
Gabriela del Puerto Brito (Veracruz, México, 1962). Ha dedicado su vida al cuidado y amor del hogar, siendo esposa, madre de tres hijas y abuela de tres nietos.
La creatividad y el espíritu aventurero la han llevado a explorar diversos hobbies y pasatiempos, destacando su pasión por el cajón y el baile flamenco. Durante seis años, formó parte del grupo «Cajón Five»: quinteto que compartió su música y energía con audiencias de todo tipo.
A los 62 años, Gaby ha decidido incursionar en el mundo de la literatura, asistida por la experiencia de Miguel Barroso Hernández, en el Taller de Escritura Creativa Miró. Compartir historias y experiencias con el mundo es la intención de esta mujer entusiasta que continúa sondeando sus talentos.
Tormentas del corazón
Era la noche del 31 de diciembre de 2016 y habíamos zarpado del puerto de Santa María de Cádiz. Navegábamos cerca de las costas de Vigo, a bordo del “Viento del Norte” —el buque escuela de la Marina Mercante de México— con más de 150 tripulantes: en su mayoría, jóvenes cadetes. Se trataba de una ruta educativa, por los diferentes puertos de España, con la finalidad de que los cadetes no solo practicaran la navegación, sino que también conocieran la historia marítima que une a México con España.
Sobre las 12 de la noche, con un brindis de sidra sin alcohol, entre abrazos y risas, dieron la bienvenida al nuevo año. Yo observaba, en silencio, la celebración y resultaba difícil hacer a un lado los recuerdos. Mi hijo José Antonio, también cadete de la escuela naval, había fallecido en un accidente, precisamente, un 31 de diciembre.
De pronto, vi a uno de aquellos jóvenes, de espaldas. Su complexión delgada, el cabello oscuro y rizado, pudieron ser coincidencias confusas; pero la forma en que reía, era idéntica a la de mi hijo. Sin pensarlo, me acerqué:
—¿José Antonio? —dije, poniéndole la mano en el hombro.
El muchacho volteó. No era él, claro; era solo un alumno más… Por un instante, el tiempo pareció detenerse; me sentí mareado, débil y confundido. Sin decir nada, regresé a la cabina de mando. Allí, sin señales reales de peligro, mis ojos vieron en el radar una tormenta imaginaria. Frente a aquella amenaza inexistente, mi voz salió de manera automática:
—¡Desvíen el rumbo 25 grados a estribor! —grité—. ¡Ahora!
El oficial de guardia obedeció, sin cuestionar. Pero el segundo al mando intervino de inmediato:
—¡Alto! ¡Debemos retomar el rumbo original!
Y luego, acercándose a mí, con cautela, me preguntó:
—¿Capitán está usted bien?
No supe qué decir. Me quedé en silencio. Por suerte el buque se estabilizó. La maniobra fue brusca, pero no causó daños graves; solo dejó, en el aire, la inquietud de quienes notaron que algo no estaba bien conmigo. Había perdido el control y, en el mar, eso es imperdonable.
Al amanecer, el Secretario de Marina me pidió explicaciones y admití mi negligencia. Le expliqué que había distorsionado la realidad:
—Confundí a un cadete con mi hijo fallecido y, en ese estado de aturdimiento, di la orden equivocada.
Era la primera vez que me sucedía y reconocí haber puesto a la embarcación y a todos los tripulantes en peligro.
—Capitán Galván —dijo con firmeza el Almirante—. Al llegar a tierra firme será relevado de su cargo. Solo podrá continuar en servicio si acepta iniciar un proceso terapéutico obligatorio. ¡No es un castigo! ¡Es un acto de responsabilidad!
¡Acepté! Semanas más tarde, asistiendo al consultorio de un terapeuta naval, en Veracruz, lo entendí todo. Nunca imaginé que, también, se podía y aprendería a navegar en tierra firme.
—Ahora entiendo que las tormentas no solo se viven surcando el océano —admití—. Hay tormentas en el corazón que solo podemos calmar si tenemos el valor para enfrentarlas.