para regresar a la casa. Hasta que lo cacharon… y mi mamá se enteró…”

 

En 1949, Augusto, jugando tochito te rompiste, para bien del arte, un tobillo.

Las radiografías detectaron una pierna dañada y un tumor no maligno en la otra.

¿El cáncer que te devastaría año después ya tocaba a tu puerta, querido Guti?

Más de un año viviste acostado con “las patas alzadas” y tu papá, para hacerte más llevadera la vida te regaló tu primer lienzo y pinceles.

Así, pintaste tu primer cuadro: tu padre saltando obstáculos a caballo, y ahí empezó tu verdadera vocación: pintor y lector, lector y pintor, pues todavía te soplaste otro año en silla de ruedas y muletas, lo que te convirtió en un “intelectualazo”, pues ya no dejaste de leer.

En tus diarios de juventud y madurez, escribías maniacamente qué libros leías a diario, cuántas páginas y en qué tiempo.

Igual hacía el Josefo…

No mamen…

Cuando falleció Pepe, ese día se desaparecieron sus diarios de su estudio, en fin y en fan…