José Javier Salas Montesinos. Juro haberte conocido Tenochtitlán (II)

José Javier Salas Montesinos. Con 18 años, asiste al Colegio de Bachilleres plantel 07 «Iztapalapa» y su sueño es estudiar la Licenciatura en Arqueología. Se ha propuesto difundir los orígenes de la mexicanidad e investigar al México Prehispánico. Apasionado de la historia y la cultura de nuestro país, participa en concursos y eventos relacionados a estos temas. Le han inspirado: Manuel Gamio, Alfonso Caso y Matos Moctezuma; a quienes ve como ejemplo y por ellos, precisamente, pretende adentrarse al mundo de la investigación arqueológica.

JURO HABERTE CONOCIDO TENOCHTITLÁN (II)

 

Se acercaba el año 1519 y estaba por entrar a la telpochcalli-preparatoria. Papá y mamá me aconsejaron sobre las opciones: entre ellas las de los señoríos de Tezonco, Coyoacán, Xochimilco e Iztacalco. La de Iztapalapa, quedaba más cerca de mi calli e hice el examen de aspiración quedando matriculado sin problemas.

El primero de enero de 1519, el día de mi cumpleaños número 15, asistimos al Hizachtepetl a encender la pirámide que inicia el Fuego Nuevo y estaba feliz, pero al volver a casa recibimos la dolorosa noticia del fallecimiento de mi abuelito Tlalmelli Calmecahua. Al día siguiente, fui muy triste a mi primer día de clases. De camino a la escuela Telpochcalli 7 Iztapalapa, tenía que cruzar la calzada de Tláhuac y ese día, en el lago, me tocó mucho tráfico de trajineras y balsas. Se había hundido una trajinera en la estación «Tunas», de la línea 12 de la Trajinera Colectiva de la ciudad de Tenochtitlán. Me desvié al canal de Chalco en mi balsa, hasta llegar a donde abunda la sal, en Iztacalco. Llegué remando allí y, tomado un atajo, seguí mi camino sobre la avenida Tezontle. Mirando al sol, calculé que eran las 6:30 a.m. y me apuré para no llegar tarde. Fue en un cruce de trajineras cuando vi a una hermosa chica. Estaba acompañada de su madre, esperando su trajinera personal que las trasladaría al Telpochcalli. Solo con cruzar miradas me macahuitlió el corazón. Quedé enamorado de ella profundamente. Fue amor prehispánico a primera vista, pero debía continuar a la escuela… Quedé boquiabierto cuando al sentarme en el aula, volví a ver a la encantadora chica entrar por la puerta de obsidiana. Todos la vieron porque se trataba de una belleza inusual. Se sentó atrás de mí y me puse muy nervioso. No podía imaginar que nuestras vidas se entrelazarían.

Una noche subí al tejado de mi calli para pensar en ella y de pronto vi cómo el cielo de Tenochtitlán se pintó de tornasol y entre las nubes se asomó la cola de una serpiente con plumaje de quetzal. El mismísimo Quetzalcóatl descendía a la tierra. ¡No lo podía creer!

─Quetzalpallin ─dijo─, debes salvar a nuestro México-Tenochtitlán, su fama, cultura y gloria.

─Señor Quetzalcóatl ─respondí arrodillándome ante él─, mi nombre es Yaoxolotl, corazón de ajolote.

─Yaoxolotl, debes salvar nuestra Tierra. Se aproxima una tempestad nunca antes vista por Tenochtitlán ─aseguró y desapareció entre las nubes. Una luz intensa me cegó por algunos minutos y al abrir los ojos estaba tirado en medio de la selva.

─¡Mamá, mamá! ─grité confundido y sumido en la desesperación. De repente, se abrió el cielo y Quetzalcóatl apareció de nuevo diciendo:

─Yaoxolotl, tendrás que cumplir una encomienda, por amor a Tenochtitlán.

─¿Qué? Yo solo quiero ver a mi familia ─estaba asustado─. No sé por qué mictlanes estoy aquí.

─Cálmate Yaoxolotl. Después verás ─aseguró, yéndose.

Caminé al río Tortutlán: lugar donde abundan las tortugas, me subí en una que me cruzó al otro lado del río y, ya en tierra firme atravesé un campo de nopales repletos de tunas. Luego subí dos montañas muy grandes y me topé con un hombre de nombre Popoca. Se encontraba con una mujer que parecía dormida.

─¿Todo bien? ─pregunté.

─Mi amada Izta: murió ─contestó─. He venido a dejarla aquí y a despedirme de ella.

Repentinamente, empezaron a transformarse en volcanes. Bajé al llano, preocupado o asustado: no lo recuerdo. Observé a Tenochtitlán y el cielo volvió a arrojar a Quetzalcóatl. Tezcatlipoca y Tláloc, también descendieron…

─Una tempestad horrible acabará con Tenochtitlán ─repitieron.

Me espanté y no sé cómo llegué corriendo a mi calli. Ya era de noche y vi a una mujer gritando: “¿Dónde están mis hijos? ¡Está a punto de caer México-Tenochtitlán!” Se trataba de la diosa Cihuacóatl y sus gritos eran el segundo presagio de la caída de nuestra legendaria ciudad.

CONTINUARÁ…

Ver: Juro haberte conocido Tenochtitlán (I)