
Mosiah Vargas. Nacido en el “lugar de las águilas”, Morelos. De padre guanajuatense y madre morelense, el segundo de tres varones, vivió toda su infancia y parte de su adolescencia en la colonia Zapata. Tres años en un internado mormón, en el otrora DF, donde jugó futbol americano para dar golpes, y para aguantar los que le dieran, seguido de dos años de misionero en Oaxaca, definieron su vida para bien. Aspirante a médico, dice que quería curar a la gente, ahora desea ayudar a sanar sus almas. Fiel defensor del amor, aún lo sigue dando, aún lo sigue buscando, dice que lo encontrará.
Todas las tardes se gana la vida vendiendo “cubiletes“ de queso, en el centro de Cuautla, sonriéndole a la vida.
Mosiah Vargas Miranda. Nació en Cuautla Morelos. Cursó la primaria en la escuela Plan de Ayala, mientras sus padres le regalaban libritos de cuentos infantiles. Cuando estaba en la secundaria, su maestro Venancio le dijo que se metiera al taller de poesía, pero prefirió seguir en la banda de guerra para desfilar un 30 de septiembre. Es fan de “los bitles” y de los tacos al pastor.
EL GUERRERO
A mi padre Hugo Vargas y a mi madre Irma Miranda,
por plantar la semilla de la lectura de cuentos.
A Elliot Vargas y Spencer Vargas,
porque traemos la misma sangre
A Betsaida Vargas y Sharon Vargas,
mis oasis
A Cuauhtémoc Merino,
el maestro en mi camino
A ella, la que guardará mi corazón
A todos los guerreros y guerreras:
la victoria sea suya
“La mente lo es todo, es en lo que piensas
y en lo que te conviertes.”
—Buda
Desnudo y de pie, frente al espejo que la luna crea sobre el lago de sufrimiento, en el instante que el tiempo está ausente, el guerrero mira y palpa su rostro lleno de cicatrices, su cuerpo tembloroso destila el dolor, la sangre, la amargura.
Está impaciente, sin que la noche cobije su alma rota por la espada de la adversidad, en su transitado e interminable campo de batalla.
Su armadura yace en el suelo, inmóvil, sin utilidad, pesada, sin brillo, protectora, en silencio, testigo fiel de las peores batallas y de gloriosas victorias.
Su faz habla de su cansancio, de su resistencia y hartazgo; tiene los ojos apagados, sin ánimo, no hay voluntad, no hay deseo: ¿Qué hago aquí?, alcanza a murmurar, casi sin aliento, éste es el último que lo sostiene.
Una mujer de mirada fría brota del pecho del guerrero. Ella lo sujeta de la cabeza con una mano y con la otra intenta comerle el corazón, provocándole un grito que se ahoga en la garganta del guerrero, haciéndole caer de rodillas, conteniendo el aliento: “Es inútil que luches contra mí, yo soy parte de ti y tú eres mío”, le dice con voz semejante al de las montañas.
“¡¿Por qué me sigues atormentando, por qué me controlas!?”, grita desesperado el guerrero mientras con sus brazos protege su cabeza, es inútil.
Ella lo envuelve con sus brazos, que siente como dos largas y esclavizantes cadenas.
Lo somete, se pone detrás de él y le susurra: “Sabes que tu lucha es inevitable, como la noche que precede el día, soy el dragón a vencer, soy el caos en tu vida. Yo soy quien tú me digas ser, pero mientras tenga el poder, yo detendré tus pasos, jugaré contigo y te llevaré de un lado a otro, errante, sin rumbo, como marinero sin astrolabio. Te envenenaré sutilmente, enfriaré tu corazón hasta apagarlo, dejarás de sentir, teñiré tus colores de gris y beberé de tu aliento hasta el último suspiro.
Soy quien se alimenta de la vida de los hombres, yo me embriago con su tristeza, bebo de sus lágrimas el amargo destilado de su alma. Puedo borrar tu sonrisa con sólo rozarte. Beberé todo tu ser, sin piedad, hasta que ya no sepas quién eres…
El guerrero toma fuerza, se pone de pie, rompe las cadenas de la mujer y la aparta de él.
Se viste con su armadura y con la voz de mil tambores de guerra, declara: “Jamás lograrás vencerme, jamás tomarás el control de mi vida. Nunca más habrá lugar para ti. De mis ojos jamás beberás. ¡Si mis lágrimas y sangre han de caer a tierra, será para florecer mi oasis perdido, en el que crecerán y estarán para siempre mi corazón, mi amor y mi esperanza!
—Querido hijo, despierta, despierta, estás llorando, todo está bien, estoy aquí contigo siempre, tú eres fuerte, yo te conozco. Sé que libras batallas invisibles, pero reales. Vive un día a la vez, vive el presente, el pasado ya no existe y el futuro aún no llega…
Cree en ti, no dudes, lo estás haciendo bien, nunca dejes de luchar y la victoria será tuya.
León vuelve en sí, sonríe, y recuerda a otro guerrero poeta: “Los imperios que serán en el futuro son los imperios de la mente”.
Y vuelve a ceñirse su armadura mientras camina hacia sus oasis…