
Mosiah Vargas «El León». Nacido en el “lugar de las águilas”, Morelos. De padre guanajuatense y madre morelense, el segundo de tres varones, vivió toda su infancia y parte de su adolescencia en la colonia Zapata. Tres años en un internado mormón, en el otrora DF, donde jugó futbol americano para dar golpes, y para aguantar los que le dieran, seguido de dos años de misionero en Oaxaca, definieron su vida para bien. Aspirante a médico, dice que quería curar a la gente, ahora desea ayudar a sanar sus almas. Fiel defensor del amor, aún lo sigue dando, aún lo sigue buscando, dice que lo encontrará. Todas las tardes se gana la vida vendiendo “cubiletes” de queso, en el centro de Cuautla, sonriéndole a la vida.
Flor de León
Para todo aquel que busca el amor
Después de despedir al ave del nido caído, León sentía en su pecho una calidez que nunca había experimentado hasta ese momento, su corazón se aceleraba al pensar con la seguridad de que algún día encontraría el amor, y tenía la sólida determinación de trabajar en ello.
Caminaba con paso firme, como queriendo que su pies dejaran huella y testimonio de su avance. Su mirada serena llamaba la atención de algunos caminantes que cruzaban su camino, pero él no le tomaba importancia, porque a cada paso que daba, sentía que la distancia entre él y el ansiado amor se acortaba.
Sus pasos le llevaron hasta la Alameda, para poder admirar sus hermosas jardineras llenas de flores de colores y la fuente de aguas danzantes, que exhibían sus sincrónicos pasos, dejando entre ver pequeños arcoíris surcando el aire.
Se sentó en una jardinera, hipnotizado por el espectáculo visual, sólo para ser interrumpido por el gruñido quejumbroso de una flor rosa:
—Shu, shu, ¡vete de aquí! —le gritaba la flor rosa a una abeja, que intentaba beber su néctar y polinizarla, mientras agitaba agresivamente sus espinosas ramas, tratando de alejarla de su espacio íntimo.
Y la abeja miró a León y voló hacía otra jardinera buscando néctar de otra flor.
—Estoy cansada —refunfuñaba— pero sé que algún día encontraré el amor y dejaré descendientes en esta hermosa jardinera, para que la gente admire la belleza de mis hijas y yo pueda morir en paz.
León se puso de pie y partió hacia su hogar, para seguir con su faena diaria. Ya entrada la noche, recordaba con curiosidad aquella escena de la flor rosa y la abeja, y se durmió con esa idea en la mente.
Se levantó con la misma idea, caminó la misma ruta de un día antes y se sentó en la misma jardinera.
—Shu, shu, ¡vete de aquí, estoy esperando al amor, no me molestes! —le gritaba la flor rosa a un pequeño y ágil colibrí, que se sostenía majestuosamente en el aire intentando inútilmente beber del néctar de ella.
El colibrí voló hacia León, lo miró y se alejó rápidamente para acercarse a otra flor. León no quitó la vista del colibrí, sus ojos siguieron su vuelo y observó como otra flor lo recibía con alegría, abriendo sus ramas gustosamente como queriendo darle un abrazo y de beber de su preciado néctar a la veloz ave, que ya bebía animosamente hasta saciar su sed.
La flor sonrojada bailaba meneando sus ramas, como quien se rinde ante los encantos de su amado.
Ya es tiempo de la faena y León se apresura.
El clima es extremo, calor sofocante en la tarde y contrasta con el viento fresco al caer la noche y ahí, una vez acabada la faena, León vuelve a ver a la flor rosa que ahuyentaba un murciélago que volaba sobre ella.
—¡Shu, vete, déjame en paz, porque estoy esperando el amor!
Pero León se resigna ante ella, alejándose de ahí para tomar rumbo a su hogar.
La luna desaparece tras una cortina de lluvia con granizo, que provoca que la gente busque un resguardo temporal.
Tras pasar la granizada, León se sobresalta recordando a la flor y corre despavorido, temiendo lo peor para ella.
Llega hasta la jardinera y mira horrorizado la destrucción que dejó el granizo sobre todas las flores de las jardineras. Ahí estaba ella, la flor rosa, con el tallo resquebrajado, sus ramas rotas, sus pétalos despedazados. Se acerca a ella para ayudarla, pero está herida de muerte, apenas puede soltar una palabra.
—¡Ay, ay! -dice con voz débil- voy a morir y nunca conocí el amor.
—Flor rosa, ¿qué puedo hacer por ti?
—Mira, toma este pétalo que no está dañado y guárdalo con cariño, para cuando el amor nos llegue puedas guardarlo en él.
La flor rosa exhala y su tallo se rompe…
León camina y piensa, escéptico, ¿Cómo sabía ella que estoy buscando el amor?: “Creo que no hay mayor desgracia humana que la incapacidad para amar”, decía Gabriel García Márquez.
León toma el pétalo con cuidado, en silencio y, lo guarda en el bolsillo izquierdo de su camisa…