Cuauhtémoc Merino.  El viaje más largo

Cuauhtémoc Merino. Su mamá Chelo le dijo que nació en Cuautla, Morelos, y que es de signo Caprichornio. Dice él que es licenciado en Literatura Hispánica y Lingüística de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP, o del parque de Santo Domingo, Deefe, ya ni se acuerda, pero lo que no dice es que fue becado para estudiar literatura en Moscú, en la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, 1986, de donde lo corrieron antes de que le cayera en la tatema un trozo del Muro de Berlín.

Por exceso de chelines fue profesor rural de secundaria, en preparatorias privadas, de razón, y de varias universidades como la UNAM, la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y el Instituto Politécnico Nacional, IPN, y de otras universidades particulares de gran prestigio, patito.

 

El viaje más largo

Del tona:  las golondrinas

(Primera parte)

    

                                                         In memoriam de Oswaldo de los Santos Rovira; de

                                                               Carlos Barreto; de Julito Bustillo; de Rodolfo

                                                   Morales; de Alberto Díaz, Korda, porque ustedes están vivos y nosotros, nosotros fingimos que somos eternos…

                                                          A Edaly Arciniega, Ana Laura y Margarita López

     Palma, por su complicidad y amor a las letras y a la aventura…

                                                                     A Jerónimo Castillo; a Fidel Sánchez; a Ariel Flores; a Panchito Tapia, al Kasama, bueno, al Transama, porque fueron, y son, mis testis

            A mi caro amigo, al Tte, Cnel. y Dr. en Derecho, J I Chavarría Piña

                                                         A Gerardo Laveaga por su apoyo en los momentos más aciagos y que yo pueda seguir creando

                                                     A mis columnas, Chelo Gallegos, Xóchitl Ruvalcaba Gallegos y Zayita y Brunito Merino

                                                        Y a todas nuestras amigas de la calle de la Cruz Roja, de Agua Hedionda, de San José, en fin…

                                                                       “Las épocas de profunda decadencia política son grandes épocas de esplendor cultural.”

—Nietzsche 

                                                                                            El soñador es el diseñador del mañana.   

                                                                                          El hombre práctico, el sensato, 

                                                                                          las cabezas frías podrán reír

                                                                                         del soñador, no saben que él… es la                   

                                                                                         verdadera fuerza dinámica que empuja  

                                                                                         el mundo hacia delante.

                                                                              Eso del Arte por el arte mismo es un absurdo… 

                                                                              y mientras el hombre continúe siendo un ser 

                                                                              construido con sangre y nervios, con corazón 

                                                                              y cerebro, el Arte tendrá que existir, el Arte 

                                                                              genuino… “con significación y fondo, 

                                                                              verdadero y bello”.

—Ricardo Flores Magón 

 

Septiembre del 2000. Cuautla, Morelos. Domingo. Mediodía en Brisas: “Ni modos, viene cabrón con Fox y más lo que siga después”, me dijiste ya casi sin poder mover el cuerpo y un aire chocarrero movió ligeramente la superficie del agua de la alberca azul.

Las golondrinas caían en picada sobre ella, ¿se bañaban, bebían, jugaban? Quién sabe. Vimos en silencio los cientos de capullos de colores de las flores del enorme vergel y los juguetones verdes del limón, del mango, del plátano, de los naranjos y de su majestad: la araucaria, que inmovilizaban el jardín y el tiempo.

¿Te acuerdas, caro amigo Guti?

Y una golondrina se posó en el barandal.

 

“Soy virgo, con ascendiente Escorpión. Nací el 4 de septiembre de 1938 en el DeFiéndete. Me llamo igual que mi papá, Augusto Ramírez, bueno, también Héctor Gómez”, me dijiste iniciando los ochenta, cuando nos conocimos en el café del centro de Cuautla, Morelos.

Nos presentó tu hermano Pepe, el escritor José Agustín, el maestro del taller literario que se daba en la Casa Museo de Morelos.

 

Tu padre, Augusto Ramírez Altamirano, guerrerense, fue capitán del ejército mexicano y el primer aviador en volar un DC10 en México, lo que le permitió que en cada viaje en México o en el extranjero, principalmente en los Estados Unidos y en Europa, les trajera a ti y a tus hermanos y hermanas un chingo de revistas, discos, libros, lo último en la moda metafronteras.

 

Doña Hilda Gómez Maganda, tu mamá, fue una mujer sensible que tuvo cinco hijos: Hilda, Alejandro, José Agustín, Yolanda y tú, Héctor Augusto.

Eran una familia de clase media alta ilustrada y sensible.

 

Qué curioso, Guti, de niño eras “Héctor”, toda tu vida Augusto, y en el umbral de la vida y la muerte volviste a ser Héctor.

 

 

Autorretrato de Augusto Ramírez

Acrílico sobre tela. Diciembre de 1982

Tu tío José Agustín Ramírez, fue un compositor guerrerense de música: 1935, ¿se acuerdan de ese himno “Por los caminos del Sur, vámonos para Guerrero; porque en él falta un lucero; y ese lucero eres tú…”, o La Sanmarqueña, o El toro rabón, ¿entre otras canciones?, eran de él y fue nombrado, y ¿cómo chingaos no?, El Cantor de Guerrero”, me dijiste mientras dabas sorbitos a tu café.

 

Tu tío tuvo mucha influencia sobre ti, además de tu otro tío, el escritor y político, exgobernador de Guerrero, Alejandro Gómez Maganda, de quien escuchaste por primera vez la palabra “socialismo”, ideología que sería determinante en tu futuro como artista plástico y que tantas críticas te traería a tu pintura realista, bueno, decantada hiperrealista: “La tendencia a retratar fue, desde el principio, un realismo más estricto, a contracorriente del momento que se vivía en la escuela…

Años de la Generación de la Ruptura, mayores que yo, y algunos se fueron hacia lo abstracto o hacia el expresionismo figurativo. No me quedé en el realismo de la escuela mexicana y me fui haciendo más realista…”, me explicabas en alguna de las muchas tardes que te visitaba en tus diferentes estudios en Cuautla, Tlayacapan o Tepoztlán.

 

Recuerdo Guti, 1986, que pintabas, lupa en mano, en cierta ocasión, a uno de tus amigos disfrazado de vaquero y con una orgía en su chaleco y, a sus espaldas, un cartel de “WANTED” de Trotsky.

Escuchábamos a Jim Morrison, mientras Mara, tu gata, caracoleaba entre tus piernas.

“Las escasísimas visitas que tengo de inmediato observaron el trabajo de Augusto: les asombra y así ha sido desde que le llevé a enmarcar. Preguntan por el autor y la técnica. Yo les doy toda la información posible, sólo que es difícil encontrarse con el artista.

Vive en Cuautla casi en completa soledad…

Augusto es un poco mayor que yo, estuvimos juntos en más de una actividad cultural o política desde la juventud”, escribió de ti el escritor René Avilés Fabila a principios de los ochenta del siglo pasado.

 

Y el gran Pepe Revueltas, en una invitación para una de tus exposiciones, opinó que “Dentro de la pintura mexicana, Augusto Ramírez constituye un fenómeno nuevo que, sin desplantes y sin iconoclastia alguna, aporta un punto de vista natural, directo y lleno de   una ferviente y lúcida imaginación de lo concreto. Esto no lo coloca en una posición que pudiéramos llamar la opuesta a otros pintores partidarios de un diferente tipo de imaginación, sino que simplemente, es un modo distinto de ver las cosas, de afinarlas y de entrar en ellas.

Si fuese un pintor abstracto, Augusto Ramírez tendría inequívocamente el mismo estilo y la misma disposición armónica para enfrentar la tarea de las formas en las que su pincel –no obstante, tan joven- tiene ya la luminosidad de un gran artista”.

 

“¿Quieres más café o una copa de vino?”, me preguntaste ese último domingo que estuvimos juntos platicando, yo sólo había venido a verte desde Oaxaca porque me dijeron que La inefable se había apoderado no sólo de tu casa, de tu biblioteca y de tu estudio, sino también de tu cuerpo…, y yo ya no vivía en Cuautla.

 

Y tú, Guti, no sólo habías sido mi maestro de filosofía, de historia del arte, de erotomanía, de politología,  literatura, escultura, fotografía y pintura, también me diste a leer tantos libros de tu biblioteca “que dejé de creer en dios”, aunque tú y Pepe sí “eran creyentes, marxistas guadalupanos”, como nos definió el inge Oswaldo, mi otro maestro de cálculo, lógica, astronomía, física, álgebra, literatura  y demás maestras yerbas santas, y con el que llegaste a compartir la renta de la casa y el jardín con sus respectivos perros y gatos…, hasta que Oswaldo decidió emigrar buscando otros aires, porque toda la banda sabe qué pasó, en fin y en fan…: aporía…

 

¡Ah!, y su casa, además, era la leonera pa los cuates, bueno, era el Templo de Baco, de Dionisio, de Afrodita, de Venus, Eleusis, Deméter y Perséfone, pues, ¿así o me regreso, master Guti, caro Oswaldo?…

 

 

Guti, tú fuiste un pintor hiperrealista que murió de amor y tristeza a los 62 años de edad en el 2000 y que tus seres queridos confiaron en mí para escribir tu extensa biografía y me dieron todos tus diarios, que, lamentablemente, perdí en la Guerraguetza en el 2005…, en “la dulcemente ensangrentada” Oaxaca…

 

Y de lo más trascendente, mi entrañable amigo, mi hermano, mi gran camarada, fue que cuando mi padre murió y yo tenía un poquito más de 20 años de edad, tú, Oswaldo y Josefo,  fueron un ramillete de luciérnagas: “Guti, está de la chingada ser desempleado”, te confesé cierta tarde cuando aún yo era estudiante de medicina y antes de irme a estudiar a Moscú, y tú me contestaste: “Has bien tu trabajo y nunca te faltará”, me dijiste mientras forjabas la patria y yo era un imberbe aprendiz de la vida y ponías  un blues de Real de Catorce y tú seguías con la lupa y el pincel bisturí dándole al cuadro en turno.

“Manito, yo ya estoy out, tu siguiente maestro es el Guti”, me dijo Pepe, igual que Oswaldo: “Ya estuvo tubo, sigue José Agustín”, me diría el inge de los Santos.

Y así fue…

 

“Así, la obra de Augusto Ramírez es como un gusano o viaducto de luz y de tiempo por donde el observador puede ser conducido a las infinitas rutas de la energía creadora e inteligente del universo”, escribió, ése sí, tu gran amigo, el reconocido siquiatra por la academia de Nueva York,  y empresario de la educación en Acapulco,  Alejandro Oscós Alvarado, y quien fue el único, con Pepe, tu hermano; Alejandro, el exitoso  empresario gastronómico de Cuautla,  y su esposa, que te cambiaban cuadros por sus guisos, pero, ese día, el cansancio los venció, los que estuvimos en tu velorio…: “Gutiai te va la última charla intelectual”, te dijo Oscós y tu hermano, Pepe, y yo desatamos el lenguaje. Yo, a capela, ellos, chamánicos…: “La noche desata las manos” …

 

Y hubo un momento, ya en el amanecer, en que TODOS salieron de donde tú ya estabas iniciando el viaje más largo y tú y yo nos quedamos solos, yo miré tu faz que era tuya, pero a la vez ya no eras tú y mejor empezamos a platicar… ¿Te acuerdas, querido Guti?

 

“En la pintura de Augusto Ramírez, la luz es igualmente extraña e increíble, pero no es un fenómeno natural… La luz… es la de un sueño. Aparece sin justificación alguna, como si naciera en el momento en que se ve; o mortecina, se acabará una vez vista…

Cuando Ramírez inicia un cuadro se convierte en un trabajador incansable.

Invierte horas y horas durante semanas, meses.

Y ahí permanece, frente a su objetivo, observando, trazando, discutiendo a Marx, estudiando a Hegel, trazando y desmintiendo el trazo con veladuras una y mil veces, imaginando la revolución, mientras Meister Eckhardt y Paracelso se le cuelan sigilosos por entre las hebras del lienzo y las cerdas del pincel”, qué chingón te describió tu cuáis el cineasta y, va por ti, Josefovidasta, Jorge Fons.

 

“[La trascendencia] de los retratos de Augusto no se [halla] en el parecido, sino en su capacidad para sugerir lo que no es visible, el ofrecer un atisbo de lo más interior y esencial del modelo, y los elementos que acompañan el cuadro y que constituyen una verdadera totalidad en la que cada parte es imprescindible. Sí, al señor le gustaban los retratos. ¡Oh terrible pecado en estas épocas!  Algunas personas no se detenían a ver la pasmante calidad de sus cuadros, sino en el hecho de que incurriera en formas supuestamente anacrónicas.

 

Los retratos de Augusto no desmerecen en nada con los de Velázquez o Rembrandt o Goya,  pero en México, donde lo que es viejo en la ciudad es nuevo en el campo, y a sesenta años de que Picasso y Bracque y Klee y Kandinsky revolucionaran la pintura con su primeros experimentos, los críticos y los pintores, dóciles todos ellos a los dictados de un neoacademicismo abstraccionista y/o figurativista, rechazaron muy comme il faut lo que Augusto proponía: una vuelta a lo visible sugiriendo lo invisible, una recuperación de técnicas bajo una concepción novedosa, revolucionaria”, escribió José Agustín.

 

 

El marxismo, el leninismo, Trotsky, el Che Guevara, la Revolución Cubana, la crisis de los misiles, el existencialismo, los beats, el danzón, el pop art, el nuevo “no hay más ruta que la nuestra” en la pintura, los viajes, la psicodelia y su cauda de “macicez y aliviane”, el hongo, el teonanácatl, la mota, Vietnam, Luther King, Kennedy, el boom latinoamericano, el sesentaiocho chorreando sobre   la Plaza de las Sepulturas, la Primavera de Praga, el psicoanálisis revisionista con su peyote o su ácido como psicoanalistas de cabecera, los mitos indígenas y ecologistas, las clases de teatro con Carlos Ancira, las lecturas de Russell, Marcuse y Pepe Revueltas, dando de qué hablar al igual que los Beatles; las películas de Tin Tán y la familia Burrón, junto con las lecturas de Gramsci y Hegel y el estalinismo sin Stalin, la liberación femenina, es decir, la píldora.

 

Lukács, la Virgen de Guadalupe como inconsciente colectivo, Nietzsche, el viejo Edificio de la Escuela Nacional de San Carlos, y las mujeres, ah, las bellas mujeres…, y tantas cosas más que te tocaron ver, oír, palpar, Guti, y que cuando eras niño e ibas de un lado a otro con tu familia, no imaginaste que vivirías y que definirían tu perspectiva estética, ideológica, política, ética y filosófica dentro de tu pintura: “Siento que el arte en sí mismo es revolucionario, independientemente de que tenga un contenido político o no lo tenga, como la ciencia o la filosofía, pero si uno quiere dar un sentido más acentuado a un tema político, debe tener uno cuidado de cómo tratarlo. Si se coloca uno en un nivel, por así decirlo, del coraje o del insulto, se rebaja el nivel artístico y ésa no es la idea.

(Continuará…)