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Mosiah Vargas «El León». Un despertar

 

Mosiah Vargas «El León». Nacido en el “lugar de las águilas”, Morelos. De padre guanajuatense y madre morelense, el segundo de tres varones, vivió toda su infancia y parte de su adolescencia en la colonia Zapata. Tres años en un internado mormón, en el otrora DF, donde jugó futbol americano para dar golpes, y para aguantar los que le dieran, seguido de dos años de misionero en Oaxaca, definieron su vida para bien. Aspirante a médico, dice que quería curar a la gente, ahora desea ayudar a sanar sus almas. Fiel defensor del amor, aún lo sigue dando, aún lo sigue buscando, dice que lo encontrará. Todas las tardes se gana la vida vendiendo “cubiletes” de queso, en el centro de Cuautla, sonriéndole a la vida.

 

Un despertar

 

Cuando «León» despertó, sintió que algo había cambiado esa noche. Su visión del mundo se transformó, gracias a su experiencia con la Luna.

Está lleno de vigor, por las mañanas se mira al espejo para sonreírse, hace sus tareas domésticas, se ejercita alegre, trabaja arduamente y con gran dedicación, saluda feliz a todos, camina como dando pasos de baile, con los pies que apenas tocan el piso, porque su ilusión renovada lo eleva por encima de él, aunque se dice a sí mismo : —un pie en el suelo, y el otro en la ilusión.

Le escribe a sus amigos, les cuenta que todo va mejor que antes. Canta sus canciones favoritas, y escribe poemas pensando en la mujer que amará. Quiere tener la vida perfecta, no aspira a menos.

Lleva consigo el pétalo de la flor rosa, y de vez en cuando lo saca de su bolsillo izquierdo como recordatorio de la promesa.

Por la noche le escribe una carta (cree que ese medio le da más fuerza a su mensaje) a sus hijas:

—¡Hola mis queridas cachorras! Me encuentro de maravilla, las extraño mucho, siempre pienso en ustedes en mis momentos felices y en los difíciles más. Sé que están creciendo, sé que están descubriendo el mundo, y eso es algo maravilloso. Yo también he descubierto un nuevo mundo, que es mucho mejor de lo que mi mente quebrada había imaginado. Las amo con todo mi ser, gracias por ser mis hijas.

PD denle mis saludos al señor Fonfi.

 

Desde una habitación invisible a los ojos mortales:

—Aquí tiene el expediente de «León», señor M.

—Muchas gracias —contesta M, un hombre delgado, que tiene un pequeño lunar de lado izquierdo de su boca, vestido de camisa blanca y pantalón negro. Hojea el expediente, revisa cada detalle de la vida de «León». Hace tiempo que lo están observando, han visto su trabajo, han visto su evolución como ser humano, y esperan la señal.

 

Toma la carta, la guarda con cuidado dentro de un sobre, para mañana llevarla al buzón del correo.

Reflexiona un momento, pensado en lo maravilloso que es el nuevo horizonte que tiene antes sus ojos.

Siente una inmensa gratitud que recorre todo su cuerpo, toma una hoja y le escribe a la vida:

-Querida vida, sé que tú y yo hemos tenido buenos momentos. Reconozco con vergüenza aquellas temporadas cuando me enemistaba contigo, te odiaba, y en público estúpidamente lo demostraba. Te pido perdón por mi inmadurez. Bueno, también conoces de mi incesante tristeza, sabes que soy un hombre que siente con intensidad, porque así me enseñaste, o es mi naturaleza, o quizá las dos, y de eso no siento vergüenza. No soy frágil, si fuera así, ya estaría muerto, pero aquí estamos tú y yo conversando sobre nosotros. Por favor, hagamos un trato: te prometo que haré todo lo necesario para ser feliz, a cambio, tú me darás una segunda oportunidad para encontrar el amor.

Sinceramente «León».

PD Estoy listo.

 

Cuando termina de escribir la carta, sale al patio, prende un fósforo y comienza a quemarla, para que el humo llegue hasta el cielo. La luna, vestida con una nube ligera, lo observa, le avienta un guiño, que él intercepta con ojos confidentes, ambos ríen traviesamente, hasta que la sangre se les sube a sus caras.

Vuelve a su hogar, cobijado por la confianza nocturna. Se mete a su cama, con una leve sonrisa sellada en su rostro. Duerme plácidamente y sueña en cómo será el día que encuentre el amor.

 

—¡Señores, esa es la señal, él está listo. Preparen todo lo necesario, mañana le visitaremos para darle darle un nuevo inicio! —Ordena el señor M.

—¡Ya escucharon al jefe señores, preparen todo, empezamos a primera hora del día!

 

 

 

Mosiah Vargas, «El León»

 

29 septiembre 2026