
María Angélica Siadous Ayala. (Angie Siadous.) Poeta paraguaya. Nació en la ciudad de Asunción capital de Paraguay. Tiene 25 años radicando en Veracruz (México). Ha publicado su poesía y prosa narrativa en revistas y antologías nacionales e internacionales. Actualmente está escribiendo novelas y cuentos. En el 2023 recibió el nombramiento de “Embajadora Cultural y Literaria” de la Academia Nacional e Internacional de la Poesía A.C. Zona Conurbada Veracruz ~ Boca del Río en México, adscrita a la Sociedad de Geografía y Estadística. Su amor por su tierra paraguaya la hace promotora de su cultura guaraní. Y su amor por su país de adopción México, y el respeto por su gente, su cultura y tradiciones hacen de su corazón universal una amante de las guaranias y sones jarochos, una apasionada por las polkas y el danzón y entre el mate y el tequila, nacen poesías cargadas de magia cultural Su poemario “Desde mi piel” refleja la sensibilidad y la fortaleza de una rosa de acero.
El conocimiento nos hará libres
Cuando pronuncio la palabra poder, no hablo únicamente del poder político, ni económico, ni de ese que se mide en cargos o títulos. Hablo de otros poderes más profundos y más antiguos como el poder de sobrevivir y de levantarse después de la caída, de seguir caminando aun cuando la justicia parece haberse quedado atrás.
Las mujeres escritoras transformamos lo vivido en tinta, lo observado en conciencia y lo sufrido en memoria. Tenemos historias, geografías, cicatrices distintas, pero nos une una misma condición: la resiliencia. Y también nos une algo más peligroso y luminoso: la palabra.
Pero estas palabras, no están hechas para adornar una fotografía ni para que mañana circulen unos minutos en las redes sociales y después se evaporen en la amnesia colectiva. ¡No! Estas palabras tienen otro propósito: generar conciencia. Porque la realidad que viven millones de mujeres no es una metáfora. ¡Es una estadística!
En México, de acuerdo con datos del INEGI, más del 70% de las mujeres mayores de quince años han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida: violencia psicológica, económica, física o sexual. Siete de cada diez. Pero la violencia no termina ahí. La segunda violencia es el silencio. Solo alrededor del 15% de las mujeres que sufren violencia denuncian. Y de esas denuncias, una parte mínima logra avanzar hasta una resolución judicial.
Eso significa algo devastador: la justicia no toca la puerta de todas las víctimas. Muchos casos se pierden en expedientes que duermen en oficinas. Muchos otros se pierden antes siquiera de comenzar. Podemos atribuirlo a muchas causas. A la corrupción. A la burocracia. A la indiferencia institucional. Podemos incluso hablar del narcisismo del poder, de estructuras donde algunos funcionarios olvidan que su autoridad no es privilegio, sino servicio. Pero hay una causa que para mí es central y silenciosa que determina quién puede defenderse y quién queda expuesta. ¡La educación!
La gran mayoría de las mujeres violentadas desconoce sus derechos. Desconoce el proceso legal, los pasos que deben darse para denunciar un abuso. Muchas mujeres tienen miedo de los abogados, de los fiscales, de los jueces. Y no es un miedo irracional, porque en las fiscalías las víctimas son tratadas con falta de empatía, con desprecio y muchas veces son minimizadas por su clase social o por su condición educativa.
Existen allá adentro maravillosas excepciones, pero no siempre toca encontrarlas. La corrupción, la insensibilidad, la avaricia, la codicia, el narcisismo abundan por la falta de conocimiento de las víctimas que no tienen ni idea de sus derechos, de los procedimientos penales, judiciales y llegan sintiéndose culpables de sus propias agresiones.
También la justicia, en muchos casos, también tiene un costo muy elevado. Para denunciar, para defenderse, rápido y para sostener un proceso legal, se necesita un abogado privado, y está claro que como profesionistas deben cobrar por el servicio que no está al alcance de todos.
Entonces surge una pregunta brutal: ¿Qué hace una mujer sin recursos? ¿Qué hace una mujer sin dinero, sin conocimiento de la ley, sin acceso a asesoría jurídica? Muchas no denuncian. O denuncian y abandonan el proceso porque no pueden pagar la defensa. Y entonces el caso se pierde en el olvido en el cansancio y en el miedo.
Hay que reconocer que, sí existen entidades de ayuda como asociaciones privadas y gubernamentales, pero falta difusión masiva, la gran mayoría de las víctimas no tienen ni idea de a dónde acudir.
Pero hay otra realidad aún más dolorosa, una realidad que todavía existe en diversas regiones de México, particularmente en zonas rurales del sur y del sureste. Una realidad que incomoda nombrar, pero que existe. En algunos lugares todavía se venden niñas y adolescentes, existen comunidades donde, bajo la figura de los usos y costumbres, se permite el matrimonio infantil o las uniones forzadas.
Niñas que no han terminado la escuela son entregadas a hombres adultos. Niñas que deberían estar jugando, aprendiendo, soñando, son convertidas en esposas.
La infancia negociada. La dignidad convertida en transacción. Y aunque el marco legal mexicano prohíbe el matrimonio infantil y establece los 18 años como edad mínima para contraer matrimonio, en algunas regiones estas prácticas persisten en la sombra de la tradición. Cuando esto ocurre, no solo se rompe la ley. Se rompe el futuro. Por eso hoy, en este Día Internacional de la Mujer, no solo recordamos, sino que nombramos a las mujeres asesinadas. A las niñas que perdieron su inocencia en manos de violadores. A las mujeres cuya intimidad fue expuesta en internet como si su cuerpo fuera propiedad pública. A las que viven prisioneras en casas donde no hay barrotes visibles, pero sí miedo, a las que han sido silenciadas por el juicio social.
Pero también nombramos a los hombres justos y buenos, valientes y responsables, que comprenden que la dignidad de la mujer no es una concesión, sino un derecho. Porque esta lucha no es contra los hombres. Es contra la violencia, la ignorancia, la impunidad.
Y si hay una herramienta capaz de romper esos tres muros, es el conocimiento y el acceso a la información. Debemos promover la enseñanza, enseñar a las niñas sus derechos, a las mujeres cómo funciona la ley, hablar de las normas que nos protegen. Debemos conocer las leyes que sancionan la violencia digital, conocer los artículos que castigan el abuso y entender el proceso judicial.
Porque el conocimiento tiene una fuerza extraordinaria. El conocimiento desarma el miedo, rompe el silencio y devuelve la voz. Y cuando una mujer conoce sus derechos, deja de sentirse culpable por la violencia que otros ejercen. Comprende que nadie merece golpes, abuso, que nadie merece el silencio impuesto. Por eso hoy no solo estamos aquí para hablar. Estamos aquí para sembrar conciencia y recordar que la libertad no nace del silencio. Nace del conocimiento.
Porque cuando una mujer aprende… se defiende. Cuando una mujer se defiende… se libera. Y cuando muchas mujeres se liberan… ¡la historia cambia!
8 de marzo 2026