Teresa Vázquez Mata. Conmigo es suficiente

 

Teresa Vázquez Mata. Convirtiendo en historia todo cuanto la rodea, construye nuevos mundos. Poniéndole color y energía al verbo, nos invita a reflexionar. Con sobrado talento, le ha dado valor a la narrativa contemporánea, regalándonos el México de su mirada o su sentir. Su libro Entre vidas (selección de cuentos publicado por Ediciones Mastodonte, en CDMX) explora los dilemas del ser humano a través de cada uno de los personajes que habitan sus historias. Bajo la tutoría del maestro Miguel Barroso Hernández, destaca en el Taller de Escritura Creativa Miró y, recientemente, fue incluida en la Antología del III Concurso Nacional e Internacional de Relatos Breves, a que convoca el Ático, en Israel. Hoy, a Tere, escribir se le ha vuelto una pasión a la que no quiere renunciar.

 

CONMIGO ES SUFICIENTE

 

─La habitación que tiene reservada es para cuatro personas. ¿Requerirá las 4 tarjetas? ─preguntó la persona del front desk del pintoresco hotel en Puerto Morelos, QR.

─Gracias, sólo soy yo ─respondí.

─Pero tiene dos camas matrimoniales y una individual… ─insistió con cara de sorpresa.

─Usaré la que más me guste.

─Bueno, solo recuerde, son cuatro por el precio que ya pagó.

─¡Entendido! ─. Tomé mi tarjeta y caminé a la habitación.

¡Aquí vamos!, pensé. A lo largo de mi vida adulta me he topado con conocidos y extraños que se sorprenden porque no habito la vida con alguien “de planta” (con una pareja, pues) o porque puedo viajar sin compañía. Y la razón por la que llegué a este hotel sola, no es precisamente porque no cuente con nómina de seres amados, sino porque me había unido al plan de mis adorados padrinos gringos que venían a bucear y tuvieron un percance.

Estábamos emocionados porque no nos habíamos visto en casi cinco años. La pandemia amuralló el deseo de vernos y torció nuestros tiempos. Ellos tomarían dos vuelos para llegar a Cancún… ¡Qué felicidad! Y menos de 24 horas antes del tan anhelado día, llamó el padrino Miles:

─Marilyn se cayó en el aeropuerto de Phoenix y vamos rumbo al hospital ─dijo con voz apenas comprensible.

─What??? What happened? ─grité.

─Estábamos en la sala de espera y quiso ir al baño. Minutos después gritaron mi nombre en la sala… Marilyn jamás camina sin mí. ¡Nunca, nunca…! ─repetía entre sollozos, con gran dolor y culpa.

Me angustió la noticia y la situación de mi madrina. Por un momento pensé desistir del viaje. El lugar no me parecía nada atractivo y el hotel menos, pero intervinieron mis conciencias externas: ─¿Tienes algo mejor qué hacer? ─preguntó Rosy.

“Ve y disfrútaTE” ─así, con el TE en mayúsculas, escribió Arturo en el WhatsApp a manera de orden y decidí disfrutarME.

 

Junto a mí, en el avión, venia un hombre elegantemente vestido que, además, se ofreció a subir mi equipaje a uno de los cubos de almacenamiento. La buena educación me atrapa y, aunque entreno tren superior dos veces por semana y podía levantar la maleta, agradecí su gesto. Quizás la azafata atrapó, al vuelo, las atenciones que cruzamos y al rato llegó a preguntar:

─¿Algo de tomar? ¿Dejo algo para su esposa? ─. Asumía que, al estar sentados juntos, a fuerza, tendríamos que ser pareja.

-¡Tiene que disfrutar de tan bella habitación! ¿Cómo que viene sola?- habrá pensado también la chica que registró mi estadía en el hotel.

Luego de acomodar mis pertenencias, salí a caminar por el pueblo y me pareció monísimo. Entré a un restaurante donde el dueño (asumí) platicaba con sus empleados en italiano, lengua que comprendo bastante bien. Explicaba todo lo que podría salir mal en una masa para pizza y, entretenida con la lección, pedí una pasta, ese día no había pizza, y resultó ser un platillo casero de antología. Saliendo de la clase, satisfecha sobre todo con lo que degusté, leí: GELATO. Claramente, existía una comunidad italiana importante en el pueblo y aunque no estaba en Firenze pude degustar un buen helado retacado de pistaches. ¡Los descubrimientos solo comenzaban! En cien metros escuché cuatro idiomas diferentes, uno de los cuales ni siquiera supe identificar. Llegué al muelle y me senté a disfrutar del mar. Apareció un señor con su arpa y pensé: “Esto me gusta. De aquí no me muevo”. Pero al rato, el hombre cargó el arpa sin mover una cuerda y, desilusionada, no esperé a que me invitara. Fui atrás de él y en la siguiente calle se encontró a dos compañeros con pantalón blanco, guayabera y paliacate: característico de Veracruz. Traían un arpa más y una jarana.

─Señores, ¿dónde van a tocar? ─les pregunté.

─Donde usted quiera ─respondieron.

─Pues no se diga más: ¡aquí mismo! ─. Solicité un son jarocho llamado “La Tienda”, seguido de “El Cascabel” y “El Siquisirí”.

Cuando regresé al hotel ya habían cambiado de turno y una señora, como de cuarenta y pocos, ocupaba el lugar de la muchachita insistente. Me detuvo:

─Yo también soy del Estado de México ─seguramente, había revisado la ficha de mi registro─. Estoy aquí porque a mi esposo lo cambiaron de trabajo. ¡No sabe! Los primeros años estuve deprimida porque dejé a mi hermana y a sus hijos; principalmente a ellos, que eran como míos. Estar tan lejos me mata… ─hablaba con visible melancolía y sin querer soltar el micrófono─. ¿Qué le hace una?, tiene que seguir al marido porque si no: ¿qué hacemos? La vida no es fácil… ¿Usted viene con su familia? ─concluyó.

─No, estoy conmigo misma ─. Es la respuesta que uso cuando alguien me cree digna de lástima porque ando “solita” así en diminutivo.

─¿Pero ni siquiera vino su marido? ─insistió, con los ojos desorbitados─. ¿Y qué va a hacer con ese cuartote?

─Yo creo que dormiré una noche en cada cama, para probarlas todas ─. En ocasiones tengo que usar el sarcasmo, porque si uso la auto conmiseración es el cuento de nunca acabar.

A la mañana siguiente solicité información para visitar algún cenote.

─Es que, para hacerlo, mínimo, se necesitan dos personas ─me advirtieron, con boca torcida: así como cuando nos apena decir algo, alargando las comisuras y enseñando dientes. No les convenía llevar a una turista sola. Resignada fui a la playa y, como casi siempre sucede, allí sí me salió el sol…

Un francés, de risa pronta y español perfecto, me saludó y entablamos plática sin que preguntara por mi esposo, hijos o nietos… Le conté que quería conocer los cenotes, pero no tenía manera de ir.

─¡Yo te llevo! ─afirmó con marcado acento─. Soy buzo profesional y los conozco bien. Necesitas un kit de buceo.

Yo iba equipada con visor y snorkel así que pregunté:

─¿Cuándo puedes?

─¡Ahora mismo!

─¡No se diga más!

En menos de 20 minutos estaba trepada en una SUV, lista para cruzar la selva, con un extraño simpatiquísimo. Llenó dos termos de agua en un dispensador y pasamos a una tienda a comprar plátanos, manzanas y cacahuates.

─Me gusta comer natural y no uso botellas de PET ─comentó y en mi cabecita pensé: “¡Este sí que es un gran tipo!”

Durante el recorrido mostró sus conocimientos sobre las cavernas y el buceo. Yo le platiqué de la cosmogonía Maya y nos reímos mucho. Disfruté el paseo y él estaba orgulloso viéndome contenta. Al día siguiente, pasearíamos igual, sin connotaciones.

¡El viaje tomaba un color diferente! Esa noche decidí cenar en el restaurante del hotelito y vaya sorpresa: resultó ser del afamado chef mexicano Daniel Ovadía y comí delicioso. Después de una jornada feliz e inesperada, me metí en una de las tres camas y llegaron las reflexiones:

¡Me la estoy pasando bomba! ¿Dónde está lo triste de estar con uno mismo? Me he topado con personas que lo ven como un gran fracaso. Para mí, fracaso es no hacer lo que nos apasiona; fracaso es estar atado a alguien porque no hay el valor o la economía para dejarlo; fracaso es ser nuestro propio enemigo; fracaso es auto sabotearnos… ¿Sigo?

¿Fracaso, es no estar emparejado? ¡Me cae que no! Al menos no para mí y quienes me conocen lo saben. Nunca estuvo entre mis prioridades o sueños eso de casarme.

Retumbaba en mi mente la afirmación del padrino Miles:

─Marylin never walks without me. Never… !

Hay parejas que se vuelven tan dependientes que, el día en que caminan 20 metros sin el otro, van a dar al hospital. Y no creo que la unión de dos personas sea para nada mala, pero como dice Gibran hasta las cuerdas de un laúd, aunque produzcan la misma música, están separadas. No podemos depender enteramente de otros.

Algunos no nacimos con la vocación del matrimonio y eso no nos hace las ovejas negras de la sociedad. Con mi faceta de “niña exploradora” ─que en ocasiones entra en una especie de coma inducido─ me divierto, aprendo y reafirmo que estoy en el estado civil que se acomoda a mi personalidad y estilo de vida. ¡No me vean con pena! ¿A poco no creen que hubiera sido más que capaz de formar la familia que mi papá tanto anheló para mí?