
Ingrid Carla Giorgana Loaeza (Veracruz, México, 1961). Licenciada en Psicología Clínica, con Diplomado en Tanatología. Ha tomado diversos talleres como el de Inteligencia Emocional y Tests Proyectivos, en la Ibero, CDMX.
Durante 5 años trabajó en una clínica de infertilidad y embarazo de alto riesgo, como terapeuta de las parejas que no podían tener hijos. Y también tuvo su espacio en la radio, como invitada por 5 años, hablando sobre meditación y espiritualidad. Desde aquellos programas nació el #RespiraLaVida y, del 2012 a la fecha, escribe diario una frase propositiva —que invita a la reflexión— en sus diferentes redes sociales (Facebook, X (antes twitter) e Instagram), con el usuario psicóloga Ingrid.
Ingrid es madre y abuela. Dedica gran parte de su tiempo al ejercicio, la lectura y el baile. Actualmente incursiona en la narrativa bajo la guía del maestro Miguel Barroso Hernández, participando del Taller de Escritura Creativa Miró.
Donde termina el vacío
Estoy parado, al borde de la azotea de mi edificio, con los brazos abiertos. El viento me golpea la cara con furia. Las luces de la ciudad titilan, como burlándose de mí. Todo parece lejano, irreal…
Aprieto los puños. Siento las lágrimas, calientes, sobre las mejillas. El aire silba y, frío, acaricia mi cuello; advirtiendo que solo necesito un paso. ¡Uno solo y todo terminará!
Nadie me necesita. Nadie me va a extrañar. ¡Estoy cansado!
Cierro los ojos. Respiro hondo y mis pensamientos son un torbellino: fracasos, insultos, deudas, soledad. ¡Eres un error! ¡Nadie va a llorarte! Las voces me atormentan y doy un paso más. Dejo que las puntas de mis zapatos sobresalgan del borde. El vacío me llama. Asegura que es fácil, rápido y duele menos.
¿Y ese ruido seco? Alguien abrió, con fuerza, la puerta metálica de la azotea y no quiero voltear. ¡No quiero ver a nadie! Quiero que me dejen en paz. No planeo hacer un espectáculo. ¡Solo quiero saltar!
—No te acerques —advierto, pero avanza. Sus pasos retumban en el concreto y, ya cerca, escucho que respira con dificultad.
—No lo hagas —dice con voz quebrada y reconozco a Tomás. Está a unos metros, junto a mí. Apenas hemos cruzado palabras en el elevador. Siempre serio. Siempre leyendo algo en su celular.
—No te metas —grito—. Esto no tiene nada que ver contigo.
—Claro que tiene que ver conmigo —asegura—. Si saltas, me va a doler a mí. Va a dolerle a todos.
Me río con amargura:
—A nadie le importa…
—A mí, ¡sí! —interrumpe y, por un momento, me desarma.
—¿Por qué? —preguntó, casi en un susurro—. Ni siquiera me conoces.
—Porque no quiero ver morir a alguien que aún puede cambiar su historia. Porque no mereces irte así. Porque me niego a dejar que creas que no vales nada. ¡Créeme! Sé lo que es pensar que el mundo está mejor sin uno.
Empiezo a llorar de verdad, con sollozos que me rompen la garganta. Doy un paso atrás, alejándome del borde; pero mi cuerpo sigue tenso, como si pudiera lanzarme en el próximo segundo.
Tomás extiende la mano, temblorosa:
—¡Ven, por favor!
Niego con la cabeza y mis labios tiemblan:
—¡No puedo más!
Sus ojos también se llenan de lágrimas:
—No tienes que poder más… pero, solo hoy: ¡quédate, aquí, conmigo!
El viento sacude mi ropa y siento el vértigo. El abismo sigue ahí: eterno y fácil; pero también está él, su mano sigue abierta, me está rogando.
—Mira… —dice con voz ahogada—. Yo tampoco estoy bien. No soy un héroe, pero te juro que me voy a quedar contigo. Vamos a bajar de aquí juntos. Vamos a hablar. Vamos a buscar ayuda. Lo que sea, pero hoy no te vayas.
Mi garganta se cierra. Me duele el pecho. Siento que mis rodillas flaquean. Tomás no espera más, cruza el espacio entre nosotros y me abraza. Su cuerpo es cálido. Su abrazo torpe, pero apretado.
—Por favor, por favor… —repite una y otra vez, entre sollozos—. ¡Por favor, quédate!
Entonces, me aferro a él como el náufrago se aferra a un pedazo de madera. Mis lágrimas mojan su camisa. Mis manos se conectan a su espalda y nos volvemos uno. El borde queda atrás y siento el concreto sólido bajo mis pies.
Tomás me sostiene. Me recuerda que aún estoy aquí. Que alguien me ve. Que alguien no quiere que me vaya. No hay promesas de que todo será fácil. No hay palabras mágicas, solo este momento: su abrazo, su corazón que tiembla mientras susurra “hoy no te dejo ir” y yo cedo porque, aunque sigo roto, por primera vez en mucho tiempo, no estoy solo; porque alguien me dice que le importo y, hoy, eso es suficiente para quedarme.