Otilia Narcisa Rivera Alberca. Por los caminos del inca

 

Otilia Narcisa Rivera Alberca. Nativa de Arenillas El Oro, Ecuador. Economista en Ciencias Políticas y Sociales. Licenciada en Arte en historia de México. Historiadora, periodista, escritora y Poeta. Editorialista de las Revistas Internacionales Juventud Siglo XXI y Sin Fronteras. miembro de Lírica de Oro, OPPI Organización Poética Internacional, Poetizando Caminos Ecuador, Caudal de Letras y Escritos del Alma México. Publicación de 4 Obras: Recuento de una Vida, El Turismo en El Ecuador, Memorias de un Corazón y Frutos de Ternura y Dolor.

 

POR LOS CAMINOS DEL INCA 

(Relato histórico)

En honor a Manuelita Sáenz;

«la Libertadora del Libertador» Simón Bolívar

 

Traía varias petacas, chuchos, esclavas y todos estaban cansados…

Las mulas y jamelgos de recambio ya reventaban, los reales se habían ido quedando en aquel largo camino transitado…

Salió de su casa en «la carita de Dios» con su uniforme de coronel recién estrenado, pasó por Latacunga donde se aprovisionó de chugchucaras para el camino, luego fue en Pujili donde refrescó a sus cuacos en la Laguna de Quilotoa, a su paso por Guano y Chambo se deleitó observando la naturaleza que hacía juego con su nostalgia por el amor tempranamente perdido.

En Chimbo se gastó unos reales comprando un par de pistolas que le servirían para espantar a los asaltantes de caminos o algún facineroso que se propase con su familia que abundaban por esos lares.

Las señoriales casas de San Miguel de Chillanes le trajeron una punzada en el pecho que tocó para sentir si ahí seguían las cartas que moraban permanentemente al abrigo de su corazón…

Al bajar a Babahoyo sintió el grato calor de la costa y observó un tanto distraído las casas flotantes que parecían viejos decrépitos luchando por sostenerse de la corriente del río. En Guayaquil fue a las Peñas, a la casa de su amigo que exponiéndose le había brindado hospedaje y que el cobijado por las sombras de la noche había salido a la mañana siguiente en la madrugada siguiendo su camino por la ruta del Inca casi bordeando las costas del Pacífico…

 

Habían ya caminado muchas horas sin descansar, miró al cielo y vio que el sol ya caía en picada por el horizonte, pronto el negro manto de la noche cubrió a la pequeña caravana,

Con las luces de teas encendidas amarradas a postes de hierro en cada esquina, de pronto logró divisar la gran casa, lucía hermosa con sus dos cuerpos grandes y espaciosos corredores donde colgaban varias hamacas que lo hizo sentir acogido.

Se apeó del hermoso corcel blanco que montaba y con voz fuerte y segura gritó: – ¡Buenas noches!, ¡¿Quién vive?! -Buenas noches forastero- le contestó una voz en medio de la penumbra. – Necesito posada para mi gente y yo, agua y comida para todos, tengo con qué pagarle. – No se preocupe buen hombre, llegue nomás, aquí hay muchas hamacas, el abrevadero y el pienso están ahí en la esquina de la casa, el fogón aún está encendido, agarre lo que necesite ya mañana Dios dirá.

– Muchas gracias su mercé, no esperaba menos de la gente de esta hermosa tierra. El Coronel caminó y rápidamente dio indicaciones a su pequeña tropa, mientras él se acercó a su casero y le dijo: – Necesito darme un baño…-

Don Nicanor se asombró ante la dulzura de la voz y un poco aturdido le señaló una habitación. – Ahí están unas cubetas con agua limpia y frazadas, siga nomás mi coronel le dijo al verle las tres estrellas de oro que refulgían en los galones de su cuello y  hombreras. El Coronel se encaminó con paso cansado y firme haciendo sonar los tacos de sus botas en el piso de madera mientras su Kepi se ladeaba. El Coronel tomó un largo y refrescante baño que abrigó sus huesos en aquella tina de hierro enlozado que descansaba sobre cuatro cabezas de dragón de fuerte fierro oscuro, ahí volvió a memorizar la logística que traía y que estaba a punto de culminar, a él no lo atraparían los largos brazos del odio y la venganza política, claro que no, no lo alcanzarían.

Secó su cuerpo con fuerza, retirando la mugre que la pastilla de higuerilla y glicerina había aún dejado, se asomó al corredor y vio que todos descansaban y sintió dolor por aquellas almas que lo siguieron atando su destino al suyo incierto, miró el cielo despejado y recordó el peligro al que había estado expuesto cuando defendió a aquella mujer golpeada rodeada de sus pequeños niños que lloraban a gritos ante aquel animal borracho que como bestia desatada la había lastimado, con su fusta él le había propinado un fuerte latigazo que lo hizo volar por los aires, el canalla apenas repuesto había sacado un revolver que pronto también voló tras los matorrales, cuántas mujeres sometidas al escarnio público a veces solamente por pensar diferente, por romper las leyes sociales y mojigatas de la época, en el cielo observó una estrella solitaria y la comparó con aquellas féminas que día a día luchas por equidad a pesar de las adversidades…

El nuevo día se anunció con el nuevo canto de los gallos que vibraban al amanecer rodeado del aroma a tabaco y naranja, una campiña llena de árboles frutales, maíz y cacao hacían marco a la preciosa estancia de Chacras.

Se vistió concienzudamente, se puso la camisa de manta que le llegaba hasta las rodillas, un corpiño no muy ajustado que afinaba más su cintura, una enagua o crinolina fue  ampliando sus caderas, con cuidado se echó sobre los hombros un hermoso vestido floreado con rayas de algodón y bordado de gasa que pasaban por debajo del cinturón muy ancho de color rojo, unos delicados zapatos cubrieron sus pies desnudos, el nudo de Apolo había sido sustituido por un moño trenzado y un precioso sombrero cubría su hermosa cabeza…

– Muchas gracias Don Nicanor por la posada, ahí le dejé un peso de plata bajo la lámpara del tocador. – El viejo Nicanor Valarezo abrió los ojos desmesuradamente. -¿De dónde salió está belleza? Se dijo, refregándose los ojos porque al parecer estaba soñando. – ¿Dónde está el Coronel? sólo alcanzó a balbucir el viejo. – ¡Coronela! Don Nicanor, ¡Coronela!, pero para usted y los amigos simplemente Manuela…

 

-Otty