Teresa Vázquez Mata. Diana y Yolanda

Teresa Vázquez Mata. Convirtiendo en historia todo cuanto la rodea, construye nuevos mundos. Poniéndole color y energía al verbo, nos invita a reflexionar. Con sobrado talento, le ha dado valor a la narrativa contemporánea, regalándonos el México de su mirada o su sentir.

Su libro Entre vidas (selección de cuentos publicado por Ediciones Mastodonte, en CDMX) explora los dilemas del ser humano a través de cada uno de los personajes que habitan sus historias.

Bajo la tutoría del maestro Miguel Barroso Hernández, destaca en el Taller de Escritura Creativa Miró. Sus historias han sido incluidas en la Antología del III Concurso Nacional e Internacional de Relatos Breves, a que convoca el Ático, en Israel, en Otoño de Palabras, compilada por la Unión Estatal de Escritores Veracruzanos A.C.; así como en la Antología del XVIII Premio Orola de Vivencias 2024, publicada en Madrid, España. Y es que hoy, a Tere, escribir se le ha vuelto una pasión a la que no quiere renunciar.

 

Diana y Yolanda

 

En el lobby de un hotel cualquiera, primero, escuché risas y cuchicheos, como de colegialas. Al voltear vi a dos mujeres maduras, efectivamente, con el encanto y desfachatez de la juventud. Sostenían una plática animada y, aunque no pude distinguir ni media palabra, era evidente la intención de las mismas. Sus rostros derrochaban alegría, y la plática fluía de maravilla entre las dos señoras de rostros afables.

¡Todo en ellas es armonía y conexión!: me dije. Aún sin saber de qué hablan, da gusto ver personas que llevan consigo una fiesta pletórica de diversión: pensé.

Esperaba mi turno, para ser atendida por una recepcionista y, ya muy cerca, notaron que sonreí al escuchar la frase de una de ellas:

—Solo podemos dar lo que tenemos…

Sobradas de concordia me invitaron a la plática y acepté de inmediato.

Hablaban de sus vidas y supe que eran colombianas, pero el destino las había separado. Una se quedó en su ciudad natal y la otra emigró a Texas. Ahora disfrutaban el reencuentro del otro lado del mundo.

Junto a ellas, al día siguiente, visité diversos lugares de interés en ese país en el que, por alguna razón, coincidimos. Me deleitaba viendo sus modales y el cuidado que se profesaban. Era raro no escuchar sus risas. En los minutos de silencio, hasta volteaba a ver si no se habían retrasado.

¿Estaban bien? ¡No las concebía calladas!

Congeniaban a la perfección y, antes de saber la realidad, yo hubiera podido afirmar que se veían con frecuencia. Sorpresa me llevé cuando dijeron que tenían treinta y cinco años de no verse.

¿Qué? ¡Y eso cómo puede ser posible!: pensé.

Luego de criar a sus hijos y darles herramientas para que fueran personas autosuficientes y de bien, finalmente, volvían a unir sus vidas.

La vieja canción «La Barca», escrita por Roberto Cantoral, comienza planteando una disyuntiva:

“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón”.

Después de ver a este par de amigas que han sabido sortear los 4000 kilómetros que las separan, yo tampoco concibo a la distancia como razón para olvidar. La amistad verdadera, el cariño, el interés… pueden superar los años de ausencia o separación física. Lo que necesitamos, para lograr algo así, es mantener unidos los lazos y no descuidarnos al pensar que no tiene caso seguir poniendo atención a alguien que se encuentra muy lejos.

Mientras en el mundo siga existiendo el amor en cualquiera de sus versiones, habrá esperanza. Diana y Yolanda, me la mostraron; solo tuve que observarlas… Ahora, les agradezco el hecho de que hayan querido prodigar sus atenciones y contagiar de confianza a esta total desconocida.