Margarita Retolaza Vives. Fantasía marina

 

Margarita Retolaza Vives. Licenciada en Pedagogía. Trabajó como orientadora vocacional y profesional. Impartió diferentes materias en Secundaria, Bachillerato y Universidad. Fue consultor de empresas para GIT y actualmente cursa el Taller de Escritura Creativa Miró, explorando el universo de la literatura.

 

Fantasía marina

 

—¡Todos a bordo! —gritó don Charal, parado en el andén del tren que los llevaría a Playa Encantada. Era la presentación anual de danza de los Corales y no se la querían perder.

Generalmente, el viaje resultaba placentero por los paisajes marinos de las profundidades y el ánimo de los viajeros; sin embargo, hoy venían a bordo don Calamar y su familia: los más ricos, exigentes y presuntuosos del océano.

Mamá Estrellita de Mar les explicaba a sus hijos la importancia del viaje y cómo debían comportarse en el tren y luego en la playa, porque era la primera vez que iban al otro lado del mar. Al compartimiento de junto llegaron los Corales, famosos por chismosos. Cada año viajaban a Playa Encantada para saludar a la familia —protagonista del espectáculo en la isla— y a las amistades de toda la vida. Finalmente, el vagón del fondo fue ocupado por las Medusas. Con sus trajes transparentes y los cientos de pequeños tentáculos pintados de colores brillantes, llenaban el espacio de tal manera que parecía que la aurora boreal se había colado en el tren.

La travesía inició sin contratiempos. Al principio todos iban sentados, pero de pronto, como por arte de magia, los chiquillos salieron a los pasillos corriendo y la bulla resultó ser insoportable.

Don Calamar se mostró incómodo. Sus calamarcitos querían ir a jugar y doña Calamara esperaba la reacción del esposo.

—¡Está bien! —dijo don Calamar—. ¡Salgan!

Nadie sospechó que el tren sufriría una falla eléctrica y, de un momento a otro, se quedaron sin luz. El grito unánime de los pequeños, sacó suspiros burbujeantes a los progenitores que salieron nadando para rescatar a sus hijos.

“Aquí están los Coralitos”, gritó un papá. “¡Acá, las Estrellitas de Mar!”: alertó otro. Y por allá encontraron a los Calamarcitos. Asustados, por la penumbra, los chamacos fueron de la mano y en fila india, de regreso a sus respectivos camarotes. El tren, a oscuras, parecía siniestro y don Calamar acusaba a todos los padres de irresponsables, para restarse culpas por ceder.

—¡La gente respetable, controla a sus chiquillos! Seguro averiaron el tren con tanto corre­-corre —dijo, porque accidentalmente escuchó a los Corales que especulaban al respecto. Opacando las acusaciones del pomposo Calamar, parpadearon las luces y el sistema de alumbrado volvió a la normalidad. En ese momento, desde la locomotora, se escuchó a don Charal:

—Debido al apagón, no nos detuvimos a ver los hermosos paisajes del fondo marino y hemos llegado más rápido…

De inmediato, las bocinas anunciaron: “Don Charal y su tren divertido, los hemos traído a su destino. Pasen unas hermosas vacaciones y nos vemos al regreso”.