
Mosiah Vargas «El León». Nacido en el “lugar de las águilas”, Morelos. De padre guanajuatense y madre morelense, el segundo de tres varones, vivió toda su infancia y parte de su adolescencia en la colonia Zapata. Tres años en un internado mormón, en el otrora DF, donde jugó futbol americano para dar golpes, y para aguantar los que le dieran, seguido de dos años de misionero en Oaxaca, definieron su vida para bien. Aspirante a médico, dice que quería curar a la gente, ahora desea ayudar a sanar sus almas. Fiel defensor del amor, aún lo sigue dando, aún lo sigue buscando, dice que lo encontrará. Todas las tardes se gana la vida vendiendo “cubiletes” de queso, en el centro de Cuautla, sonriéndole a la vida.
El sueño del muñeco
Mosiah Vargas, El León
En una habitación de paredes blancas, donde la sombra no existe, hay dos cortinas blancas a manera de telón. El señor M, vestido de pantalón negro, camisa y corbata blancas, entra y se sienta en un sillón de terciopelo azul. Se abre el telón y observa a León durmiendo:
—Señor M ya está todo listo —un diácono se le acerca y le dice suavemente, éste es el encargado de servir en las misiones del Amor.
—Gracias diácono. Vamos a comenzar con la fase uno…, estimulación en los sueños…: ahora.
El señor M habla:
—León… León…, te voy a contar una historia:
Había dos pequeñas niñas, que vivían con su abuela. Las dos tenían cabellos castaños, lacios, y un enorme cariño las entrelazaba.
Cerca de donde vivían, estaba el mercado, que en esa temporada se percibía el perfume del cempasúchil desde metros antes de entrar en sus pasillos, donde se vendían esas flores, el dulce de calabaza, el arroz con leche, las jugosas mandarinas, los tejocotes, las calaveritas de azúcar, los platos de barro, el mole en pasta, el incienso, las veladoras y la memoria de aquellos de pies descalzos e invisibles, que ansiosos esperan su día para cruzar el umbral que los separa de los vivos.
A las niñas les encanta visitar ese lugar en estas fechas, para comprar, con su abuela, lo que necesitan para la ofrenda del abuelo.
Mientras comen una dulce calavera, ponen, primero, la fotografía donde ellas abrazan a su abuelo, con los ojos brillantes y un halo de ternura, luego, un mantel morado con encajes anaranjados. Escogen la mejor mandarina, colocan el plato con mole y su refresco preferido.
Miran la imagen con nostalgia, recordando el gran amor que su abuelo les tenía.
Ya puesta la ofrenda, se sientan a la mesa, esperando a su abuela que les servirá la comida, cuando, de pronto, tocan suavemente a la puerta.
No esperan visitas, e ignoran el llamado.
Vuelven a tocar y la abuela pregunta quién, nadie contesta.
Por tercera vez se escucha el toque y la abuela, con un poco de enfado, camina trabajosamente hacia la ventana para ver quién podría ser. Mira hacia un lado, hacia otro. No ve nada.
Y, con gran curiosidad, abre la puerta y observa, con extrañeza, un muñeco tirado, con la ropa sucia y los zapatos desgastados.
Tiene la cara triste, rotos los brazos y los costados, de donde sale su relleno, como vísceras al sol.
Y lo que más le llamó la atención, fue un enorme agujero en su pecho, como si alguien lo hubiera perforado con un cuchillo.
La abuela, con el sentimiento natural de socorrer al necesitado, lo levanta y lo lleva con sus nietas.
—Abuelita, ¿quién te lo dio? Tiene el cuerpo maltratado —le cuestiona la nieta mayor.
—¡Miren, está roto! —grita la otra nieta, angustiada.
—Calma, calma. Vamos a repararlo hijitas, le haremos nuevos zapatos, nueva ropa, lo lavaremos, le coseremos sus brazos y todo su cuerpo.
La abuela va a la sala con sus nietas, con el muñeco entre las manos, que nos recuerda a aquél
que bajaron de la cruz, con el costado perforado por una lanza, y el lamento de las mujeres que lo amaban.
Con mucho cuidado lo ponen en una mesa, cual paciente en quirófano, para trabajar en su curación.
La vieja máquina de coser ya está lista, con partes de tela blanca, roja y negra.
La abuela traza los patrones con maestría, toma las tijeras, corta de la tela blanca una camisa, luego, toma la tela negra para un pantalón y unos zapatos.
Cose la camisa con gran esmero, al igual que el pantalón y pone unas suelas de cartón para los zapatos.
Las niñas le quitan la harapienta ropa, lo limpian delicadamente. Le cosen sus brazos con paciencia, para que su relleno no se salga.
El muñeco parece sonreír.
—Abuelita, ¿le podemos hacer un corazón con la tela roja?
Y cada una de ellas dibuja un pequeño gran corazón, lo recortan y lo besan, para que su amor esté en él, mientras, cosen su pecho, de pronto, la niña mas pequeña una de ellas se pincha el dedo con una larga aguja y una gota de su sangre cae sobre el muñeco y su nuevo corazón empieza latir tenuemente.
—¡Mira, mira, manita, el muñeco ya no está triste!
Lo visten cariñosamente con su ropa nueva y él siente el amor y el consuelo de ellas. Lo abrazan, lo besan y le hablan:
—Muñequito roto y triste ya no estés así, ahora eres muñeco feliz, vivirás con nosotras, te vamos a cuidar y jugaremos contigo —le dice la nieta pequeña, mientras su hermanita asiente con una sonrisa.
Frente a sus ojos se presenta un ser restaurado y feliz, que toma asiento junto a la abuela y las niñas con gratitud.
Su cuerpo maltratado y moribundo fue curado por el amor de tres mujeres. Su apariencia es la de un hombre renovado, que después de pasar dificultades propias de su existencia, encuentra un inesperado refugio-oasis en los tres corazones femeninos que lo rescataron y curaron, sin conocerlo.
Él está feliz, ahora ríe con las niñas, canta, vive y come con ellas.
Se despide de ellas todas las mañanas cuando se van a la escuela, las espera con impaciencia, pero sabe que ellas volverán después del mediodía y le contarán sus aventuras escolares, las cosas nuevas que aprendieron; recibe besos y abrazos todos los días y vive en un estado de rebosante e interminable felicidad.
La abuela llama a las niñas:
—Hijas, ya es tiempo de que él tenga compañía, para que no esté solo. Le conseguiremos una hermosa muñeca y, así, él sea más feliz.
Desde un rincón de la habitación, él escucha todo, está observándolas, espera con paciencia, la puerta se abre lentamente y ve una hermosa cabellera negra, con un moño rosa, que se asoma… y en su sonrisa se dibuja la felicidad.
—León, tú eres ese muñeco que soñaste y esas mujeres son las Marías, son tu madre y tus hijas.
Nunca olvides su gran amor, le dice en voz baja el señor M, mientras León, todavía dormido, moja la almohada con sus lágrimas que brotan de sus sueños.
—Querido León, la vida te tiene una maravillosa nueva oportunidad para encontrar el amor, pero necesitas estar preparado. Sabemos de la mujer que quieres amar, la mujer de la larga corona negra, pero antes de conocerla, te ayudaremos a que estés listo para ese momento.
El amor en tus tiempos se ha dificultado, el mundo en el que vives es más agresivo, es más egoísta; los corazones se enfrían con facilidad, pero si confías en ti y das amor, lograrás sobreponerte y podrás tener ese amor que tanto añoras.
Yo estaré contigo.
Empezamos el viaje…
16 octubre 2026
