Teresa Vázquez Mata. Cuando el amor llega así, de esa manera

 

Teresa Vázquez Mata. Convirtiendo en historia todo cuanto la rodea, construye nuevos mundos. Poniéndole color y energía al verbo, nos invita a reflexionar. Con sobrado talento, le ha dado valor a la narrativa contemporánea, regalándonos el México de su mirada o su sentir.

Su libro Entre vidas (selección de cuentos publicado por Ediciones Mastodonte, en CDMX) explora los dilemas del ser humano a través de cada uno de los personajes que habitan sus historias.

Bajo la tutoría del maestro Miguel Barroso Hernández, destaca en el Taller de Escritura Creativa Miró. Sus historias han sido incluidas en la Antología del III Concurso Nacional e Internacional de Relatos Breves, a que convoca el Ático, en Israel, en Otoño de Palabras, compilada por la Unión Estatal de Escritores Veracruzanos A.C.; así como en la Antología del XVIII Premio Orola de Vivencias 2024, publicada en Madrid, España. Y es que hoy, a Tere, escribir se le ha vuelto una pasión a la que no quiere renunciar.

 

Cuando el amor llega así, de esa manera

 

¿Alguien recuerda ese son, que popularizó el cubano Roberto Torres, llamado «Caballo Viejo»?

… Cuando el amor llega así, de esa manera

Uno no tiene la culpa

Quererse no tiene horario, ni fecha en el calendario

Cuando las ganas se juntan…

Muchos nos sentamos frente a un televisor, con nuestro plato de botanas, dispuestos a disfrutar de una película romántica. Nos entusiasmamos con los amores que solo se ven, justamente, en las pantallas. Y esta que les voy a relatar, tal vez, sea otra de esas historias…

Roberto nació en Veracruz: donde hacen su nido las olas del mar. Siendo muy joven, ambicioso o con ganas de comerse el mundo, quiso ver qué había más allá de su ciudad natal y emigró al Distrito Federal. Aquí estudió Actuación y Ciencias de la Comunicación.

Aventurero, audaz, desinhibido; ha sido el feliz poseedor de esas facultades que pocas personas tienen: viaja ligero y —casi podría afirmar— nunca se ha quedado con ganas de algo. Si le apetece llevar a cabo sus sueños: los realiza y punto.

Un día, fue levantado en vilo por vientos del oeste que lo dejaron sano y salvo en Madrid: lugar en el que vivió contento, algunos años, dedicándose al canto y a la cocina, como titular de un programa en TV española. Con el paso del tiempo y luego de conocer el mundo, decidió regresar a su tierra natal porque para él la familia siempre ha sido importante.

Miguel, nació en La Habana cuando Roberto estaba cumpliendo la mayoría de edad. Y es de los pocos cubanos que relata cómo su infancia fue feliz y sin carencias, debido al empleo de su madre; pero siempre viendo de cerca todas las ineficiencias y miseria que ocasiona un régimen como el que los oprime. Él y su familia era privilegiados.

Inquieto, curioso, después de algunas elecciones de carrera fallidas, estudió Comunicación y Periodismo en la Universidad de La Habana. Simultáneamente, matriculó en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, donde aprendió pintura y escultura. Luego de cursar talleres de creación literaria y técnicas narrativas, fue captado para trabajar en la Universidad de las Ciencias Informáticas, dirigiendo el área de TV, radio y prensa digital.

A pesar de las enormes carencias en su país, Miguel era el afortunado poseedor de una computadora personal y, por primera vez, tenía acceso a un mundo desconocido a través del internet. Y sí, las restricciones eran muchas, pero alguna que otra red social contaba con chat y él podía conectarse con personas de otros países, cruzando la frontera ideológica con que su gobierno los controlaba.

¿Por qué tantos de sus amigos y vecinos se arriesgaban en improvisadas balsas hacia la libertad? La curiosidad lo indujo a utilizar aquel chat, como su propia «balsa», para conocer lo que existía cruzando el océano que lo rodeaba. ¡Nunca pensó en emigrar a otras tierras!

Cierto día, le saltó en el chat una solicitud para conversar y, sin saber qué esperar, la aceptó. Del otro lado de la pantalla, del Golfo de México, era Roberto quien tocaba a su puerta virtual…

Comenzaron las pláticas diarias, intensas e interesantes: identificándose como personas que tenían muchas cosas en común. Cada día, se encantaban más y crecía la necesidad de conocerse. Después de algunos meses, llegó la propuesta:

—¿Y si voy a Cuba?

¡Comenzaron los preparativos! Hay actividades que, a los cubanos, les son negadas; pero después de toda una planeada logística, el tan ansiado encuentro se llevó a cabo.

Cuando estuvieron frente a frente: música de violines y mariposas en el estómago, fueron las sensaciones.

—¿Por qué nunca mencionaste nada de mis fotos? —preguntó Roberto, porque siempre tuvo la curiosidad.

—¡No las pude ver! Acá nos eliminan las imágenes que vienen del exterior. Ahora mismo me estoy enterando cómo luces —  fue la respuesta que obtuvo. Debido a la censura, en las pocas páginas web que permitía su tirano gobierno, las imágenes eran eliminadas y en su lugar aparecía, simplemente, una X roja.

¡Roberto no lo podía creer! Y fue en ese mágico momento cuando ambos supieron que estaban destinados a pasar juntos el resto de sus vidas…

Comenzaron los largos y engorrosos trámites: dinero por aquí, dinero por allá… ¿Dudas? ¡Sí!, más nunca entre ellos. Los cuestionamientos surgieron de los incrédulos. No creían que un romance de redes pudiera traer algo positivo, mucho menos si uno de los protagonistas venía de un país del que millones de sus habitantes quieren huir. Fueron muchos los juicios que ambos tuvieron que ignorar. Apostaron todo, porque sus respectivos corazones no podían estar equivocados y, si lo estaban, no iban a desaprovechar la oportunidad de investigarlo.

Y llegó el día de salir de la isla. Y fue un verdadero shock para los padres de Miguel. Su amado niño se iría a vivir a otro país, con un hombre al que habían visto siete veces. Pero conteniendo su dolor, dieron prioridad a la felicidad de su hijo. Para eso lo habían criado: para tomar decisiones correctas.

Finalmente llegaron a Veracruz y Miguel notó cómo el Puerto tiene cierto aire a La Habana. Lo hicieron sentir como en casa. Pero cuando fueron al supermercado, por primera vez, se dio cuenta de todo lo que no había visto en Cuba, de todo lo que no tenía y que ni siquiera sabía que existía. ¡Pensó que estaba llegando al paraíso! ¡Viviría en el paraíso y, además, estaba enamorado! ¿Qué más podía pedir?

A todos aquellos que nos encanta señalar, con dedo flamígero, las acciones de los otros, nos callaron la boca: a casi 12 años de su llegada a México, hoy, siguen siendo esa pareja solidaria, amorosa, y sobre todo EJEMPLAR —así, con mayúsculas.

El amor verdadero y puro es lo que es y no distingue de edades, países, distancias o complicaciones. Y si a alguno no le gusta: que se voltee, con sus prejuicios, a otro lado.

¿Esta historia es de ficción?  ¡No, es muy real!

Robe es mi hermano por elección, mi compañero de vida y mi rincón favorito.

Migue —hoy orgullosamente naturalizado mexicano—, además de ser su devoto esposo, es mi maestro de creación literaria. Y si Roberto no fuera tan decidido y valiente, yo me hubiera quedado por siempre con las ganas y la inquietud de saber lo que se siente escribir y que otros (ustedes) me lean. Porque Migue no solo me dio las herramientas y la técnica, también me dio el valor y la seguridad para decir:

—Yo tengo muchas historias que contarle al mundo y lo voy a hacer.

Y a todos aquellos que no les guste esta historia, ya saben lo que tienen que hacer…  Igual, Robe y Migue se alejarán, tomados de la mano, cantando:

Porque después de esta vida no hay otra oportunidad…