Al momento

Cárdenas, arquitecto de la transición

Víctor de Regil

La partida física de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano marca el cierre definitivo de uno de los capítulos más complejos, convulsos y, en última instancia, luminosos de la historia contemporánea de México. No se ha ido únicamente un hombre de Estado o el heredero de un apellido de hondo arraigo revolucionario; ha desaparecido el eje ético sobre el cual caminó la dolorosa y prolongada transición democrática de nuestro país. En un ecosistema político frecuentemente propenso a las estridencias y a los dogmatismos, la figura del ingeniero Cárdenas se erigió siempre como un recordatorio de que la disidencia y la construcción institucional no son caminos excluyentes, sino las dos caras indispensables de una misma moneda republicana.

Para dimensionar la magnitud de su aporte, es obligatorio volver la mirada hacia el año de 1987. En aquel México de partido único, donde el aparato del Estado y el partido oficial se confundían en una sola voluntad hegemónica, Cárdenas tomó una decisión que cambiaría el destino nacional: romper desde dentro. La creación de la Corriente Democrática, junto a figuras fundamentales como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, no fue un simple berrinche cupular por la designación presidencial del momento; fue una auténtica rebelión ética que demandaba la apertura de los procesos de decisión y el fin de un presidencialismo asfixiante que amenazaba con petrificar el futuro de la nación.

Esto canalizó el descontento de millones de mexicanos en la jornada electoral de 1988. Aquella campaña presidencial, cobijada bajo las siglas del Frente Democrático Nacional, despertó a un México adormecido por el escepticismo.

La respuesta del viejo régimen ante el inminente triunfo de la oposición es de todos conocida: la vergonzosa e histórica «caída del sistema». En ese instante de máxima tensión, donde el país contenía el llamado a la insurgencia violenta parecía para muchos la única respuesta digna ante el fraude, Cárdenas tomó la decisión que definió su estatura histórica. Optó por la vía pacífica y legal, encauzando la indignación social hacia la creación de instituciones políticas.

Esta determinación cristalizó en mayo de 1989 con la fundación del PRD. Al aglutinar a las diversas y a veces fragmentadas facciones de la izquierda en una plataforma estrictamente electoral y partidista, Cárdenas legitimó la lucha por el poder por la vía de los votos. Obligó al régimen no solo a negociar, sino a reformar las reglas del juego. Sin el empuje cívico del cardenismo, resulta imposible concebir la creación del entonces IFE autónomo, ni las sucesivas reformas constitucionales que permitieron que el voto ciudadano fuera finalmente contado y respetado en las urnas.

El triunfo electoral de 1997, que lo convirtió en el primer Jefe de Gobierno electo de la Ciudad de México, fue la consumación de una larga batalla por los derechos políticos de los habitantes de la capital, históricamente relegados a un estatus de ciudadanos de segunda. Su gestión demostró que la izquierda mexicana poseía plena madurez para gobernar con responsabilidad, inaugurando una era de derechos sociales avanzados y libertades civiles que terminarían por contagiar al resto de la República mexicana. Aceptó con enorme entereza democrática sus derrotas en las urnas y jamás regateó el reconocimiento de los procesos institucionales cuando estos no le favorecieron.

Cuauhtémoc Cárdenas se marcha dejando un vacío enorme, pero también un mapa de ruta impecable. Su herencia más sagrada no radica en la heráldica del apellido, sino en habernos demostrado que la transformación profunda de una sociedad solo es sostenible si se realiza a través de los canales de la paz, la pluralidad y el irrestricto respeto a las leyes. Hoy que México despide a su líder moral, el mejor homenaje que la ciudadanía y la clase política pueden rendirle es defender con firmeza la pluralidad que él ayudó a germinar, recordando que la democracia no es una estación de llegada permanente, sino un ejercicio cotidiano que exige congruencia, tolerancia y, por encima de todo, una inquebrantable vocación civil.