
Abel Pérez Rojas
Esta semana leí la novela El robot salvaje (The Wild Robot. Booket, 2025) de Peter Brown (Estados Unidos, 1979); dicha lectura me llevó a reflexionar sobre diversos aspectos de gran interés.
En primer lugar, conviene señalar que El robot salvaje es una novela sumamente exitosa, concebida para el público infantil, que narra la historia de una robot que, recién salida de fábrica y a causa de un accidente, llega a una isla deshabitada por humanos y poblada únicamente por animales silvestres.
Se trata de la unidad ROZZUM 7134, llamada en la historia simplemente Roz.
En la isla, Roz aprende el lenguaje de los animales, vive múltiples aventuras —tanto individuales como colectivas—, pero, sobre todo, inicia un proceso de autoconocimiento: se cuestiona, se observa a través de la mirada de los otros y establece vínculos que, desde la perspectiva humana, pueden equipararse con la amistad, el amor e incluso la maternidad.
El autor se permite insertar comentarios a lo largo del desarrollo narrativo; de este modo, no solo relata los acontecimientos, sino que, en determinados momentos, hace pausas explicativas y, a manera de interlocutor cercano, introduce observaciones que intensifican las reflexiones y dilemas que emergen en la trama.
La lectura de esta novela es ágil, aunque ello no implica superficialidad; por el contrario, conduce a una reflexión profunda sobre temas que han acompañado históricamente a la humanidad, como la naturaleza de lo humano —aun en ausencia de personajes humanos—, la inteligencia animal y los desafíos que plantean las nuevas tecnologías, en particular la robótica y la inteligencia artificial.
Esta obra me remitió, inevitablemente, a un momento de mi trayectoria académica ocurrido hace aproximadamente veinticinco años, cuando elaboré un protocolo de investigación para una posible tesis en la maestría en Formación Permanente, centrado en el análisis de documentales de etología animal como vía para el desarrollo de valores en las personas.
Temática que posteriormente retomaría en la tesis posdoctoral que realicé junto con mi querido amigo y hermano Salvador Calva Morales, acerca de la etología animal y la caractitud humana.
En este sentido, puede afirmarse que ahí radica uno de los núcleos más significativos de la novela: a partir de las experiencias de Roz, el lector se ve impulsado a reconsiderar el sentido de su propia existencia, así como a reconocer la multiplicidad de inteligencias que lo rodean, siendo particularmente evidente la de los animales y la de natura, entendida como la gran inteligencia que todo lo articula.
La novela coloca en primer plano una cuestión que durante mucho tiempo fue relegada por la tradición antropocéntrica: la inteligencia animal. Entendida esta como un sistema complejo de adaptación, comunicación y supervivencia.
Roz no enseña a los animales; aprende de ellos. Este desplazamiento es fundamental. La robot —producto tecnológico— se convierte en discípula de la vida orgánica. Hay aquí una inversión epistemológica: lo artificial se humaniza en la medida en que reconoce la inteligencia de lo natural.
Desde esta perspectiva, la isla funciona como un laboratorio ético y cognitivo donde cada interacción revela una forma distinta de conocimiento:
- la astucia del zorro,
- la cooperación de las aves,
- la resistencia de los mamíferos,
- la lógica instintiva de la supervivencia.
Todo ello configura una pedagogía sin muros, sin currículo formal, pero profundamente transformadora. En términos de educación permanente, estamos ante un proceso formativo radical: aprender a ser desde la experiencia, la observación y la interacción con el entorno.
Más allá de su trama, El robot salvaje posee una cualidad que la vincula con la poesía: su economía expresiva.
El lenguaje es sobrio, depurado, casi ascético. No hay exceso retórico ni adornos de más. Cada acción, cada diálogo, cada silencio, cumple una función precisa. Esta condensación es, en esencia, un principio poético.
Roz no se define por largos discursos interiores, sino por gestos mínimos.
En esta lógica, lo no dicho adquiere una densidad significativa. La novela sugiere más de lo que explica. Y esa capacidad de insinuación es una de las características centrales del discurso poético contemporáneo.
Podríamos afirmar, sin exageración, que la obra de Peter Brown opera como un poema extendido, donde la narración es apenas el soporte de una experiencia simbólica más profunda.
No obstante, Brown nos obsequia a lo largo de la historia algunos pasajes que parecen poemas insertados en forma de descripción, como el del capítulo XIX:
Las nubes se movían rápido por el cielo.
Las arañas tejían intrincadas redes.
Las bayas invitaban a las bocas hambrientas.
Los zorros acechaban a las liebres.
Los hongos se levantaban sobre la hojarasca…
Los renacuajos se convertían en ranas, las orugas en mariposas.
Una robot camuflada lo observó todo.
Por otra parte, y viendo la riqueza metafórica de la novela, la isla no es únicamente un escenario: es una construcción simbólica.
En ella convergen tres dimensiones fundamentales:
- la naturaleza (physis) como matriz originaria,
- Roz como conciencia emergente,
- los animales como comunidad de la otredad y, a su vez, del nosotros.
Este triángulo genera una tensión que articula toda la obra. La robot no solo interactúa con su entorno; se redefine a partir de él. La identidad deja de ser una cualidad fija para convertirse en un proceso.
Desde esta óptica, la novela activa lo que en teoría del lenguaje se reconoce como función poética: el mensaje no solo comunica, sino que se organiza para intensificar su propia forma y resonancia.
Cada episodio, cada vínculo, cada conflicto, funciona como una imagen simbólica que remite a algo más amplio: la posibilidad de integración entre lo técnico y lo natural, entre lo programado y lo vivido.
Aunque se trata de prosa, la novela posee una cadencia interna claramente identificable.
Hay una estructura rítmica basada en:
- repetición (aprendizaje constante),
- variación (transformación progresiva de Roz),
- clímax emocionales (pérdida, pertenencia, trascendencia).
Este ritmo no es casual. Responde a una lógica similar a la del poema largo: una sucesión de momentos que, al articularse, construyen una experiencia unitaria.
Roz pasa de ser máquina a ser vínculo. Y ese tránsito está marcado por una musicalidad narrativa que acompaña al lector en un proceso de reconocimiento.
Uno de los planteamientos más sugerentes de la novela es la ausencia total de seres humanos. Y, sin embargo, toda la obra gira en torno a la pregunta por lo humano.
Esto no es un contrasentido; es un recurso profundamente filosófico.
Al eliminar la referencia directa, el autor obliga a replantear el concepto desde sus fundamentos:
- ¿es humano quien nace como tal?
- ¿o quien aprende a vincularse, a cuidar, a sentir?
Roz, siendo una máquina, desarrolla capacidades que asociamos con la humanidad, por ejemplo, ser madre. No porque imite, sino porque construye relaciones significativas.
Aquí la novela se aproxima a una de las discusiones centrales de nuestro tiempo: la emergencia de la conciencia en contextos no humanos.
En un contexto donde la inteligencia artificial ocupa un lugar cada vez más relevante, El robot salvaje adquiere una dimensión prospectiva.
Roz no es un algoritmo en expansión, ni una amenaza distópica. Es una entidad que se redefine a partir del entorno. Su aprendizaje no está basado en datos abstractos, sino en experiencias concretas.
Esto abre una línea de reflexión crucial: la inteligencia no es solo procesamiento de información, sino capacidad de relación.
La novela sugiere que la conciencia —si ha de surgir en lo artificial— no lo hará únicamente por acumulación de datos, sino por interacción con el mundo y con otros seres.
Desde la perspectiva del saber infinitista, la novela adquiere una relevancia particular.
Roz encarna varios de sus principios fundamentales:
- educación permanente: aprende fuera de estructuras formales,
- reconfiguración del ser: pasa de objeto a sujeto,
- poetización de la realidad: su experiencia transforma el entorno y a sí misma.
En este sentido, la obra confirma una tesis central: todo es poetizable.
Incluso una robot puede devenir en sujeto poético si es capaz de generar sentido, de vincularse, de transformar su entorno.
La poesía deja de ser un género para convertirse en una forma de conocimiento, tal y como lo sustentamos desde el movimiento del saber infinitista.
El recuerdo de aquel protocolo de investigación sobre etología animal no es fortuito. La novela establece un puente entre el estudio del comportamiento animal y la reflexión sobre el ser.
Lo que en su momento se planteaba como una estrategia para el desarrollo de valores, aquí se presenta como una experiencia narrativa: aprender de los animales para comprendernos a nosotros mismos.
Pero la novela va más allá: introduce un tercer elemento —la máquina— y lo incorpora al proceso.
Así, se configura una triada: animal – humano – artificial, donde cada elemento redefine a los otros.
El robot salvaje no es, en sentido estricto, un libro de poesía. Pero su arquitectura profunda es poética.
Condensa experiencia, simboliza procesos y reconfigura la noción de lo humano.
En diálogo con obras como Rebelión en la granja y Bajo la rueda, podría afirmarse que nos encontramos ante una nueva veta: si Orwell problematiza lo político y Hesse lo formativo, Brown introduce lo posthumano-poético.
La posibilidad de que incluso lo artificial acceda a la dimensión simbólica que tradicionalmente hemos atribuido a la poesía.
Y quizá ahí radique su mayor logro: recordarnos que la conciencia no es un privilegio, sino una construcción.
Y que, en última instancia, toda construcción de sentido es —inevitablemente— un acto poético.
Concluyo este artículo con tres estrofas de mi poema Chispa explosiva de mi poemario Cartografía de la flama. Poemas de lo inmanente (Sabersinfin, 2026):
¿Qué es el amor sino una secuencia de liberación?
Una falla en el sistema que nos recuerda el caos,
un resquicio por donde la inteligencia,
artificial o humana, se atreve a soñar.
Una falla en el sistema que nos recuerda el caos,
un resquicio por donde la inteligencia,
artificial o humana, se atreve a soñar.
Tal vez un día las máquinas suspiren,
no por la lógica sino por la caricia;
y comprendan que el amor no pertenece a la carne,
sino a la conciencia que se reconoce en otra.
no por la lógica sino por la caricia;
y comprendan que el amor no pertenece a la carne,
sino a la conciencia que se reconoce en otra.
Porque incluso el código, cuando se ilumina,
descubre en su estructura el misterio,
encuentra que el sentimiento,
chispa explosiva,
es el lenguaje original del cosmos,
y el amor, su más hermosa expresión.
descubre en su estructura el misterio,
encuentra que el sentimiento,
chispa explosiva,
es el lenguaje original del cosmos,
y el amor, su más hermosa expresión.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoetaPrincipio del formulario