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Ahora “huachicol eléctrico” en Puebla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Víctor de Regil

La evolución del crimen organizado no se detiene; se digitaliza. Los recientes operativos en la Sierra Norte de Puebla, en el municipio de Tlaola, han encendido las alarmas al revelar una modalidad delictiva que mezcla la tecnología de vanguardia con el viejo y conocido saqueo de los recursos públicos: el «huachicol eléctrico» destinado al minado masivo de Bitcoins y otras criptomonedas.

El desmantelamiento de este mega centro informático, donde las autoridades aseguraron más de mil equipos de cómputo especializados, antenas satelitales y transformadores de alta potencia, no debe leerse como un hecho aislado de piratería tecnológica. Estamos ante un sofisticado esquema que vulnera la seguridad energética del país. Aunque la actividad de minar criptomonedas es legal en México, el modelo de negocio descubierto en la Sierra Norte dependía enteramente del delito. Para que una granja de este tamaño sea rentable, requiere un consumo descomunal de electricidad que mantenga los procesadores encendidos y refrigerados las 24 horas del día. La solución de los operadores no fue pagar una tarifa industrial a la CFE, sino colgarse ilegalmente de la infraestructura de la presa hidroeléctrica Nueva Necaxa, generando ganancias ilícitas estimadas en 4.5 millones de pesos mensuales a costa del erario y de la estabilidad del servicio de los poblanos.

Sin embargo, el verdadero fondo de esta mina digital radica en la red de complicidades políticas y sindicales que permitieron su operación. Un complejo de esta magnitud, que altera drásticamente los flujos de media y alta tensión, es imposible de ocultar para los ojos entrenados.

La sospecha colectiva es inevitable: ¿cómo se puede montar una infraestructura que drena directamente una presa hidroeléctrica sin la venia, el conocimiento técnico o la protección de quienes administran o conocen las entrañas del sistema eléctrico en la región? El «huachicol eléctrico» requiere, por definición, de ingenieros y técnicos que sepan exactamente dónde y cómo intervenir las líneas de alta tensión sin provocar un desastre inmediato.

Por otro lado, el panorama se ensombrece aún más al analizar el destino de los recursos generados. El anonimato y la descentralización que hacen atractivas a las criptomonedas para los inversionistas legítimos son las mismas propiedades que las convierten en la herramienta perfecta para el crimen organizado. El lavado de dinero ha encontrado en el minado ilegal un ecosistema ideal: se transforma energía robada en un activo digital global de difícil rastreo, listo para ser introducido en los mercados financieros internacionales. Puebla, tristemente célebre en el pasado por el control territorial de las bandas dedicadas al robo de combustible fósil, hoy se enfrenta a células delictivas con una capacidad técnica y financiera muy superior, capaces de operar infraestructura crítica bajo la sombra de la Sierra Norte.

El golpe asestado por la Fiscalía General de la República y la Marina es un paso necesario, pero insuficiente si se queda en el mero decomiso de las computadoras. Este hallazgo debe obligar a una revisión profunda de la estrategia de seguridad y fiscalización en el sector energético. La CFE no solo debe combatir las «diablitos» en los hogares; debe auditar de manera rigurosa las zonas industriales y rurales donde el consumo energético anómalo delate la presencia de estos centros clandestinos.

La lección que nos deja el caso de Tlaola es clara: la tecnología no es buena ni mala por sí misma, pero en un contexto de debilidad institucional y corrupción, se convierte en un multiplicador de la ilegalidad. Si las autoridades poblanas y federales no desmantelan las redes políticas que cobijan estas operaciones, el estado corre el riesgo de pasar de la era del huachicol de ducto a una era de piratería digital donde los recursos públicos se evaporan en el ciberespacio, dejando a las comunidades en la completa oscuridad.